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Cultura y desarrollo: objetivo vivir mejor

¿Es acaso un proceso de crecimiento puramente económico, cuya única finalidad es producir siempre más riquezas y en el que todo, incluso la cultura, pasa a ser una mercancía? ¿O forma parte de un esfuerzo global de creación social del que los hombres son a la vez actores y beneficiarios y cuyos fines, extraeconómicos, responden al sistema de valores en que los hombres se inspiran?

Estos interrogantes, planteados y replanteados desde hace tiempo, dieron lugar a una reflexión de alto nivel, llevada a cabo durante tres años (1993-1996) por la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo, bajo la presidencia de Javier Pérez de Cuéllar. El balance de las actividades de la Comisión acaba de publicarse en un excelente informe titulado Nuestra diversidad creativa.

El propósito del presente número es, por cierto, mucho más modesto. Recurriendo a varias de las personalidades que colaboraron en los trabajos de la Comisión, aspira solamente a que el gran público pueda captar, en términos sencillos, la complejidad de la cuestión. Pues el mero hecho de combinar dos términos tan heterogéneos como desarrollo y cultura es en sí una fuente de malentendidos. Hay que desconfiar de los falsos problemas y más aún de las falsas soluciones que sugiere esta conjunción.

El sistema económico dominante está en el banquillo de los acusados. Su principio motor - una competencia salvaje por el beneficio a través de un mercado abierto a escala mundial - emplea una lógica predatoria, inigualitaria y contaminante cuyos efectos sufre duramente la mayoría de los habitantes del planeta. Este sistema está hoy día en tela de juicio, pero en niveles muy diferentes, que van de la descalificación global a la crítica puntual de algunos de sus efectos. La cultura aparece a menudo como punta de lanza de este combate. Pero hay que saber distinguir el buen empleo del mal empleo de la cultura.

Algunos, en el Norte, pretenden sencillamente instruméntalizar la cultura convertirla en un factor más de la competencia por el beneficio o en un correctivo que sirva de contrapeso a ciertos excesos productivistas. Otros, en el Sur, utilizan la cultura como un medio de afirmación identitaria dirigido contra el estilo de vida de Occidente. No apuntan, al hacerlo, contra las taras fundamentales del sistema (desigualdades socioeconómicas y desequilibrios ecológicos) sino únicamente contra las instituciones políticas y jurídicas que lo acompañan en las sociedades democráticas (libertades individuales, derechos humanos, pluralismo y alternancia políticos). La reivindicación de la especificidad cultural encubre entonces, sea la defensa de intereses conservadores en una sociedad llamada a permanecer patriarcal y despótica, sea un rechazo radical de la sociedad occidental en nombre de un proyecto alternativo más o menos integrista. 

Hay por último quienes recurren a la cultura (en su sentido más amplio) como una forma de rejuvenecimiento y como una palanca de cambio. A partir de valores morales, estéticos, espirituales, se trata de insuflar a lo económico finalidades más nobles que la mera competencia por el beneficio, de ayudar a liberar a los hombres de la miseria y de la ignorancia, a devolverles su creatividad, a instaurar solidaridades nuevas entre los individuos, entre los pueblos, entre el ser humano y la naturaleza.

En este orden de ideas, la meta no es apartar y aislar a una región o una comunidad en particular del resto del mundo, sino permitirle participar en el sistema mundial de intercambios, en el respeto de su dignidad, de su originalidad y de sus intereses fundamentales.

La cultura, entonces, no se opone a lo económico, sino que le da un rostro humano. Marca el territorio de los desafíos vitales de una sociedad, a la vez que dicta las finalidades y las normas en las que esa sociedad se reconoce mejor y se afirma con mayor provecho.

Ahora bien, para que la cultura desempeñe efectivamente ese papel, debe ser reconocida, no como una tradición sacralizada y anquilosada, sino como una realidad plástica susceptible de adaptarse constantemente a contextos cambiantes, pero manteniéndose fiel a ciertas continuidades esenciales. Debe ser capaz, entonces, de sacrificar supersticiones, tendencias y hábitos que se han tornado opresivos, y también de acudir a otras sociedades en busca de criterios de eficacia, debidamente comprobados, para renovarse mejor y expresarse con mayor libertad en una competencia sin fin.

En efecto, ¿no ha ocurrido así a lo largo de lo siglos, y las culturas que todavía se mantienen vivas no son precisamente aquellas que, en el pasado, han sabido no permanecer estáticas tratando de detener el tiempo sino, por el contrario, arraigarse en el tiempo para extraer de él la sabia de una juventud siempre renovada?

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Septiembre 1996