Vivientes epopeyas de la humanidad

Obra colectiva anónima, transmitida oralmente y remodelada a través de los siglos, u obra literaria acabada debida al genio de un solo autor, la epopeya remite a un tiempo inaugural, al nacimiento de una cultura, de una nación o de un imperio, a veces a la fundación misma del universo. A menudo procura remontarse hasta el instante en que todo comenzó, en el que la naturaleza humana se puso a palpitar al margen del reinado divino. Sus héroes son hijos de ese instante: se mueven en una zona intermedia entre la eternidad y el tiempo y en la que el crepúsculo de los dioses autoriza aun las hazañas de los gigantes.

Ya no son inmortales pero siguen siendo superhombres. Ya no aspiran a la omnipotencia; pueden equivocarse, vacilar y fracasar, a la vez que amar, odiar y sufrir. Pero están dotados de cualidades excepcionales de voluntad, de inteligencia o de fuerza que los autorizan a desafiar el destino, a sobreponerse a la adversidad, a cambiar el orden de las cosas. Son al mismo tiempo exploradores del territorio humano y fundadores de nuevas ciudades.

Como tales, nunca han dejado de ofrecer a las sociedades tradicionales referencias colectivas a la vez que modelos psicológicos, valores éticos, estéticos y religiosos que pueden asumir en común, así como perfiles personales que cada cual debe meditar en su fuero interno. Se trata de figuras y, en todo caso, de individuos de una dimensión superior a la corriente, liberados de algunas de las limitaciones que pesaban sobre sus semejantes y cuyo ejemplo era por tanto capaz de inspirar al común de los mortales, de galvanizar su imaginación, de elevarlo por encima de las servidumbres y las decepciones de la vida.

De aldea en aldea y de villorrio en ciudad, bardos, poetas, narradores, trovadores y griots han cantado interminablemente a esos héroes de leyenda, iluminando con sus relatos la tristeza de la vida cotidiana, alimentando la llama de los contactos locales y cavando, de una generación a otra, los surcos constantes de una memoria nacional.

Es así como la epopeya ha sobrevivido hasta ahora a todos los vuelcos de la historia. Pero en los últimos decenios bruscamente el mundo se ha descompartimentado, la comunicación se ha tornado planetaria, la imagen ha desbordado la palabra escrita, los viejos narradores han sido reemplazados por las pantallas de televisión, los medios de comunicación de masas han comenzado a unlversalizar modelos de comportamiento profanos y héroes en busca de un destino plenamente individual, liberado de sus amarras tradicionales y de sus referencias sagradas. ¿Cuáles iban a ser entonces las consecuencias para la epopeya?

Como factor de sociabilidad, de encuentros en el plano de las comunidades tradicionales, iba poco a poco a esfumarse. En cambio, iba a cobrar un nuevo impulso a una escala mucho más vasta. El teatro, el cine y la televisión iban a apoderarse de las leyendas de antaño, multiplicando las adaptaciones, confrontando las versiones posibles, transponiendo los temas de una época a otra, de un lugar a otro, y comparando entre sí a los héroes de todas las latitudes. Y un público cada vez mayor iba a descubrir maravillado los vínculos que unen a esas diversas epopeyas, la comunión inmediata que un espectador de Avignon o de Caracas puede experimentar con héroes persas o zulúes y la semejanza insospechada entre los hombres de ayer y los hombres de hoy, entre los hombres de aquí y los hombres de allá.

El descubrimiento, en suma, de una verdad muy antigua, cuya evidencia, sin embargo, sólo aparece ahora: que los sueños de nuestros pasados respectivos no eran opuestos sino cómplices y que en el fondo reflejaban, en la complejidad infinita de contextos y de lenguas, el miedo de los mismos misterios y la espera de los mismos deslumbramientos.

Adel Rifaat, Jefe de redacción, y Bahgat Elnadi, Director

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Septiembre de 1989