
Chernóbil cierra: el debate sigue abierto
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¿Cuáles fueron realmente los daños provocados por el peor desastre nuclear de la historia? A pocas semanas del cierre definitivo de la central de Chernóbil, la polémica continúa.
Fred Pearce
Periodista especializado en medio ambiente y asesor del semanario británico, The New Scientist.
Un suspiro de alivio recorre Europa al saberse que un grupo de ingenieros se dispone a cerrar el 15 de diciembre próximo la central nuclear de Chernóbil. Las autoridades ucranias pueden por fin felicitarse del acuerdo gracias al cual Occidente aportará los cerca de 2.000 millones de dólares que se requieren para neutralizar y enterrar los reactores. Sin embargo, para numerosos ciudadanos, la pesadilla continúa.
Hace pocos meses, el 26 de abril, miles de personas desfilaron solemnemente por las ciudades de Belarús, Ucrania y Rusia en memoria de los que perdieron la vida en la catástrofe nuclear de Chernóbil. A la 1:26 de la madrugada las campanas repicaron marcando la hora exacta en que, 14 años antes, había estallado el reactor despidiendo precipitaciones radiactivas letales que no tardaron en cubrir campos y ciudades.
Pero a esa manifestación de duelo se sumaba el temor. Temor de la persistencia de las radiaciones, que podrían cobrarse aún miles de víctimas. Y temor de hablar. Esa noche del 26 de abril de 2000, Yuri Bandazhevsky, que hasta su detención el año pasado era rector del Instituto Médico de Gomel en Belarús, se encontraba relegado en Minsk, la capital del país. Es uno de los numerosos investigadores que estiman que sus trabajos han sido censurados o ignorados por las autoridades.
Las estimaciones sobre el número de víctimas de la catástrofe van desde las 32 señaladas por algunos especialistas de las Naciones Unidas, a las 15.000 que sugieren algunos científicos ucranios. En el mes de junio, expertos del Comité Científico de las Naciones Unidas para el Estudio los Efectos de las Radiaciones Atómicas (UNSCEAR) declararon que “no hay indicios de repercusiones importantes en la salud pública, fuera de la elevada tasa de cáncer de tiroides observada en los niños, que sólo será mortal para unos pocos”. Sin embargo, el Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan, había declarado poco antes: “La catástrofe dista mucho de haber sido superada. Sigue teniendo efectos devastadores no sólo en la salud de la población, sino en todos los ámbitos de la vida social.”¿Cuál es entonces la verdad? ¿A qué se deben tan grandes discrepancias?
El accidente de la central nuclear de Chernóbil convirtió su reactor nº 4 en una caldera infernal que despidió una nube radiactiva durante diez días. Esa radiactividad era cien veces superior a la que emitieron juntas las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Tras varios días de silencio total, las autoridades evacuaron a toda prisa a unas 116.000 personas que vivían en un perímetro de 30 km en torno a la central.
Sólo años después del accidente el público supo que una zona más vasta, situada a unos 150 km de distancia de Chernóbil, cerca de la ciudad bielorrusa de Gomel, y que se extendía hasta Rusia, había recibido abundantes precipitaciones radiactivas. En 1989, se demostró que una quinta parte del territorio bielorruso estaba seriamente contaminada; 400.000 personas fueron trasladadas. Y actualmente unos cuatro millones viven aún en regiones oficialmente contaminadas.
El secreto observado por los gobiernos de la región en cuanto a la magnitud de la contaminación sigue entorpeciendo toda acción encaminada a proteger a los habitantes, afirma Tobias Muenchmeyer, especialista en Chernóbil de la ONG Greenpeace. Los científicos de los diversos países afectados lo confirman.“En nuestro país se impuso un régimen de secreto desde el instante mismo en que se produjo la catástrofe”, señala Vladimir Chernusenko, el científico ucranio que coordinó las operaciones de descontaminación.
Según Muenchmeyer, este secretismo contribuyó a que los organismos de las Naciones Unidas subestimaran gravemente el número de víctimas. Personalidades críticas de la industria nuclear, como Rosalie Bertell, presidenta del Instituto Internacional de Salud Pública de Toronto, estiman que también hubo razones políticas. Denuncian el acuerdo, alcanzado en 1959, entre el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), en virtud del cual el OIEA es responsable de “estimular, asistir y coordinar la investigación sobre la energía atómica, así como el desarrollo y las aplicaciones prácticas de ésta”. Bertell resume así la situación:“Desde esa fecha, el OIEA se considera guardián de la información sobre los efectos de las radiaciones en la salud pública.” Este año, su Instituto y otras organizaciones solicitaron a la OMS que reconsiderara el acuerdo de 1959.
Muertes por omisión
Los principales isótopos radiactivos liberados en la atmósfera por el reactor de Chernóbil son el yodo y el cesio. El yodo 131 tiene una semivida o periodo (tiempo necesario para que se desintegre la mitad de los átomos de un isótopo radiactivo) de ocho días. En Chernóbil fue sobre todo inhalado o ingerido. En cuanto al cesio 137, su semivida es de unos 30 años. Siempre presente en los suelos y la vegetación, sigue contaminando a la población a través de los productos alimenticios.
¿Quiénes sufrieron estas radiaciones? En primer término, los “liquidadores”, es decir 600.000 a 800.000 soldados y funcionarios enviados al lugar para neutralizar el reactor y enterrar los desechos contaminados. De los 50.000 que trabajaron en el techo del reactor, 237 fueron hospitalizados, 32 de los cuales fallecieron.
Desde entonces, la Unión Soviética y los países que le sucedieron no han querido o no han sabido controlar médicamente a ese grupo de riesgo. Según elruso Leonid Ilyn, ex integrante de la Comisión Internacional de Protección Radiológica, “ninguno de esos individuos quedó registrado con nombre y apellido. No fueron sometidos a controles regulares. Todos volvieron a sus casas.” Esta omisión es probablemente la causa primordial de las divergencias en cuanto al balance de la catástrofe. En abril de 2000, Viacheslav Grishin, presidente de la Liga de Chernóbil, organización con sede en Kiev que se considera representante de los “liquidadores”, anunció que desde 1986 15.000 de ellos han muerto y 50.000 han quedado inválidos. Partía de una estimación controvertida de Chernusenko, basada en la tasa probable de cánceres calculada en función de las radiaciones a las que según el investigador ucranio habían estado expuestos los “liquidadores”.
Los cánceres representan la primera causa de inquietud. En 1991, los médicos señalaron ya numerosos casos de cáncer de tiroides entre los niños menores de cuatro años en el momento del drama. En 1992, un grupo de investigadores occidentales del que formaba parte Keith Baverstock, de la OMS, admitió que Chernóbil era probablemente responsable de esas patologías. Sin embargo, las Naciones Unidas no lo reconocieron oficialmente hasta 1995, después de que se registraran 800 casos de cáncer infantil. Ese retraso tuvo graves consecuencias para el diagnóstico y el tratamiento de la enfermedad, que no es fatal cuando se ataca en su etapa inicial.
Las reticencias de Naciones Unidas se explican en parte por los datos sobre Hiroshima y Nagasaki, que sirven de referencia y permitían prever un número de casos muy inferior. Pero la política también entró en juego. El semanario británico The Economist daba la siguiente explicación:“Si efectivamente se hubiese subestimado o minimizado el peligro, el Gobierno estadounidense habría corrido el riesgo de afrontar diversos procesos, para responder a situaciones que van de los ensayos [nucleares] en Nevada al accidente nuclear de Three Mile Island, en 1979.”
En todo caso, actualmente se han detectado 1.800 casos de cáncer de tiroides atribuidos a Chernóbil. En las regiones más contaminadas, como Gomel, la tasa de este tipo de patología en los niños es 200 veces superior a la de Europa Occidental. Las estimaciones sobre el número de futuros casos oscilan entre “algunos miles”, según el OIEA, y 66.000 tratándose solamente de los niños bielorrusos menores de cuatro años en 1986, afirma Elisabeth Cardis, científica de la OMS, quien destaca sin embargo que es una estimación “sumamente aleatoria.”
¿Y qué hay de ciertas formas de cáncer que se desarrollan mucho más lentamente? Oficialmente, la OMS se atiene a la posición que adoptó en 1996 al señalar que “si bien algunos informes aluden a un aumento de la incidencia de ciertas patologías malignas [...] esos informes carecen de coherencia y reflejan tal vez diferencias metodológicas en el seguimiento de las poblaciones expuestas.
”Basándose en los datos relativos a Hiroshima y Nagasaki, Baverstock pronostica un “exceso” de 6.600 cánceres mortales, de los cuales 470 serán leucemias. Un equipo de médicos bielorrusos anuncia sin embargo haber descubierto tasas de leucemia cuatro veces superiores a la media nacional entre los liquidadores más expuestos. Y algunos temen, como en el caso del cáncer de tiroides, que las cifras superen con mucho las previsiones.
El muro del silencio
Las incertidumbres científicas no deben sin embargo hacernos olvidar las razones políticas subyacentes, afirma Tobias Muenchmeyer: los gobiernos, que filtran la mayor parte de las estadísticas utilizadas por los organismos de las Naciones Unidas, tienen sus propios imperativos políticos. Así, Ucrania dispone de 14 reactores nucleares y está construyendo otros cuatro, según el OIEA. “Por un lado, el país no quiere perjudicar su imagen de potencia nuclear,pero por otro las autoridades desean también obtener ayuda para sus programas de salud, de ahí que se contradigan con pocos días de intervalo”, explica este experto de Greenpeace.
Las autoridades bielorrusas han minimizado reiteradamente la catástrofe, aunque el país recibiera en su día 70% de las precipitaciones radiactivas. “Parten del principio de que no pueden resolver el problema, pues las zonas y el número de personas contaminadas son demasiado importantes y el gobierno demasiado pobre. Han decidido acallar todas las voces discordantes”, dice Muenchmeyer. Esta actitud ha obstaculizado la investigación y, al parecer, ha impedido que estudios realizados por investigadores bielorrusos lleguen a las Naciones Unidas.
Hace dos años, Rosa Goncharova, del Instituto de Genética y Citología de Minsk, afirmó en una conferencia que desde 1985, los bebés nacidos con labios leporinos, trisomías y otras anomalías habían aumentado un 83% en las zonas más contaminadas, 30% en las zonas moderadamente contaminadas y 24% en las zonas “limpias”.
Elizabeth Cardis, de la OMS, con la que tomamos contacto a los efectos del presente artículo, afirmó que no había recibido copia de la comunicación de Rosa Goncharova. Tampoco había recibido un ejemplar de los trabajos de Vasily Nesterenko, director del Belrad, instituto independiente bielorruso de radioprotección (ver entrevista). Cabe mencionar también la suerte que corrió Yuri Bandazhevsky, defendido actualmente por Amnistía Internacional, y lo que sucedió con sus investigaciones. Como rector del Instituto Médico de Gomel, practicó autopsias en personas cuyo fallecimiento, se pensaba, no tenía que ver con la catástrofe de Chernóbil. Comparando sus órganos con los de ratas alimentadas con cereales que contenían cesio radiactivo hizo un descubrimiento alarmante: las alteraciones patológicas de los riñones, del corazón, del hígado y de los pulmones eran idénticas a las observadas en esos animales. Conclusión: el cesio hizo que esas personas enfermaran y provocó su muerte.
Las publicaciones del investigador tropezaron con un muro de silencio. Después de criticar la forma en que el Ministerio de Salud había investigado las consecuencias de la catástrofe de Chernóbil, en el verano de 1999 fue detenido con una vaga acusación de corrupción y encarcelado durante seis meses. Su computadora y sus archivos fueron confiscados, y permanece en Minsk en detención domiciliaria.
Mientras vastas zonas de Belarús continúan altamente contaminadas, la OMS admite que ciertos alimentos producidos por granjas privadas contienen una proporción de elementos radiactivos superior a la permitida, en tanto que, gracias a que cavan la tierra a mayor profundidad y utilizan abonos, la mayoría de las granjas colectivas no sobrepasan los topes mencionados.
Pero en un contexto económico difícil, miles de personas dependen de las granjas privadas, recuerda Vasily Nesterenko. En su opinión, una cuarta parte de los cultivos procedentes de las zonas contaminadas rebasan los máximos oficiales de radiactividad y más de 500 pueblos beben leche contaminada. Por último, recuerda Keith Baverstock, de la OMS, muchas personas recogen setas o bayas, o practican la caza, cuya carne es la más peligrosa desde el punto de vista de la radiactividad.
Por no hablar de la gente que vuelven a establecerse en la zona prohibida, en su mayoría mujeres ancianas que estiman que, a su edad, la radiactividad no puede causarles grandes males. Según fuentes no confirmadas, recientemente nació un bebé en la zona. Como recordaba Kofi Annan, la tragedia prosigue.
Lecturas complementarias:
Antes y después de Chernóbil, El Correo de la UNESCO, septiembre 1990
Chernóbil, diez años después, El Correo de la UNESCO, abril 1996
Belarús: "Una catástrofe nacional", El Correo de la UNESCO, octubre 2000
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