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"La cacerola radiofónica"

Lusaka no es apenas sino un poblacho, atravesado por una sola calle polvorienta. Esta localidad constituye, sin embargo, la capital de la Rodesia del Norte, es decir, de un territorio tan vasto como Noruega y Suecia juntas, habitado por cerca de dos millones de almas, distribuídas en setenta tribus.

Cyril Ray

Sobre las colinas que se levantan tras de esa pequeña capital, están instaladas las antenas de la radio, sím­bolo de la campaña que desde la guerra última desarrollan las autoridades del Protectorado a fin de aportar a la población, la mayor parte de ella analfa­beta, los más elementales conocimientos de orden técnico y práctico. 

La tierra de Rodesia ha sufrido los efectos de la erosión durante muchos siglos y su pueblo vive en la ignorancia casi absoluta de los principios de agri­cultura e higiene. Resultaba necesario, por lo tanto, el aplicar un programa de educación fundamental susceptible de ser asimilado por el total de los dos millones de seres diseminados sobre ese inmenso territorio, donde ciertas aldeas no cuentan con más de cien vecinos. En un país en el que sólo una persona entre diez es capaz de leer, la divulgación mediante folletos y anuncios carece prácticamente de toda utilidad. No obstante, cada día es mayor el número de los niños rodesios que aprenden las primeras letras. Pero,¿cómo inculcar a sus padres algunos conoci­mientos básicos? 

En 1941, una pequeña estación de radio fué creada en Lusaka para mantener a los europeos y africanos al tanto del desarrollo de la guerra. Y pudo comprobarse a través de esas emisiones que el africano, a pesar de ser analfabeto, tenía mejor retentiva que el europeo. Una vez terminada la guerra se decidió proseguir la acti­vidad radiofónica.

Mas claro está que no basta con difundir unos determinados programas ra­diofónicos, es preciso lograr que la población esté capaci­tada para escucharlos. En las localidades de la Rodesia del Norte, donde la electricidad casi es desconocida, los aparatos receptores eran escasísimos y esos pocos pertenecían a los europeos. 

El problema fundamental era, por lo tanto, el llegar a fabricar un nuevo tipo de receptor que fuese a la vez barato, sólido y adaptado al clima tropical, utilizable a considerable distancia de toda corriente eléctrica, de todo taller de reparaciones y todo cargador de baterías. 

Fueron menester tres años de búsquedas incesantes para construir un aparato que respondiera a esas exi­gencias. En 1948 une fábrica inglesa comenzaba la pro­ducción del nuevo aparato de onda corta y batería seca que ha sido bautizado con el nombre de "la cacerola radiofónica", ya que su caja de resonancia está consti­tuída por una especie de gran cacerola de aluminio de un diámetro de 23 cen­tímetros. 

El precio de ese aparato -cinco libras esterlinas, o sea, aproximadamente cinco mil francos; más cinco che­lines (1.250 francos) por la batería seca- lo hace asequi­ble para la mayor parte de los africanos. Cada aparato es rigurosamente sellado antes de ser distribuído y un taller especial creado por la marca se compromete a realizar toda clase de repa­raciones que sean necesarias por el precio único de 2,6 chelines (125 francos), a condición que el sello no haya sido violado.

La "cacerola radiofónica" ha tenido un éxito imme­diato: más de 2.000 aparatos fueron vendidos en pocas semanas. Como un aparato sirve, como mínimo, a diez personas, 2.000 aparatos representan, en consecuencia, un público de 20.000 ra­dioyentes. 

A pesar de que la mayoría de éstos son iletrados, en el espacio de cuatro meses, a partir de la venta de los receptores, fueron remi­tidas a la radio 312 cartas, muchas de ellas llenas de faltas de ortografía y gra­mática, pero que son un testimonio emocionante del entusiasmo de los nuevos propietarios. 

He aquí el texto de una de ellas: "No sabía que pudie­sen venir palabras como las que están conmigo en mi casa. Cuando cantan se cree­ría que estuviesen junto a mí. Mi mujer y yo agradece­mos al Gobernador que nos haya enviado al admmistra­dor del distrito con un aparato, recorriendo a pie más de doce kilómetros." Firma: Chimombo. 

Otro auditor llama al aparato "el gran profesor". Un tercero parece que haya convertido su casa en un salón de audiciones: "Mi aparato -escribe- se porta muy bien. De los siguientes pueblos viene gente todas las tardes a escuchar mi radio: Sianchilodo, Jeke, Siama­kimba, Chimoma, Singuawa y Sikakwa". 

Un notable de la región declaraba en su carta que se sentía contento de las en­señanzas que sus compa­triotas estaban adquiriendo gracias a la radio: "los cuidados gue dar a los niños, la educación de las mucha­chas, el mantenimiento del hogar, los buenos métodos de agricultura y ¡tantas otras cosas!"

Cuando a principios de este año la Unesco me envió en misión al Africa Central, la estación de Lusaka emitía durante cinco horas diarias en inglés y en cinco dialectos africanos, con destino a la Rodesia del Norte, Rodesia del Sur y Territorio del Niasa. Sus emisiones com­prendían programas de mú­sica africana y europea, información general, obras de teatro y charlas sobre higiene, agricultura y dere­cho. Cerca de cinco millones de radioyentes, de los cuales entre un 80 a un 90% anal­fabetos, dispersos en una extensión tan grande como toda la Europa Occidental, seguían cotidianamente esas emisiones.