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El uso de huertas orgánicas como instrumentos pedagógicos transforma a una comunidad en Uruguay

14 enero 2019

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© Proyecto de Desarrollo Sostenible Local Baltasar Brum

Un proyecto orientado a cambiar y mejorar la nutrición en una zona del Uruguay afectada por la pobreza y las enfermedades del ganado, podría llegar a aplicarse en todo el país.

La Fundación Logros es una organización sin ánimo de lucro que utiliza la educación para generar hondas transformaciones culturales orientadas a fomentar una vida sostenible. Desde su creación en 2000, la Fundación ha sido una auténtica historia de éxito en materia de Educación para el Desarrollo Sostenible (EDS) y en 2018 fue candidata al Premio UNESCO-Japón de EDS.

En 2009, la organización inició un proyecto de desarrollo local, denominado Programa Huerta Orgánica, en una escuela de la localidad de Baltasar Brum, en el departamento de Artigas. Esta región afectada por la pobreza, situada en el centro de Uruguay, estaba en situación de vulnerabilidad alimenticia y económica, tras la epidemia de fiebre aftosa que en 2002 devastó a las comunidades ganaderas.

El proyecto comenzó con una parcela de solo seis hectáreas y con cinco objetivos: ser innovador en lo pedagógico, integrador en lo social, positivo para el medio ambiente, inclusivo en términos productivos y viable económicamente. En 2012, la Fundación recibió en donación unos terrenos que transformó en un Centro Educativo Agroecológico con espacios multifuncionales, un laboratorio y una biblioteca. El Centro plantó árboles originarios, creó un vivero, invernaderos y un espacio para cultivar “microorganismos eficaces” para contribuir al tratamiento y la purificación de las aguas residuales del pueblo.

El programa resultó tan exitoso que en 2016 la Fundación se trasladó a Baltasar Brum, una pequeña comunidad de 3.000 habitantes, con la idea de que el programa sería impulsado por los estudiantes que habían creado la huerta orgánica original y se desarrollaría bajo la coordinación de uno de los docentes que había dirigido el proyecto, Marcos Arzuaga.

“Esta es una zona donde la gente ha vivido tradicionalmente de la ganadería, con una dieta basada principalmente en la carne”, afirmó Marcos. “Todo eso cambió con la epidemia del ganado. En 2004, el interior del país padecía un índice de pobreza del 38 por ciento y Baltasar Brum no era la excepción.

Cambiar las mentalidades

“Muy pocas familias con niños escolarizados disponían de huertas en el hogar. Por lo tanto, decidimos crear una huerta orgánica para cultivar frutas y verduras, con la idea de mejorar la nutrición de la comunidad. La parte más difícil fue cambiar la mentalidad de los niños y sus padres, para que redujeran el consumo de carne y empezaran a consumir más vegetales.

“Tuvimos éxito, sobre todo porque los niños se convirtieron en los primeros promotores, al producir y consumir sus propios alimentos y motivar a sus padres a cultivarlos”, dijo Marcos. La Fundación dirigió entonces su atención a la tarea de definir y satisfacer necesidades comunitarias de carácter más general, con la posibilidad de extenderse a otras regiones del país, basándose en los puntos fuertes de los voluntarios jóvenes. Con fondos iniciales y aumento de capacidades proporcionados por la Fundación, empezó a crearse una red que vinculó a organizaciones tanto públicas como privadas.

El Centro organiza cursos y sesiones de capacitación para responder a la demanda de la comunidad, con actividades tales como el fútbol femenino. En conjunto, más de 100 jóvenes se han beneficiado de estas iniciativas en la comunidad y en zonas aledañas.

El trabajo se genera mediante una cooperativa de pequeños productores que cultivan alimentos orgánicos para el autoconsumo y para vender en el mercado. Los residuos orgánicos se reciclan para fertilizar los vegetales y los árboles originarios, y el ciento por ciento del agua de lluvia se recoge y se utiliza para el regadío y para criar peces que controlan las algas y las larvas de mosquito y que también sirven para el consumo humano. Los peces se alimentan de desechos vegetales y fertilizan el agua con sus deyecciones, lo que a su vez permite usar el agua para abonar las plantas, con lo que se cierra el ciclo. Todas las experiencias educativas se socializan mediante la capacitación que se realiza en el marco de la Educación para el Desarrollo Sostenible.

El proceso íntegro quedó descrito en un libro, titulado Hacia una Escuela Productiva y Sustentable cuya publicación corrió a cargo del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria y que se distribuyó gratuitamente en todo el país.

Respeto y puesta en valor del medio ambiente

“Gracias a la experiencia de la huerta orgánica, los niños aprendieron a respetar y valorar el medio ambiente de modo muy real y se inspiraron para imaginar un futuro en el que se puedan lograr cambios efectivos gracias al trabajo individual o colectivo”, declaró Marcos.

Los estudiantes formaron una cooperativa en clase para gestionar las diversas tareas relativas a la huerta, incluida la comercialización de los productos. El dinero obtenido se reinvirtió en el equipamiento que la escuela necesitaba.

“El presidente y el tesorero de la cooperativa escolar desempeñan hoy esos mismos cargos en la Fundación”, señaló Marcos.

Para fomentar el sentido de pertenencia y asegurar la viabilidad económica del programa, se convenció a los miembros de la comunidad para que realizaran aportes individuales.

“El proyecto se basa en las contribuciones mensuales de 150 familias afiliadas y el trabajo voluntario de las que no pueden contribuir. También recibimos apoyo de uruguayos y latinoamericanos que viven en Suecia y del Plan Ceibal, que llega a todos los niños y adolescentes del país que participan en el sistema de educación formal, mediante el libro de Verónica Leite ‘La huerta en casa’, publicado por la Fundación Logros.

“Hemos aprendido que la naturaleza y el tiempo dedicado al cultivo son nuestros aliados y no nuestros enemigos, y que ésta es una inversión a largo plazo. Cuando tú plantas una semilla de lechuga, no puedes comerte la lechuga al día siguiente. Y el éxito depende de que la comunidad se organice”, afirmó Marcos.

El plan original era que el proyecto iba a durar 10 años y que concluiría en 2019, pero ha tenido tan buenos resultados que ya se hacen planes para otros diez años.

“Ahora la gente se pregunta: ¿por qué no podemos extender este proyecto al resto del país?”, dijo Marcos.