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COVID-19: Problemas sociales y psicológicos en la pandemia

16/12/2020
Montevideo, Uruguay
03 - Good Health & Well Being
17 - Partnerships for the Goals

El grupo consultivo para la gestión de riesgo de desastres de la UNESCO (GERM) exhorta a considerar los aspectos psicológicos y sociales de la pandemia para disminuir las vulnerabilidades y, por lo tanto, reducir el riesgo de desastre frente al COVID 19

En enero de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el brote de la enfermedad por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 (COVID-19) como una emergencia de salud pública de importancia internacional. En marzo de 2020, caracterizó el COVID-19 como pandemia. Desde entonces la OMS y las autoridades de salud pública de todo el mundo están actuando para contener el brote, que ha implicado desafíos antes impensados para las personas, las comunidades y las instituciones.

Esta pandemia puede ser considerada como el primer gran impacto de repercusión planetaria en la historia reciente del mundo globalizado. Aunque sus efectos en materia de salud pública están siendo superlativos, también lo son en todos los demás ámbitos de la vida pública y privada, individual y colectiva. Como es el caso en la mayoría de los procesos naturales, sus oportunidades o contingencias asociadas dependerán del modelo de desarrollo en el que se produzcan. Con la pandemia, esto se ha puesto más en evidencia.

Pandemia y vulnerabilidades

Si bien no es la primera vez que aparece este tipo de peligro a causa de un brote epidémico, lo novedoso es que se trata de una cuestión que está amenazando a toda la población del planeta principalmente por impulso de la globalización del transporte.

La emergencia por la pandemia también ha visibilizado las vulnerabilidades estructurales preexistentes y, a la vez, viene generando vulnerabilidades específicas emergentes de esta nueva situación. Ella constituye una situación disruptiva, que genera altos niveles de estrés individual y colectivo. Para muchas personas implica una situación trágica a causa las pérdidas que deben afrontar: pérdida de seres queridos, de la salud, de la vivienda, de bienes, o del empleo.

En lo que respecta a las personas, surgen manifestaciones emocionales como angustia, desconfianza, ansiedad, temor al contagio, enojo, irritabilidad, sensación de indefensión frente a la incertidumbre e impotencia. También han surgido expresiones de discriminación y estigma frente a las personas diagnosticadas con COVID-19, dado que es una enfermedad transmisible, nueva y desconocida.

Estos problemas se complejizan en el caso de personas con dificultades cognitivas que afectan su toma de decisiones, en aquellos que presentan carencias educativas y materiales, que ya estaban en condiciones de vulnerabilidad social por la informalidad o falta de trabajo, por la marginalidad en la cual se encontraban dentro de la sociedad, por su condición etaria o por las carencias de su vivienda.

En lo que respecta a las comunidades, el aspecto clave radica en que dependemos unos de otros para salvarnos. Es decir, las medidas higiénicas de prevención no tendrían efecto si las otras personas no tomaran recaudos, no solo por mantener la higiene, sino también por el nivel de responsabilidad individual y ciudadana en cuanto a la transmisión del virus.

Al mismo tiempo, se pone de manifiesto y se consolida la necesidad de abordar el problema desde una perspectiva multiriesgo: riesgo de contagio, de perder las fuentes de trabajo, de no recibir asistencia médica efectiva y oportuna, o de no contar con agua potable por la activación de otras amenazas como sequias, inundaciones o huracanes.

Por su parte, los gobiernos enfrentan desafíos inéditos en la gestión de la pandemia. Han sido variadas sus posiciones para tratar de disminuir la exposición comunitaria, llegando incluso a establecer una cuarentena obligatoria. En ese sentido, una manera transparente de los gobiernos al asumir decisiones como la cuarentena obligatoria, requiere integrar desde el inicio a las organizaciones comunitarias y a sus líderes en los equipos que enfrentan la crisis.

Al igual que otros desastres, la pandemia se monta sobre un escenario preexistente y pone de manifiesto las fortalezas y debilidades actuales del sistema socioeconómico. Se visibilizan entonces con claridad tanto las vulnerabilidades de las instituciones como aquellas que las propias instituciones pueden producir, amplificando de esta manera el riesgo de desastre (por negar el problema, por no cumplir con sus misiones y funciones o por ser utilizadas en beneficio de personas o grupos minoritarios). Particularmente preocupantes son las medidas que, justificándose en la pandemia, generan mayor desigualdad social o que, en el campo laboral, afianzan y profundizan la informalidad y la pérdida de derechos laborales.

La pandemia afecta a todos, pero no por igual. Las consecuencias son diferenciales según las condiciones de vulnerabilidad individual y social, y también de acuerdo con las capacidades personales e institucionales para afrontarla de manera eficaz.

Asimismo es diferente la significación que adquieren para las personas los cambios en la vida cotidiana derivados de la pandemia: puede decirse que para algunos el aislamiento o el trabajo en el hogar puede ser un beneficio, mientras que para otros puede configurar una mayor fuente de angustia y malestar. De igual manera, la significación y percepción del tiempo para el individuo y para las instituciones no son iguales, pues son procesos que implican diferentes registros. A modo de ejemplo, las personas pueden percibir el desarrollo de una vacuna como un tiempo interminable a causa de la angustia por el temor a la muerte, mientras que las instituciones de investigación, consideran que tales procesos se están desarrollando en tiempo récord.

Desde el punto de vista social, tanto las personas, como las instituciones, intentan enfrentar la pandemia y sus incertidumbres con los recursos conocidos y habituales, para seguir viviendo en una “normalidad” que hoy ya cambió. Cuando esto ocurre, aumentan la angustia y el estrés y otros aspectos psicológicos desadaptativos, y se incrementan las vulnerabilidades socioeconómicas preexistentes y nuevas (como baja de ingresos, aumento del hambre o la informalidad laboral). En este sentido es importante que las modalidades de afrontamiento individual e institucional reconozcan la realidad tal cual es pues, de lo contrario, producen una profundización de las vulnerabilidades y, en consecuencia, del riesgo.

Gestión de riesgo de desastre y prevención

La gestión del riesgo de desastre implica una serie de actividades que permiten no sólo atender el problema cuando aparece sino prevenir y mitigar los impactos negativos. En esta prevención, atender tanto los aspectos de la vulnerabilidad estructural previa, como las vulnerabilidades emergentes de cada desastre, resulta central para disminuir los riesgos. Esta mirada estratégica está directamente vinculada con los procesos de desarrollo que son competencia de las instituciones del Estado, incluyendo en ello la consulta a aquellos que están en riesgo y el grado de participación permitido en los procesos decisorios democráticos de cada país.

En la gestión del riesgo están implicadas también las actitudes personales, ya que algunos comportamientos pueden colaborar a enfrentar el estrés personal y comunitario, mientras que otros -por el contrario- pueden profundizar el problema al afrontarlo de manera inadecuada. Por ejemplo, comportamientos que inciden en la reducción de la vulnerabilidad y, en consecuencia, disminuyen el riesgo, incluyen reconocer la magnitud de la situación, acatar las indicaciones de las autoridades, actuar de manera responsable y solidaria, mantener rutinas (sueño, alimentación, actividad física), mantener el contacto con familiares y amigos, obtener información de fuentes confiables, expresar las emociones, actuar con empatía y serenidad, y apoyar a las personas y grupos vulnerables (personas mayores, enfermos, personas con discapacidad, personal que asiste en la emergencia, personas solas).

Por el contrario, los comportamientos que profundizan la vulnerabilidad incluyen minimizar el problema (por negación, omnipotencia, rebeldía o desconocimiento del riesgo); descalificar violar o incumplir las medidas de protección; dejarse llevar por rumores; utilizar estrategias inadecuadas (como consumo de tabaco, alcohol, otras drogas o medicamentos sin prescripción médica); o interpretar las expresiones emocionales como signos de debilidad. Se suman también, conductas impulsivas que pueden derivar en actos violentos, así como las manifestaciones de estigma y discriminación.

Riesgo y responsabilidad

Las conductas y los hábitos socioculturales inciden directamente en la propagación y en el control del brote epidémico. Por un lado, la pandemia devela y pone de manifiesto las formas, los procedimientos, las negociaciones que cada sociedad utiliza para afrontar institucionalmente los riesgos y sus manifestaciones concretas, los desastres. En este caso, producir capacidades y disminuir la vulnerabilidad sólo se logra como una construcción social.

Al mismo tiempo, se ha puesto en evidencia la importancia de la conducta de las personas frente al riesgo, tanto en la percepción de las amenazas, como en las acciones preventivas y el abordaje de las consecuencias. Por ello, en el caso de la pandemia, al no disponer de vacunas o tratamientos efectivos, se apela a la conducta y la responsabilidad individual. Para que tales conductas sean posibles y para promover capacidades de afrontamiento individuales y sociales, es necesario trabajar en la reducción simultánea de las vulnerabilidades preexistentes y las vulnerabilidades emergentes, promover el desarrollo de sistemas saludables de sostén familiar y social, y capacitar a todos los actores involucrados.

En este sentido, enfrentar los retos en materia educativa resulta un aspecto crítico en el ámbito psicológico, donde se producen impactos en el proceso de aprendizaje de los estudiantes, así como para los docentes por lo que implica mantener la calidad del proceso de enseñanza-aprendizaje en la presente coyuntura; al igual que en el ámbito social, por las consecuencias que tendrá en el mediano y corto plazo este cambio en los procesos educativos.

En definitiva, considerar los aspectos psicológicos y sociales constituye un elemento esencial para el desarrollo de acciones preventivas en la comunidad, para disminuir las vulnerabilidades y, por lo tanto, para la reducción del riesgo de desastre frente al COVID 19.