Un galardonado de un premio UNESCO se apoya en las comunidades para garantizar la educación de las niñas a las que es difícil de llegar en Kenya

25/11/2020

Un proyecto de colaboración con los responsables comunitarios que tiene como objetivo hacer que las actitudes evolucionen y permitir que las niñas a las que es difícil llegar asistan a la escuela primaria resultó ganador del Premio UNESCO de educación de las niñas y las mujeres 2020.

Nuestro derecho a aprender – Llegar a los excluidos”, el proyecto recompensado, fue puesto en marcha por la organización no gubernamental de Kenya Girl Child Network (GCN), que trabaja fundamentalmente en los ámbitos de la educación, la salud y la alimentación, los derechos y la igualdad de género.

Cambiar las prácticas nocivas en actitudes basadas en los derechos

El proyecto “Nuestro derecho de aprender – Llegar a los excluidos” se centra en las niñas entre 9 y 17 años de edad que han abandonado la escuela o que nunca estuvieron escolarizadas. El proyecto trata de implicar a las niñas, a sus familias, a sus escuelas y a su comunidad para que puedan comenzar o continuar su aprendizaje.

“Trabajamos en regiones rurales, de difícil acceso y marginadas en donde las prácticas culturales nocivas suelen ser corrientes y en donde los hogares tienen pocos recursos”, afirma Mercy Musomi, directora general de la GCN. “Ya sea en el seno de la comunidad o a escala nacional, las mujeres quedan siempre relegadas a un segundo plano con respecto a los hombres”.

Además del aprendizaje clásico, el proyecto difunde informaciones sobre los derechos y las responsabilidades, así como acerca de las competencias necesarias para la vida, y proporciona apoyo y protección con respecto a prácticas culturales arraigadas, tales como las mutilaciones genitales femeninas y el matrimonio precoz y forzado.

“Siempre se prefiere que sean los niños los que asistan a la escuela. Aunque se han dictado leyes que protegen a las mujeres y hacen que la educación sea obligatoria, la realidad es muy diferente”, afirma Mercy. “Las niñas pueden asistir a la escuela unos años, pero se les obligará a abandonarla para casarse o trabajar”. La situación de las niñas con discapacidades es aún más difícil. “Militamos para que, en materia de educación, disfruten de los mismos derechos no negociables que todos los demás”, añade Mercy.

Movilizar a las comunidades y a los padres

Mediadores comunitarios y juntas de supervisión locales son los encargados de detectar cuáles son las niñas sin escolarizar, de contactar a sus familias junto a los representantes de las autoridades locales, y de dar seguimiento a las niñas durante su escolarización. Un sistema de seguimiento mide la retención escolar de las niñas y el paso de la enseñanza primaria a la secundaria o técnica. En los centros escolares, un club que aborda los derechos del niño, congrega a las recién llegadas y a aquellas que retoman sus estudios. 

“Cada escuela posee un mediador que trabaja directamente con las familias y los líderes comunitarios para negociar la escolarización de las niñas. A veces, hay que efectuar hasta diez visitas para convencer a la familia de que su hija debe dejar de trabajar o realizar tareas domésticas que le permitan aprender”, explica Mercy. “Les decimos que la educación permite aumentar los ingresos de la familia y romper el ciclo de la pobreza”.

“Cuando las niñas comienzan a leer cartas o mensajes de texto y a llevar las cuentas del hogar, los padres comprenden entonces el valor que tiene la instrucción, y esto es algo que los incita a invertir en la educación de sus hijas. Nosotros proporcionamos lámparas solares para ayudar a las niñas a hacer sus tareas por las noches, así como paquetes con materiales pedagógicos relacionados con la reanudación de la actividad escolar”, afirma Mercy.

Durante el cierre de las escuelas debido a la COVID-19, el proyecto se apoyó en las estructuras comunitarias, privadas o públicas, que ya existían para sensibilizar a los padres acerca de las medidas de confinamiento y garantizar el aprendizaje fuera de la escuela por conducto de la radio, siempre que fuera posible.

Las niñas defienden su derecho a la educación

Desde su creación en 2012, el proyecto ha beneficiado a más de 51.900 niños, entre los que figuran 25.900 niñas sin escolarizar, gracias a la colaboración con 240 escuelas primarias públicas de 4 distritos de Kenya. Con miras a fomentar la igualdad de género en las escuelas, la GCN trabaja con 240 funcionarios del Ministerio de Educación y ha formado a 1.440 docentes en materia de una pedagogía que tenga en cuenta las cuestiones relativas al género.

“Trabajamos con Naserian*, una niña masai proveniente de un entorno muy pobre que hoy en día es ingeniera mecánica y constituye un modelo en su comunidad”, afirma Mercy, quien ha sido testigo de numerosos ejemplos de éxito logrado por niñas empoderadas gracias a sus conocimientos y que pidieron recibir una instrucción. “A menudo nos contactan niñas que corren riesgo de verse forzadas al matrimonio o de padecer mutilaciones genitales, y que solicitan nuestra intervención”.

Por ejemplo, a los 17 años de edad, Naisula* dio a luz a un niño y continuó sus estudios, a pesar de que proviene de una cultura marcada por prohibiciones estrictas en cuanto a los embarazos no deseados o fuera del matrimonio. Al reanudar sus estudios se ha convertido en un ejemplo de la evolución de la dinámica cultural y de la integración de la educación de las niñas a esta.  

“Quería volver a la escuela, ya que ahora entiendo la importancia de la educación. Deseo tener una vida y un futuro mejores. Y la educación puede proporcionármelos”, declaró Naisula*.

Creado en 2015 gracias a la financiación generosa del Gobierno de la República Popular China, el Premio UNESCO para la educación de las niñas y las mujeres se otorga anualmente a dos galardonados y consta de un importe de 50.000 dólares estadounidenses para cada uno de ellos, con el fin de impulsar su labor en el ámbito de la educación de las niñas y las mujeres.

*Los nombres han sido cambiados para proteger el anonimato de las niñas.

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