Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres

Las Catástrofes naturales: prever, educar, prevenir

¿Hasta dónde llega la fatalidad y dónde empieza el poder de la voluntad? Todos los mitos, todas las religiones, todas las filosofías han intentado desentrañar el misterio de esta línea divisoria imprecisa, que recorre como un hilo de Ariadna el laberinto de la aventura humana. Ese misterio que encuentra tal vez su expresión más dramática en el enfrentamiento de los hombres con los elementos naturales. ¿Cómo explicar, si no, que ciertas poblaciones, advertidas del peligro mortal al que se exponen, sigan viviendo al pie de un volcán o en una zona donde se suceden los sismos?

Frente a un terremoto, un ciclón o la erupción de un volcán, daba la impresión, hasta estos últimos decenios, de que los hombres se encontraban particularmente desamparados. No se sabía ni prever a tiempo la aparición de tales flagelos ni ta mpoco prevenir sus efectos. La inteligencia y la voluntad humanas sólo podían inclinarse ante el capricho de los dioses.

Y, peor aún, se daban casos en que la acción del ser humano contribuía a precipitar el advenimiento de las catástrofes o a agravar sus efectos. Se descubría que la utilización abusiva o caótica del suelo ocasionaba sequías y que la deforestación terminaba por provocarinundaciones. Sin contar con la irrupción de catástrofes nuevas, de ningún modo naturales pero no por eso menos dramáticas, como la nube radiactiva que partió de Chernobil, el efecto de invernadero o el agujero en la capa de ozono...

Sin embargo, no se trata de caer en el "catastrofismo". No es el progreso el que está en tela de juicio, sino la ambivalencia de sus efectos posibles: el aspecto oscuro inherente a todo nuevo invento, pero también el aspecto luminoso. El progreso mismo permite ahora actuar con eficacia para atenuar, disminuir e incluso contrarrestar las consecuencias más desastrosas de numerosos flagelos naturales, por no hablar de las calamidades resultantes de la actividad humana.

No es posible, como tampoco lo era ayer, impedir un sismo. Pero se sabe determinar las zonas donde el riesgo de que se produzca es mayor. Se sabe establecer probabilidades teniendo en cuenta los múltiples parámetros del pasado. Se sabe cómo construir, y con qué materiales, en las regiones más expuestas, qué medidas tomar cuando aparecen los signos precursores, qué formas de movilización emplear inmediatamente después...

Tres ideas clave se desprenden de la experiencia acumulada: anticipar lo más a menudo posible los riesgos de los flagelos conocidos, a fin de paliar sus efectos más devastadores y pasar de la previsión a la prevención educar a las poblaciones, sensibilizarlas, a los peligros que las acechan así como a los medios indispensables para hacerles frente, entrenar con anticipación a los elementos más activos, por último, y quizás sobre todo, responsabilizar a los d ecisores. En resumen, si se desea sacar el máximo partido de los conocimientos y las técnicas existentes, es al conjunto de la población al que hay que movilizar.

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Octubre de 1997