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El sueño y la bala

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Martin Luther King a los pies de la estatua de Abraham Lincoln, punto de concentración de la gran marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad, el 28 de agosto de 1963.

Martin Luther King no era un soñador, pero sabía hacer soñar y sacrificó su vida para que los sueños de cientos de miles de personas de todo el mundo se cumplieran. Figura internacional destacada en la lucha por el respeto de los Derechos del hombre, amplió su campo de acción del antirracismo a los derechos económicos y sociales. 

Alain Foix

No era solo un sueño. No el sueño de un soñador, sino la expresión de una voluntad de actuar sobre el estado de las cosas. Un sueño productivo, una orden que hace que el tiempo presente se mueva. De aquellos que están vinculados a la acción y la producen. Es en el “aquí y ahora” cuando impuso su sueño al mundo, a su nación, sí, hoy (today). “I have a dream today”. Sin olvidarnos del “today”. Este verso recitado, hexasílabo, se alza sobre cuatro pies y se desploma en dos de manera nítida y definitiva como el martillo del subastador que pone fin a las pujas.

Entonces, ya no se trataba de esperar, como preconizaban algunos, incluso en el bando progresista. Poco tiempo antes, Martin Luther King había empezado a escribir su obra titulada Why we can't wait (Porqué no podemos esperar más). En esta obra, publicada en 1964, desarrolla la respuesta que había escrito en su “Carta desde la prisión de Birmingham” (abril de 1963) a los eclesiásticos que le pedían tomarse su tiempo y le reprochaban su activismo intempestivo.

Publicó un extracto, con el título de “Why the Negro Won't Wait” (Porqué los negros no esperarán más), en el Financial Post, un mes antes del famoso 28 de agosto de 1963. A los pies de la estatua de Abraham Lincoln, punto de concentración de la gran marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad, había pronunciado su discurso, conocido a partir de entonces, con el título de “I have a dream” (Tengo un sueño).

La fecha de esta marcha en Washington no se había elegido al azar. Era el año del centenario de la promulgación, por el presidente Lincoln, de la abolición de la esclavitud. Sin embargo, los Estados del Sur, a pesar de su derrota conseguida en parte a los esclavos liberados que se habían unido a los norteños, continuaban imponiendo una segregación racial. Fue negociada con sus vencedores sobre la base del infame enunciado: “iguales pero separados”. Lo que, de hecho, permitía promulgar leyes injustas en detrimento de los negros.

Un soñador despierto

No. Martin Luther King (MLK) no era un dulce soñador. Simplemente exigía que el “American Dream” (el sueño americano) ya no fuese la pesadilla de los negros y que, por fin, se realizase el ideal estadounidense prometido por los fundadores de la nación. El sueño de MLK contradecía la realidad de los hechos y la idea que los estadounidenses se hacen de su nación.

¡Oh no!, Martin Luther King no era un soñador. Supo usar la maquinaria e industria del sueño para ganarse los corazones y las mentes. MLK, que había cantado delante del cine en el estreno de Lo que el viento se llevó ya que no tenía derecho a entrar por ser negro, supo así aunar a su causa a las estrellas fulgurantes de Hollywood a los pies de la estatua de Lincoln. Era hijo de Atlanta, la ciudad “too busy to hate” (demasiado ocupada para odiar), sede de Coca-Cola, de CNN y de grandes marcas mediáticas. Una ciudad que inventó la comunicación comercial moderna basada sobre el “sueño” calculado y comercializado. Comprendió rápidamente los resortes de esta industria y supo utilizarlos en beneficio de su lucha, tanto en su dimensión puramente económica como en la gestión utilitaria de imágenes.

Las televisiones del “American way of life” (el modo de vida americano) empezaban a adornar todos los salones. Con ellas supo desgarrar un sueño despierto, cosido con mala fe, para hacer surgir en las pantallas el horror de las brutalidades cometidas contra los negros del Sur. Imágenes versus imágenes. Y en el torrente de su discurso, chocaban como guijarros blancos y negros rodando por el curso de la historia.

Pero si el dominio del lenguaje, de la poesía y del canto es un arma que puede cambiar conciencias, MLK supo rápidamente que, para hacerlo, debía debilitar las voluntades opuestas. Para hacerlo debía atacar la base de donde sacan su fuerza y sus cimientos: la economía, dato determinante de lo político y, a veces, de lo jurídico.

Si bien, como hijo y nieto de pastores de la iglesia de Ebenezer en Atlanta y líderes de la NAACP local (Asociación Nacional para el Proceso de las “Personas de Color”), MLK había absorbido toda la dimensión social y jurídica de esta lucha por los derechos civiles. Y, cuando fue nombrado en la iglesia baptista de la avenida Dexter en Montgomery (Alabama), una de sus primeras acciones fue la de transformar esta iglesia burguesa de “medias de seda” en una iglesia popular, militante y abierta. Allí, los fieles debían informarse de temas sociales, económicos y políticos. Sus sermones, políticos y filosóficos, no iban de abajo a arriba, buscando el cielo para aligerar el peso del presente, sino, al contrario, de arriba a abajo, esclareciendo por el pensamiento los marcos y condiciones de la vida actual para intentar mejorarlos.


Martin Luther King Jr. en Memphis. La marcha que dirigió el 28 de marzo de 1968 se tornó violenta. © Cortesía de las Bibliotecas de la Universidad de Memphis.
© University of Memphis Libraries.

Un sueño en marcha

Y naturalmente, cuando, en 1955, encarcelaron a Rosa Parks por no ceder su sitio a un blanco en el bus de Montgomery, fue a él a quien se dirigieron para librar esta lucha por la heroína insumisa. Lucha jurídica, por supuesto, pero que se apoyaba al mismo tiempo en un combate económico: asfixiar a la administración de autobuses a través del boicot, arrodillarla para hacer presión sobre lo político y, por ende, sobre lo jurídico. Primer combate, primera victoria de la que sacará todas las enseñanzas para las luchas futuras, sobre todo la decisiva que tuvo que librar en Birmingham. Esta irrefutable capital del racismo y de la segregación sudista había heredado el apodo de “Bombingham” por los numerosos estragos de las bombas del Ku Klux Klan. 

Accionó entonces los cuatro resortes de una acción eficaz de insumisión cívica: el económico, el jurídico, el político y la comunicación. En 1963, aprovechó la temporada comercial de Pascua para asfixiar la economía. Utilizó las marchas y las “sit-in” (sentadas) para dar a conocer sus reivindicaciones. Hizo “jail-in” (hacerse arrestar e ir a prisión) para saturar las cárceles y dificultar la labor de tribunales y policías desbordados. Y, finalmente, mediante la imagen y la prensa, mostró al mundo entero la brutalidad policial ejercida por el comisario de seguridad pública Bull Connor (llamado el toro de Birmingham). Este maltrataba a los manifestantes pacíficos y no violentos, con ataques de perros, con chorros de agua, con porras y a patadas.

Birmingham fue la punta afilada de la lucha por los derechos civiles. El sueño estaba en marcha. Pero este sueño escondía otra realidad de la que no fue consciente hasta que no llevó su lucha hacia el Norte. Comprendió que la obtención formal del derecho a voto y de todos los derechos civiles, aunque necesaria, estaba lejos de ser el final de la lucha.

Derechos económicos y sociales

En el verano de 1965, cuando visitó el barrio de Watts en Los Ángeles, que estaba incendiado por una revuelta racial, de verdad tomó conciencia del alcance del problema y escribió lo siguiente: “Casi no habíamos visto amanecer en el Sur cuando la sorpresa y el horror de las revueltas del Norte explotaron ante nuestros ojos. Vimos que el problema de los negros iba más allá de la mera segregación racial. La catástrofe de Los Ángeles era, además, el resultado de las tensiones de naturaleza volcánica entre nuestra nación. [...] Las llamas de Watts iluminaron mucho más que el cielo occidental; pusieron bajo los focos las imperfecciones del movimiento de los derechos civiles y la superficialidad trágica de la política racial en los guetos explosivos”.

Tanto en Chicago como en Harlem, MLK descubrió un avanzado estado de deterioro físico y moral, debido principalmente al hecho de que el 30% de los negros estaba en paro y ociosos, lo que los guetos favorecían por el hecho de existir una clientela cautiva, abusos a nivel del precio de los productos de consumo y que los alquileres en edificios insalubres eran a menudo más elevados que en barrios residenciales. Asimismo, descubrió sorprendido un racismo antisemita que no se daba en el Sur por parte de los negros. Estos veían a menudo a los judíos luchando a su lado e, incluso, muriendo por su causa. Entonces, estableció un vínculo con las condiciones económicas de esos guetos que antaño fueron barrios burgueses. Sus propietarios y comerciantes, en su mayoría judíos, continuaron su negocio beneficiándose de la separación de la población negra.

El problema era, sin lugar a dudas, económico y social. Y dedujo que el racismo no es más que una consecuencia de la dominación económica.

Esto lo llevó a sus lecturas marxistas y al hecho de que, ya desde joven, se había distanciado del capitalismo.

En julio de 1952, con 23 años, había escrito a su esposa, Coretta Scott King, lo siguiente:

“Imagino que ya sabes que, en mis ideas económicas, soy mucho más socialista que capitalista. Sin embargo, no me opongo tanto al capitalismo como para no ver sus relativas ventajas. Nació de una buena causa y de una visión elevada, cuyo objetivo inicial fue oponerse a los monopolios comerciales controlados por los nobles. Pero como en la mayoría de los sistemas humanos, fue víctima de lo mismo contra lo que luchaba. De esta manera, el capitalismo ha perdido su utilidad hoy en día. Se ha convertido en un sistema que toma lo que necesita del pueblo para ofrecer lujo a las clases acomodadas”.

Por lo tanto, hacía faltar llevar la lucha más allá del mero combate por los derechos civiles de los negros. Un combate que debía extenderse al conjunto de la nación e incluso más allá, puesto que los problemas del capitalismo y del imperialismo tenían los mismos efectos en todas partes. Se opuso a la guerra de Vietnam para disgusto del presidente Lyndon Johnson, quien, en 1965, había sometido a votación, en el Congreso, el “Voting Rights Act” (Ley de derecho al voto), proclamando que “el tiempo de espera había pasado”. Esta ley prohibía la discriminación racial en el voto. MLK encontró opositores, incluso en su propio bando. Pero se mantuvo firme. El problema era la dominación de los más ricos sobre los pobres. La lucha de los negros se sumaba a la de los pobres, blancos incluidos.

Sumó a los grandes sindicatos de la industria a su causa y preparó una nueva marcha sobre Washington: la marcha de los pobres.

Memphis y la huelga de basureros fue el punto de partida. Estos marchaban por las calles de la mano de las estrellas de Hollywood y llevaban una pancarta donde estaba escrito en negro sobre blanco: “I AM A MAN” (soy un hombre). Sabía que estaba amenazado y sentía que su fin se acercaba. Terminó su último discurso en el Templo Masón de Memphis declarando: “Poco me importa lo que me pase a partir ahora, porque he alcanzado la cima de la montaña”.

Moriría porque había cruzado la línea blanca, la línea de los colores. Una bala blanca alcanzó de lleno la garganta, acallando la bella voz negra.

Era el 4 de abril de 1968, un olor a pólvora en la primavera de magnolias.

MLK en el Correo de la UNESCO

Al igual que Gandhi en la India, por medio de la no violencia, Martin Luther King, en Estados Unidos, llevó su lucha contra las discriminaciones raciales. Al igual que él, no dejó de exhortar a los suyos a resistir las tentaciones de violencia. Y a su vez, veinte años después que Gandhi, el 4 de abril de 1968 fue asesinado en Memphis. El Correo de la UNESCO, octubre de 1969.

La violencia que sufrió Martin Luther King, Jr., en sus trece años de actividad, van desde las agresiones físicas a los ataques morales: será detenido en varias ocasiones, apaleado y encarcelado; le perseguirán por incitación a la revuelta y por fraude fiscal. También le acusarán de traición a Estados Unidos, señalándolo con el dedo por sus posturas en el tema de la operación militar de bahía de Cochinos en Cuba y de la guerra de Vietnam. No se vacilará ante nada. Pero tampoco nada podrá quebrar su voluntad de construir un Estados Unidos diferente. El del sueño que contó, el 28 de agosto de 1963, en la gran plaza de Washington. El Correo de la UNESCO, junio de 1994

Descubra también

El Correo de la UNESCO sobre el racismo

El Correo de la UNESCO y los Derechos Humanos

Más información sobre MLK en inglés

The King Center 

MLK and the Global Freedom Struggle

 

Alain Foix

Escritor, dramaturgo, director artístico y filósofo guadalupeño, Alain Foix es el fundador de «Quai des arts», una compañía multidisciplinaria que mezcla el espectáculo en vivo y las nuevas tecnologías de imágenes y sonidos. Es el autor de Je danse donc je suis (Bailo, luego existo, 2007), Histoires de l'esclavage racontées à Marianne (Historias de la esclavitud contadas a Marianne, 2007), Noir: de Toussaint Louverture à Barack Obama (Negro: de Toussaint Louverture a Barack Obama, 2009) y Martin Luther King  (2012), Che Guevara (2015). Entre sus obras teatrales, destacan Vénus et Adam (Venus y Adán, 2004), Pas de prison pour le vent (No hay cárcel para el viento, 2006) y La dernière scène (La última escena, 2012), una conversación privada entre Martin Luther King, su esposa Coretta y el activista americano Mumia Abu-Jamal.