Los Mundos del exilio
Durante mucho tiempo el exilio fue una anomalía. ¿Está convirtiéndose ahora en un modo de vida normal?
En los tiempos lejanos en que la comunidad regulaba en sus más mínimos detalles el comportamiento de cada uno de sus miembros, excluir a uno de ellos era, prácticamente, condenarlo a muerte. No sólo se le negaba la protección del grupo y se lo dejaba solo frente a lo desconocido, sino que se le privaba del vínculo con sus antepasados y de la posibilidad de comunicarse con los dioses y de fundar un hogar. Ya no tenía puntos de apoyo psíquicos que le dieran seguridad. Perdido para la comunidad, también estaba perdido para sí mismo.
El exilio a menudo adoptó la forma de una calamidad colectiva, cuando, a consecuencia de un combate desigual, los sobrevivientes de una comunidad vencida eran reducidos a la esclavitud. Los vencedores destruían todos los lazos de continuidad que unían a estos últimos con su pasado - no para dejarlos morir, sino para explotarlos como herramientas vivientes, esforzándose por mantenerlos en un estado monstruoso de supervivencia física sin identidad psíquica.
Es cierto que hubo exilios más soportables. Afectaban a personalidades excepcionales - príncipes, médicos, ingenieros, artistas - forzados a abandonar su país, generalmente por razones políticas, y que encontraban en ciertos Estados prósperos condiciones de vida confortables e incluso privilegios, llegando a veces a convertirse en personajes influyentes. Pero no dejaban de ser extranjeros. Una parte irreemplazable de sí mismos seguía arraigada en la patria perdida, idealizada por el tiempo, la nostalgia y la pesadumbre.
Con las conquistas coloniales de los siglos XV y XVI, la noción misma de exilio va a cambiar. Los grandes descubrimientos, los progresos de los medios de navegación, el establecimiento de una red de intercambios permanentes a través de los océanos, inauguran un mercado mundializado. Numerosas personas se expatrían en busca de regiones políticamente más clementes o económicamente más promisorias. El desarraigo no es para ellas un castigo o una calamidad. Puede ser una aventura, que corresponde a una de las características esenciales de los tiempos nuevos: el cambio. Se trata de explorar una vida diferente, con avatares y riesgos que, esta vez, se asumen plenamente. La patria lejana representa entonces un hito estable en medio de un movimiento constante, un remanso de certidumbre frente al curso imprevisible de la vida.
Hasta la segunda mitad de este siglo, sin embargo, los exiliados constituyen una ínfima minoría estadística. La estabilidad demográfica era la regla; los desplazamientos de población eran excepcionales. Hoy día ya no es así. El mercado internacional, que hasta ahora rodeaba los mercados nacionales respetando no obstante sus fronteras, está ahora en vías de abolirías. Las principales corrientes económicas, financieras, tecnológicas e informáticas son ahora planetarias.
Una línea divisoria, que atraviesa todos los países, se interpone entre los que viven en la sintonía mundial, y los que no se adaptan a ésta y buscan derivativos ilusorios en un repliegue nacionalista, confesional o tribal. Pero todos los afectados por el alud de la economía planetaria no son solamente privilegiados. Ni mucho menos. Una minoría de ellos, que disponen de poderosas palancas económicas, o de las claves culturales del éxito, obtienen de esa situación poderes, libertades y medios de expresión sin precedentes en la historia. Pero, paralelamente, cientos de millones de mujeres y hombres son expulsados gradualmente de los campos, las regiones o los países de que proceden - por la ruina económica, el terror político o la guerra y proyectados a pesar suyo hacia los polos de crecimiento próximos o lejanos.
Su drama es que, privados de la posibilidad de permanecer en su patria, tampoco tienen perspectivas de prosperar en otras tierras. Si los privilegiados de la mudialización se sienten en su casa en todas partes, estos desamparados se consideran doblemente excluidos: de su país de origen, donde hubieran preferido quedarse y al que sueñan regresar un día, y de su país de acogida, donde por lo general son mal mirados y en el cual se integran poco o nada. Así, para algunos el exilio es algo creador y libremente elegido; para todos los demás, forzado y alienante.
Este foso es tanto más intolerable cuanto que se amplía a vista y paciencia de todos, a causa de la universalización de las imágenes televisivas. Contiene una terrible amenaza potencial. Las frustraciones que engendra, las tensiones que suscita, sólo pueden agravarse si no se hace nada para contrarrestar las tendencias inigualitarias y caóticas del mercado.
Ahora bien, los privilegiados del planeta tienden hoy día a defender sus posiciones adquiridas más que a compartir los frutos de su prosperidad. Erigen barricadas ilusorias en torno a sus barrios reservados y al hacerlo terminan por hacer suyos, en contra de los excluidos que golpean a su puerta, algunos de los argumentos más retrógrados del discurso integrista.
Olvidan el hecho de que su propio poderío es indisociable del proceso de mundialización que genera esos excluidos. Olvidan sobre todo que la unificación del mundo no se ha producido solamente por impulso de las fuerzas del mercado, sino, asimismo, gracias a la formidable dinámica de las ideas revolucionarias de libertad, igualdad, derecho, justicia, solidaridad. Son estas últimas las que alimentan la creatividad del ser humano, los progresos del saber y de la productividad, la seguridad permanente de los intercambios. Durante mucho tiempo han sido el atributo de un grupo pequeño de naciones. No pueden seguir siéndolo. En el mundo abierto de hoy, si esas ideas no benefician a todos, finalmente todos las perderán.
Lea este número. Descargue el PDF.
