Las Naciones Unidas, 1945-1995: para qué
Las Naciones Unidas cumplen cincuenta años. Pero este aniversario no se celebra en una atmósfera de fiesta. Se piensa en Somalia y en Rwanda, y se tiene siempre presente la situación de Bosnia. Pero esos fracasos, ¿son imputables a la organización como tal ? Y si la organización no existiera, ¿sería la situación mejor o peor ?
En este número hemos procurado responder a los interrogantes que se formulan, cosa muy legítima, sobre la razón de ser de las Naciones Unidas, mediante una presentación en tres secciones. Una información precisa sobre la estructura y las funciones del sistema y sobre las grandes fechas que han jalonado su historia. Un análisis crítico de las realizaciones y los fracasos en los tres ámbitos esenciales en que se ejerce las acción de las Naciones Unidas : la paz, los derechos humanos y el desarrollo. Una visión prospectiva de de su evolución, gracias a la pluma de Boutros Boutros-Ghali y de Federico Mayor.
Queda sin embargo un sentimiento persistente, doloroso, de gran desilusión, ese hiato entre lo que hubiéramos querido y lo que ha acontecido. En particular, desde la caída del Muro de Berlín, el final del mundo bipolar y la afirmación simultánea de las exigencias de libertad, de justicia y de solidaridad.
Esta desilusión es en sí un signo positivo. Revela la magnitud de las esperanzas que la opinión pública mundial cifraba en las Naciones Unidas. Pero traduce también un gran desconocimiento de los mecanismos que rigen su funcionamiento. La acción del sistema depende directamente de los acuerdos y desacuerdos entre sus Estados Miembros, es decir entre los gobiernos de éstos, y muy en especial de los más influyentes. Lo que hace falta verdaderamente a las Naciones Unidas, y que explica las decepciones que suscita, es un consenso internacional sobre objetivos y normas en virtud de los cuales los intereses comunes de la humanidad prevalezcan sobre los intereses particulares de los Estados o de las naciones y de las comunidades étnicas o religiosas.
Queda mucho camino por recorrer para lograrlo. Pero habrá que hacerlo. Tarde o temprano. Es una cuestión vital para el porvenir de la humanidad y del planeta. ¿Y quién podrá dudar, el día en que se iiegue a ese consenso, de que el sistema de las Naciones Unidas haya sido el principal artífice de su realización ?
Con sus defectos, su lentitud y sus errores, que reflejan las imperfecciones de la propia comunidad internacional, habrá tejido pacientemente esa experiencia única de la cosa internacional, esa sensación confusa pero indudable de que todos poseemos, mal que bien, en ese rascacielos desacreditado de Nueva York, una última barrera contra la barbarie, un espacio donde se sabe que los enemigos de ayer podrán hablarse mañana.
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