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El destino de los descendientes del Clotilda, último navío negrero de Estados Unidos

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Detalle de una escultura del artista ghanés Kwame Akoto Bamfo que perpetúa el recuerdo de las víctimas de la trata trasatlántica, expuesta en el Memorial Nacional por la Paz y la Justicia, de Montgomery (Alabama).

En mayo de 2019 un grupo de arqueólogos anunció haber descubierto en la costa de Alabama el pecio del Clotilda, el último barco negrero que llegó a Estados Unidos, 52 años después de que se prohibiera la trata de esclavos. En todo el mundo, este hallazgo se hizo acreedor de titulares de prensa que evocaron la historia del navío, de su armador y capitán con mucho más interés que la de las víctimas de la abominable travesía.

Sylviane A. Diouf

Todo empezó en 1859 en la ciudad portuaria de Mobile (Alabama), cuando Timothy Meaher, un capitán de navío dueño de plantaciones, se empeñó en transportar clandestinamente un “cargamento de negros” desde África, desafiando así la ley que desde el 1º de enero de 1808 prohibía la importación de esclavos y corriendo el riesgo de ser sancionado, incluso con la pena de muerte. Sin embargo, la trata de esclavos africanos se siguió practicando después de ese año y a partir de 1840 hubo peticiones para que se levantara dicha prohibición. En el Sur Profundo, los esclavistas dueños de plantaciones de azúcar y algodón en pleno auge andaban escasos de mano de obra y debían comprarla en regiones más al norte, donde tenían que pagar precios que consideraban abusivos. En efecto, en el mercado de esclavos de Virginia un hombre negro se vendía por unos 50.000 dólares, mientras que un africano de contrabando se podía adquirir por 14.000. Para lograr su propósito, Meaher cerró un contrato y un acuerdo financiero con William Foster, armador y propietario del navío Clotilda que, una vez convertido en barco negrero, puso rumbo al África hasta echar ancla el 15 de mayo de 1860 en el puerto de Uidah, en el Reino del Dahomey.

Unas semanas antes, el ejército dahomeyano había concentrado en Uidah a un grupo de prisioneros supervivientes de una de sus razias mortíferas, junto con cierto número de personas secuestradas entre las que figuraban varios comerciantes. Uno de los supervivientes, Oluale Kossola, tenía entonces 19 años y más tarde recibiría el nombre de Cudjo Kazoola Lewis. Era uno de los integrantes del “cargamento” de 110 niños y adultos jóvenes, repartidos por igual entre ambos sexos, que iban a ser hacinados en la cala del Clotilda para emprender una espantosa travesía. 

Los cautivos procedían de Atacora, Bante, Bornu y Dahomey, distintas regiones pertenecientes hoy en día a Benin y Nigeria. Eran de diferentes etnias: yoruba, ishan, nupe, dendi, fon, hausa y chamba. Había entre ellos tanto musulmanes como iniciados de la sociedad secreta Oro o de los rituales de veneración de los orishas. Habían sido separados brutalmente de sus familias y encerrados en un almacén de esclavos donde Foster los seleccionó entre centenares de otros prisioneros. Kossola, Ar-Zuma, Oroh, Adissa, Kupollee, Oluale, Abache, Omolabi, Sakaru, Jabar y sus demás compañeros de desdicha fueron embarcados a bordo del Clotilda, donde les despojaron de todos sus vestidos para que viajaran desnudos, tal y como se acostumbraba a hacer en los barcos negreros. Esta humillación y todas las penalidades sufridas por las inhumanas condiciones de la travesía hicieron que, incluso cincuenta años después, los deportados fueran con frecuencia incapaces de evocarlas con detalle, salvo para referirse a la sed sufrida y a la muerte de dos de ellos. 

Escondidos en los pantanos

Tras 45 días de navegación, los cautivos fueron desembarcados la noche del 8 de julio de 1860 en el puerto de Mobile. Aunque se prendió fuego al Clotilda para no dejar rastro de la operación, la noticia de este desembarco presuntamente “secreto” se difundió por el país. Obligado a tomar cartas en el asunto, el gobierno federal envió un destacamento para buscar a los niños y jóvenes africanos, pero no los encontraron porque los traficantes los habían ocultado en unos pantanos, donde permanecieron desnudos varios días hasta que les dieron unos andrajos para vestirse. Luego se organizó una subasta discreta de todos ellos que dio por resultado la dispersión del grupo y una nueva separación desgarradora. Como algunos iban a partir hacia plantaciones lejanas, todo el grupo entonó un canto de despedida para desearles buen viaje. William Foster y los tres hermanos Meaher se repartieron a 76 cautivos que llegaron con vida al continente americano. 

Como las autoridades no prosiguieron las diligencias emprendidas contra los plantadores contrabandistas, los “compañeros de a bordo” –como solían llamarse entre sí los africanos que habían embarcado en un mismo navío negrero‒ se vieron forzados a trabajar, ya a la vista de todos, en barcos de vapor y plantaciones, o como sirvientes domésticos. Formaron una comunidad muy unida, de la que se dice que nunca aceptó la brutalidad de los amos y que resistió a la arbitrariedad de las autoridades sin temor a las consecuencias. Un afroamericano esclavo que trabajó en la misma plantación que algunos de los deportados en el Clotilda contó que, en una ocasión, todos ellos se abalanzaron para vapulear a un capataz que quiso propinar una tanda de latigazos a una de sus compañeras. Otra vez que una cocinera abofeteó a una joven de su grupo acudieron a los gritos de socorro de esta y, blandiendo sus herramientas, golpearon la puerta del aposento de la Sra. Meaher donde había buscado amparo la agresora. Los pasajeros del Clotilda nunca se mezclaron con otros esclavos y permanecieron fieles a las culturas y ritos funerarios de sus regiones nativas, pese a las frecuentes burlas de que eran objeto por parte de sus compañeros de infortunio nacidos en Estados Unidos.

Al finalizar la Guerra de Secesión, en abril de 1865, se puso un término a su condición de esclavos, pero la libertad que se les ofreció no era la que deseaban. Ellos querían regresar a su tierra natal, así lo manifestaba Ossa Keeby cuando decía: “todas las noches sueño que vuelvo a África”. Los hombres fueron contratados en aserraderos y manufacturas de pólvora, mientras que las mujeres empezaron a ganarse la vida cultivando huertos domésticos y vendiendo sus productos en los mercados, junto con los cestos que los hombres trenzaban en casa después del trabajo. Así se pusieron a ahorrar para poderse pagar el viaje de retorno al África. Cuando se percataron de que no lo conseguirían, enviaron a Cudjo Lewis para decirle a Timothy Meaher que debía donarles tierras porque, al deportarlos a Mobile, no sólo habían perdido su patria y sus hogares y parientes, sino que además habían trabajado gratuitamente para él durante seis años. Meaher se negó en redondo a satisfacer la petición.

African Town

Los “compañeros de a bordo” redoblaron entonces sus esfuerzos con miras a ahorrar dinero suficiente para poder comprar parcelas de terreno a Meaher y otros dueños de tierras de la región. En 1870 fundaron un pueblo al que llamaron African Town para significar así su identidad cultural, su voluntad de mantenerla y su firme decisión de afincarse en ese lugar. Eligieron como jefe de aldea a Gumpa, un noble originario de Dahomey, y nombraron dos jueces. Construyeron la primera iglesia y la primera escuela de la comarca y aprendieron a leer y escribir. También permanecieron en contacto con otros grupos de “compañeros de a bordo” que vivían en distritos algo más distantes. Los habitantes de African Town se casaron preferentemente entre sí y raras veces con personas de fuera de su grupo. A los miembros de la segunda generación del pueblo les pusieron nombres anglosajones, añadiéndolos a los africanos de sus padres. A todos los niños se les puso al corriente de sus orígenes, y los que hablaban con soltura las lenguas maternas de sus progenitores cumplieron la función de intérpretes. Los “compañeros de a bordo” siempre evocaron apasionadamente la vida en su tierra natal, convirtiéndola para sus hijos en un paraíso de ensueño en el que podían refugiarse cuando el racismo de los blancos y las burlas de los demás negros les resultaban casi insoportables. 

Los excautivos indómitos de African Town no cejaron nunca en la lucha por sus derechos. En las elecciones de 1874, cuando uno de los hermanos Meaher impidió furioso el acceso al colegio electoral a los hombres del pueblo decididos a votar, estos prosiguieron imperturbables su camino recorriendo colegio tras colegio hasta que consiguieron depositar sus votos en una urna. Kohenco, una mujer que explotaba con su marido americano una granja lechera, se adhirió al primer movimiento en pro de las reparaciones para los antiguos esclavos que exigía, entre otras reivindicaciones, el pago de pensiones. En 1902, Cudjo fue atropellado por un tren y se querelló contra una de las compañías ferroviarias más poderosas del Sur. En el juicio ocurrió algo inesperado: un jurado compuesto por blancos le otorgó una indemnización de 13.000 dólares, pero el Tribunal Supremo de Alabama anuló posteriormente el veredicto. Gumpa también interpuso una querella judicial por haber resultado herido en un accidente ferroviario y, a pesar de que falleció antes de la apertura del proceso, sus nietos pudieron percibir una módica indemnización. 

A partir del decenio de 1890, cuando se empezaron a recopilar sus testimonios personales, los “compañeros de a bordo” declararon que su infortunio se debía a la “mala suerte” y se negaron sistemáticamente a denigrar sus religiones originarias, a criticar la poligamia y a condenar a sus secuestradores. Explicaron sus prácticas culturales con paciencia, y a veces con exasperación, defendiéndolas siempre. Cada vez que se les preguntaba si preferían vivir en Mobile o en sus países natales, manifestaban rotundamente su preferencia por estos. 

Los últimos supervivientes del Clotilda

Cuando la maestra Emma Langdon Roche se puso en contacto con los últimos supervivientes del Clotilda a principios del siglo XX, estos ya tenían 70 años o más. Al comunicarles que deseaba relatar su historia en un libro, lo primero que le pidieron fue figurar con sus nombres primigenios. En efecto, deseaban que si un día ese relato llegara a su país y cayese en manos de allegados suyos, estos supieran que todavía estaban vivos. El libro se publicó en 1914 con fotos de los entrevistados tomadas 54 años después de su secuestro. Más tarde, en 1928, la novelista Zora Neale Hurston filmó a Cudjo, con el que mantuvo una larga entrevista. Por ese entonces, la esposa y los seis hijos de este ya habían fallecido y él era el penúltimo superviviente del Clotilda que residía en African Town. Murió siete años más tarde, en 1935, a los 94 años de edad. Redoshi, otra superviviente capturada en la misma razia que Cudjo, también fue entrevistada, fotografiada y filmada en su domicilio de Dallas, donde murió en 1937. 

Los “compañeros de a bordo” vivieron en Alabama con arreglo a sus propias normas culturales en la medida de lo posible, pero ese aislamiento voluntario no les impidió participar en importantes acontecimientos de la época. Sin embargo, nunca perdieron el profundo sentimiento de pertenencia a sus lejanas tierras y poblaciones de origen. En el pueblo alternativo que fundaron en América, llamado ahora Africatown, todavía viven algunos de sus descendientes. Hoy en día, esta localidad antaño próspera atraviesa por un momento difícil debido al “racismo medioambiental” que ha causado estragos con la proliferación de fábricas de papel contaminantes, de calles obstruidas por los muros de algunos talleres y de vías de circulación invasivas. De la generación de sus fundadores sólo quedan en pie la iglesia bautista y el cementerio que alberga sus sepulcros. La población espera que el descubrimiento del pecio del Clotilda fomente el turismo y el renacimiento de Africatown.

Revelen lo que revelen, los vestigios descubiertos del Clotilda solamente son un símbolo abyecto de la explotación de la mano obra esclava que fue la base del desarrollo económico de Estados Unidos. Lo que cuenta sobre todo es la experiencia de los jóvenes africanos deportados en ese navío. Todo lo perdieron, pero siempre lograron sobreponerse a las durísimas condiciones de vida infligidas por las sucesivas abominaciones de que fueron víctimas: la trata negrera trasatlántica, la esclavitud, la Guerra de Secesión y las leyes de Jim Crow, que aplicaban la segregación racial en los estados del sur de Estados Unidos. Algunos de ellos vivieron incluso lo suficiente para padecer las enormes penurias de la Gran Depresión de 1929. Los deportados del Clotilda preservaron su dignidad, cultivaron su autoestima, confiaron en sus capacidades, mantuvieron su unidad, salvaguardaron su concepto de familia y se enorgullecieron de sus propias prácticas culturales. Además, hicieron todo cuanto estuvo a su alcance para que su historia se recopilara y difundiera, a fin de que fuese rememorada por las generaciones futuras. Una historia cruel de exilio y desgracias, sin duda alguna, pero una historia también de victoria contra las adversidades del destino. En definitiva, la valerosa historia de un puñado de héroes incógnitos. 

Sylviane A. Diouf

Profesora invitada del Centro de Estudios sobre la Esclavitud y la Justicia de la Universidad de Brown (Estados Unidos), Sylviane A. Diouf es autora, entre otros libros, de Dreams of Africa in Alabama [Sueños de África en Alabama].