Los Inmigrantes: vivir entre dos culturas
Desde sus orígenes, y considerando premonitoriamente que la tierra es de todos, el hombre se ha desplazado de un lugar a otro. Grandes grupos tribu, clan, familia, huyendo casi por instinto de las desgracias naturales o de los desastres de la guerra, encontraban siempre en algún lugar el alimento, el abrigo o la paz que habían perdido. Verdaderos aluviones humanos al comienzo, las migraciones fueron confiriendo sus rasgos distintivos a continentes enteros, regiones y países. Luego, los esclavos que los conquistadores llevaban consigo, los amenazados a los que el terror obligaba a buscar refugio, los empobrecidos por la mala suerte o el sistema, han contribuido a engrandecer la cultura universal, inagotable precisamente porque está hecha de porciones y en este caso el todo es mayor que la suma de las partes.
Con el desarrollo desigual de las sociedades y la agravación de las diferencias que existen entre ellas, las migraciones internacionales actuales obedecen, como siempre, a la necesidad de sobrevivir, pero hoy, más que nunca, a la de trabajar. Obligados a abandonar su patria, no sólo en busca de mejores salarios sino incluso de un empleo cualquiera, son millones los que vuelven lógicamente la mirada hacia los países industrializados (donde, por lo demás, suele reservárseles tareas que los trabajadores nacionales se niegan a realizar). Sea que hayan entrado en ellos legal o ilegalmente, solos o acompañados, resueltos a regresar llegado el momento a su lugar de origen más que con ánimo de establecerse en un país adoptivo, viven entre dos culturas, sujetos a controles legales o arbitrarios, a veces discriminados o amenazados de agresión o desempleo, defendiendo, junto con su derecho a ganarse la vida, el derecho a preservar su identidad o tratando de adaptarse a otra que, a su vez, considera amenazada su integridad original.
El presente número de El Correo de la Unesco da fe una vez más de la atención que la Organización viene prestando desde hace mucho a ciertos aspectos de la inmigración internacional, particularmente la enseñanza de la lengua y la formación profesional de los inmigrantes y la educación de sus hijos. Y las diversas dimensiones del fenómeno migratorio en nuestra época ponen de relieve la complejidad que éste reviste: la integración de los trabajadores inmigrantes a la sociedad que los acoge; las reacciones de la población nativa a la presencia de extranjeros a quienes consideran a veces como competidores en el mercado del trabajo y cuyas costumbres rechazan generalmente; las repercusiones que en la estructura y funcionamiento de la familia rural tiene el éxodo de los varones a las grandes ciudades; la impronta que un sistema escolar rígido puede dejar en la cultura "paralela" de los hijos de inmigrantes; la readaptación de los emigrados a su país natal cuando regresan tras haber llevado en el extranjero una vida diferente, son sólo unas cuantas facetas de un problema que inquieta hoy día a todos los países. Y cabe esperar que los diversos análisis de esta situación (que aunque hacen hincapié en las repercusiones económicas y sociales que de ella se derivan se inspiran en un profundo sentimiento humanitario) constituyan no sólo un paso adelante en la comprensión de tal fenómeno sino que contribuyan también, aun cuando fuera a largo plazo, a la elaboración y la aplicación de una política apropiada que concilie el respeto de los derechos y de la dignidad de los trabajadores inmigrantes con los intereses legítimos de los países receptores.
Edouard Glissant, Jefe de Redacción
