El Patrimonio mundial: balance y perspectivas
Mientras preparábamos este número un texto no ha cesado de resonar en nuestra memoria: el discurso pronunciado por André Malraux en la Unesco, el 8 de marzo de 1960, en la ceremonia de lanzamiento de la primera campaña internacional por la salvaguarda de los monumentos de Nubia. Alii ya está todo dicho, y admirablemente, sobre la aparición de una nueva responsabilidad de la humanidad respecto del conjunto, a partir de entonces indivisible, de las obras maestras de su patrimonio. Nos parecía imposible dejar de citar ese texto en nuestra introducción al presente número. Al releerlo se impuso como una evidencia cederle este espacio.
Bahgat Elnadi y Adel Rifaat
Un texto de André Malraux
"[...] La belleza ha llegado a ser uno de los mayores enigmas de nuestro tiempo: la misteriosa presencia por la cual las obras de Egipto se unen a las estatuas de nuestras catedrales o a los cuadros de Cézanne y de Van Gogh y a las obras, en fin, de los más grandes artistas muertos o vivos, en el tesoro de la primera civilización mundial.
Gigantesca resurrección de la cual el Renacimiento nos parecerá en breve como un tímido esbozo. Por primera vez, la humanidad ha descubierto un lenguaje universal del arte, cuya fuerza sentimos sobremanera aunque conozcamos mal su naturaleza. Esa fuerza viene, sin duda, del hecho de que ese Tesoro del Arte, del cual por primera vez la humanidad tiene conciencia, nos aporta la más espléndida victoria de las obras humanas sobre la muerte. Al invencible 'nunca más' que impera sobre la historia de las civilizaciones, ese Tesoro imperecedero opone su grandioso enigma. Del poder que hizo surgir a Egipto de la noche prehistórica, nada queda; mas el poder que creó los colosos hoy amenazados y las obras maestras del Museo del Cairo nos habla con una voz tan alta y tan noble como la de los maestros de Chartres y como la de Rembrandt.
Nosotros, en verdad, no tenemos en común con los autores de esas estatuas el mismo sentimiento del amor, ni tampoco el de la muerte, y tal vez ni siquiera el modo de mirar sus obras. Pero, ante esas obras, el acento de esos escultores anónimos y olvidados durante dos largos milenios nos parece tan invulnerable a la sucesión de los imperios como el acento del amor materno. Ello explica por qué, señor Director General," tantos nombres soberanos se asocian al llamamiento que acabáis de hacer.
No podremos felicitaros lo bastante, señor Director General, por haber preparado un plan de una audacia magnífica, que hace de vuestra empresa un Valle de Tennessee de la arqueología. Pero aquí se trata de algo más que de una de esas enormes empresas en las que suelen rivalizar los grandes Estados modernos. Y el objeto preciso de vuestra acción no debe ocultarnos su significado profundo. Si la UNESCO intenta salvar hoy los monumentos de Nubia, ello se debe al hecho de que están amenazados, y claro está que intentaría asimismo salvar otros grandes vestigios, Angkor o Nara por ejemplo, si estuvieran también en peligro. Como otros lo hacen, durante esta misma semana, en favor de las víctimas de la catástrofe de Agadir, dirigís un llamamiento a la conciencia universal en favor del patrimonio artístico de los hombres. 'Ojalá no tuviéramos necesidad de escoger entre las estatuas y los hombres', decíais hace poco, y nos proponéis, señor Director General, que pongamos por primera vez al servicio de las imágenes, para salvarlas, los poderosos medios que hasta ahora sólo se habían puesto al servicio de los hombres. Tal vez ello es así porque la perennidad de las efigies ha llegado a ser para nosotros una forma de la vida...
En el momento en que nuestra civilización intuye que hay en el arte una misteriosa trascendencia y que el arte es uno de los medios, aunque todavía oscuros, de su unidad; en el momento en que nuestra civilización reúne las obras de tantas civilizaciones que ayer se odiaban o se ignoraban las unas a las otras y que hoy se unen fraternalmente, proponéis una acción que quiere convocar a todos los hombres contra todos los grandes naufragios.
Vuestro llamamiento no pertenece a la historia del Espíritu por el hecho de que quiere salvar los monumentos de Nubia, sino porque con'él la primera civilización planetaria reivindica públicamente el arte mundial como su indivisible patrimonio. En la época en que creía que su herencia comenzaba en Atenas, el Occidente veía con ojos distraídos la destrucción de la Acrópolis...
En las lentas aguas del Nilo se han reflejado las multitudes desoladas de la Biblia, el ejército de Cambises y el de Ale¬ jandro, los jinetes de Bizancio y los de Alá, los soldados de Napoleón. Cuando pasa sobre el río el viento de arenas rumorosas, sin duda su vieja memoria une, indiferente, la esplendorosa polvareda del triunfo de Ramsés y el polvo miserable que dejan tras de sí los ejércitos vencidos. Y una vez disipadas las arenas, el Nilo vuelve a encontrar las montañas esculpidas y los colosos cuyo inmóvil reflejo acompaña desde hace tanto tiempo su murmullo de eternidad.
Aquí tienes, viejo río cuyas crecidas permitieron a los astrólogos fijar la más antigua fecha de la historia, los hombres que transportarán esos colosos lejos de tus aguas a la vez fecundas y destructoras. Esos hombres vienen de todos los rincones de la tierra. Al caer la noche, volverás a re flejar las constelaciones bajo cuyo claror ofició Isis sus fúnebres ritos, como reflejarás también la estrella que contemplara Ramsés. Pero el más humilde de los obreros que salvarán las efigies de Isis y de Ramsés podrá decirte lo que tú has sabido siempre y que ahora escucharás por vez primera: 'Sólo existe un acto sobre el cual no prevalecen la indiferencia de las constelaciones ni el eterno murmullo de los ríos: el acto por el cual el hombre arrebata algo a la muerte.'"
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