La COVID-19 pone de manifiesto las deficiencias de las sociedades a la hora de utilizar la educación para abordar la desigualdad

Julian Sefton-Green — 26 de agosto de 2020

Sefton-Green Ideas Lab Spanish

Uno de los grandes éxitos en los sistemas de salud pública nuevos y emergentes que surgieron de la pandemia de gripe española de 1918-1921 fue la decisión de Nueva York de mantener abiertas las escuelas como forma de mantener la salud de los niños. Por el contrario, la COVID-19 parece haber desestabilizado profundamente los sistemas escolares en todo el mundo y causados estragos en las oportunidades para la actual generación de niños y jóvenes. Por muy traumática, peligrosa y destructiva que haya sido la actual pandemia para profesores, familias, empresarios, políticos y para los propios jóvenes, su efecto en lo que queremos de la escuela y en lo que debería ser la escuela ha sido radical y aterrador de una manera diferente.

Al comienzo de la pandemia, la preocupación pública por la escuela se centró significativamente en el impacto para las familias por el hecho de que los niños estuvieran en casa –principalmente, debe decirse, para las madres–, una preocupación que iba de lo cómico hasta lo que resultaría ser una de las facetas más oscuras del confinamiento, a saber, el aumento del abuso infantil y la explotación sexual en línea. Sin embargo, en muchos entornos, el apoyo familiar y la protección de los niños se han visto mermados por otras consideraciones.

Retroceder a objetivos educativos estrechos y obsoletos

Una importante atención inicial a los efectos del confinamiento giró en torno a las consecuencias para el mercado laboral. El cierre de escuelas tuvo efectos en cadena en los padres que trabajaban, mientras los políticos lidiaban con las implicaciones económicas de desescolarizar la sociedad. Por supuesto, la escolarización masiva se desarrolló en el siglo XIX de manera significativa como una forma de controlar el mercado laboral. Y en los primeros días de la pandemia, parte del debate público podría haber dado la impresión de que habíamos retrocedido 150 años a una sociedad que reflexionaba sobre los problemas de no saber qué quería hacer con sus niños para tener acceso a una mano de obra disponible.

Una segunda preocupación inicial en relación con el cierre de las escuelas también sugirió una reversión simplista a una función esencial, a saber, la capacidad de las escuelas para acreditar y certificar a los estudiantes. Se prestó mucha atención al final de la asistencia obligatoria a la escuela y a los efectos en cadena en las etapas posteriores del sistema educativo, en particular la educación superior. En muchas partes del mundo se produjo un debate considerable sobre lo que las normas podrían significar en una época en la que no hay controles y cuál sería el valor de graduarse sin exámenes finales. Al igual que la preocupación por un mercado laboral móvil, el debate público sobre esta función clave puso de manifiesto hasta qué punto estas funciones aparentemente atávicas que la escuela desempeña en la sociedad siguen estando cerca de la superficie.

Por el contrario, (y sorprendentemente lejos de la especulación en torno a la ciencia de los virus y la invención de las vacunas), el debate público sobre el sector universitario giró principalmente en torno al catastrófico fracaso empresarial derivado del cierre de la movilidad global de los estudiantes universitarios (y, en menor medida, del personal). El valor de la enseñanza no presencial y, por lo tanto, el valor de un título en general se conceptualizaba con frecuencia como uno de los bloques de Jenga que se retiraba, derrumbándose el edificio de la Universidad. En Australia, donde trabajo, se comparó el efecto del virus en la educación superior con el declive de la industria automovilística en ese país con las consecuencias económicas negativas resultantes.

Valorar los fines de la escolarización en su complejidad adecuada

Todas estas respuestas exponen de qué manera las escuelas y los sistemas educativos forman parte significativa de complicadas relaciones con la sociedad en su conjunto. Revelan que estas relaciones son muy diferentes de las imaginadas por muchos maestros, profesores y profesionales de la educación que a menudo se centran en la ciencia o la artesanía de la enseñanza y el aprendizaje. A medida que la pandemia avanzaba, el debate sobre sus efectos en los niños y los jóvenes prestaba cada vez más atención a las consecuencias psicológicas y sociales de la ausencia de clases. El maltrato en el ámbito familiar, la tensión doméstica, la salud mental, el aislamiento social, el hambre, la nutrición, la sobreexposición al «tiempo frente a las pantallas», así como el aumento de la desigualdad a largo plazo y el declive de la educación como vía hacia la movilidad social (niños que quedan rezagados) se perfilaron por una serie de motivos e inquietudes diferentes.

Las desigualdades en el acceso a un Internet que funcione correctamente. las desigualdades entre las diferentes estructuras y sistemas escolares y las graves limitaciones en la capacidad de los sistemas escolares para pasar al aprendizaje en línea se han destacado como cargas generacionales injustas cuyas consecuencias se pondrán de manifiesto a lo largo de décadas.

Todos estos tipos de respuestas ilustran de qué manera la COVID-19 ha intensificado y exacerbado las fallas en las sociedades contemporáneas. Nos vuelven a mostrar las formas de abordar la desigualdad que nuestras sociedades han enmascarado e ignorado sistemáticamente. Demuestran de manera absoluta e irónica que el principal interés de la mayoría de las personas por la educación es exactamente como un medio «para compensar a la sociedad» (Bernstein, 1970) y lo frágil que es esa compensación para tantas personas gran parte del tiempo.

En medio de la carnicería y la pérdida que las respuestas a la pandemia están causando en la vida de tantas personas, deberíamos valorar por su ausencia algo que de por otra parte ha sido difícil de medir: la escuela como lugar de unión, comunidad, identidad cívica y participación en la sociedad civil. La atención al aprendizaje simplemente como una cuestión de capacidades individualizadas en lugar de fe colectiva en la educación como bien público, pone de manifiesto hasta qué punto se han empobrecido nuestras sociedades cuando no podemos nombrar, describir o comunicar este tipo de valores sociales positivos.

 

Julian Sefton-Green es profesor de Educación de Nuevos Medios en la Universidad Deakin, Melbourne, Australia. Ha trabajado como académico independiente y ha ocupado puestos en el Departamento de Medios y Comunicación de la London School of Economics & Political Science y en la Universidad de Oslo, y también es profesor visitante en el Playful Learning Centre de la Universidad de Helsinki, Finlandia.

 

 

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Sefton-Green, Julian (26 de agosto de 2020). La COVID-19 pone de manifiesto las deficiencias de las sociedades a la hora de utilizar la educación para abordar la desigualdad. LABO de Ideas de Los Futuros de la Educación de la UNESCO.  Recuperado de https://es.unesco.org/futuresofeducation/ideas-lab/sefton-green-deficiencias-sociedades-utilizar-educacion-abordar-desigualdad.

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Sefton-Green, Julian. "La COVID-19 pone de manifiesto las deficiencias de las sociedades a la hora de utilizar la educación para abordar la desigualdad". LAB de Ideas de Los Futuros de la Educación de la UNESCO. 26 de agosto de 2020, https://es.unesco.org/futuresofeducation/ideas-lab/sefton-green-deficiencias-sociedades-utilizar-educacion-abordar-desigualdad.

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