Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres

El Sol: mitos antiguos, tecnologías nuevas

En 1995, designado Año de la Tolerancia por las Naciones Unidas, habrá un programa excepcional de manifestaciones internacionales: centenarios del Cine y el de la Radio; cincuentenarios de la creación de las Naciones Unidas y el de la aprobación de la Constitución de la Unesco (la iniciación efectiva de las actividades de la Organización tuvo lugar un año más tarde); dos cumbres mundiales primera, en marzo, sobre el desarrollo social, la segunda, en septiembre, sobre el papel de la mujer en el mundo de hoy.

Ya lo sabemos: entre las esferas en que se desarrollan esas celebraciones y el escenario de la vida cotidiana se interpone, en todas partes del mundo, la tragedia de los cientos de millones de personas víctimas del hambre, las enfermedades endémicas, el analfabetismo; de las decenas de millones que la guerra, los conflictos étnicos o religiosos y el recrudecimiento del fanatismo matan, desarraigan o traumatizan para siempre. Todos aquellos que, de cerca o de lejos, en los organismos intergubernamentales como en las organizaciones no gubernamentales, están al servicio de una cierta idea de la cosa internacional y de la cooperación para la paz, miden el terrible desfase que existe entre sus sueños y las realidades, entre la suma de sus esfuerzos y los efectos limitados de su acción.

Pero, a la pregunta que con tanta frecuencia se formula en torno a ellos: "Entonces, ¿para qué?", no vacilan en responder: "Sin esos sueños y esos esfuerzos los errores, las insuficiencias e incluso las cobardías que los han empañado ¿A dónde iría el mundo? ¿Qué podría oponerse a la vorágine actual de incomprensiones y de violencias?"

Esta red única en su género de lazos pacientemente establecidos, de experiencias compartidas, de éxitos y fracasos comunes se denomina comunidad internacional sigue siendo irreemplazable. Lo que no significa que sea intocable, que no deba cambiar. Al contrario. En el momento de celebrar sus cincuenta años, en un mundo que se ha transformado de punta a cabo, también ella debe transformarse en consecuencia, y debe sobre todo recibir, de parte de las principales potencias que definen el marco de su acción, un nuevo soplo, una voluntad real de actuar por el futuro de todos, más que por el presente separado de cada cual y, por cierto, los medios indispensables para poner en práctica las decisiones adoptadas.

Y es así como este año, colocado bajo el signo de la Tolerancia, cobra ribetes de desafío que hay que recoger. Las celebraciones internacionales programadas sólo tendrán valor si desembocan en balances lúcidos, en iniciativas concretas. El Correo de la Unesco estará presente para tener a sus lectores al corriente de los progresos logrados en tal sentido en los planos de la cultura, la educación, la ciencia y la comunicación. Abre también las páginas de su sección "Los lectores nos escriben" a todos los que quieran expresarse al respecto.

Para comenzar el año, difícilmente podía imaginarse un tema más significativo que el del Sol, mito primordial de la humanidad, símbolo por excelencia de los comienzos calor, vida, creación que actualmente se está convirtiendo, gracias a los últimos progresos del saber y de los conocimientos técnicos, en una colosal fuente de energía cada vez más rentable y fácil de dominar. A la humanidad incumbe velar por que la utilización de esta energía resulte benéfica para la mayoría: el sol no debe tener más que la felicidad como divisa.

Adel Rifaat y Bahgat Elnadi

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Una estrella llamada Sol, por Pierre Lantos (artículo online)

El astro rey en algunos mitos, por Philippe Borgeaud

A través del tiempo y las culturas, por Madanjeet Singh

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Enero de 1995

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