Número especial: el cine
El estudio del cine como instrumento de comprensión entre los hombres no es un mero ejercicio intelectual, sino parte del estudio continuo a que todos debemos entregarnos si nos interesa que haya armonía en el torturado mundo en que vivimos. Nadie discute ya el poder que el cine tiene de entretener y distraer, de instigar a la gente a la acción, de provocar el odio y el desprecio en la misma medida que suscita la compasión y el respeto. Quizá por eso hay más gente que escribe sobre cine que para él cine, y más que cualquiera de las otras artes ésta se ve continuamente sometida a un análisis implacable.
Ahora, decir que el cine tiene el don de interpretar la vida y de ayudar a que haya armonía en el mundo no significa indicarle que se aparte en ningún sentido del deber primordial que tiene de entretener. Pero sí significa señalar una vez más que al proceder a buscar sus temas, es posible que un número mayor de escritores, productores, directores y intérpretes, en un número también mayor de países, levanten sus ojos por encima de las fronteras que dividen a la humanidad y, con la imagen que sean capaces de formarse así, ayuden a crear una esperanza de vida, un orden de vida, en vez de una pasión - cuando no una excusa - por la muerte y el olvido. Los temas que traten podrán ser alegres o sombríos, desenfadados o serios; pero lo que importa en última instancia es el espíritu que los anima, así como la chispa creadora de la que son trasunto.
Las responsabilidades del cine no son mayores que las de la prensa o la radio. Pero el cine comparte con la televisión la facultad de dramatizar más que los otros medios, y la oportunidad de desempeñar un papel importante en la creación de un mundo posible y creíble.
Por lo demás, las fronteras que dividen a la humanidad no son solamente, ni siquiera principalmente, nacionales o políticas. Son fronteras de la mente y el espíritu, surgidas de ciertas limitaciones de educación y experiencia, o ciertas diferencias de recuerdos y tradición, creencias y gustos, así como de la explotación intencionada o accidental de tales limitaciones y diferencias con fines siniestros. He ahí la causa de que haya tantos que se dediquen a estudiar actualmente las repercusiones del cine para niños, así como las del cine para adultos. Nuestra generación puede ser una generación perdida, pero nadie puede asegurar que la que nos siga también lo esté, y por ello debemos poner todo nuestro empeño en que nuestros hijos no sufran los horrores de las últimas décadas. Sean hombres y mujeres de Méjico o la Argentina, de Estados Unidos o Gran Bretaña, de Francia o Italia o Polonia o Dinamarca, de Egipto o la India o Indonesia o el Japón los que realizan las películas destinadas a retratar nuestra época, todos ellos tienen un deber común para con los niños del mundo y una oportunidad mayor que nunca de cumplir con ese deber, por el enorme desafío que éste lleva implícito.
Con ésto no queremos decir que tal deber sea o pueda ser fácil de cumplir. Hay "tabús" de muchas clases que hacen difícil expresar la fe que pueda animarlo a uno. Hay fuerzas que se aprovechan del estado caótico del mundo, y que a la menor oportunidad encadenan el espíritu creador. Hay muchos problemas económicos y de facilidades de producción y distribución que todavía falta resolver. Antes que todo, hay una vastísima labor de investigación e interpretación que realizar. Pero es en la confianza de que todo éso puede hacerse, y de que es posible que tanto los hombres como las mujeres maduren y se desarrollen juntos espiritualmente en empresas de creación, expresión y estudio, que se basa el presente número de El Correo de la UNESCO.
