200 años después de su primera abolición, la esclavitud: un crimen sin castigo
Hace doscientos años la Francia revolucionaria abolía la esclavitud algunos años más tarde, como asustada de su propia audacia, la restablecía. Este breve destello de humanidad volverá a encenderse muchas veces, en Europa y en las Americas, a lo largo de todo el siglo XIX jalonado de rebeliones, represiones sangrientas, guerras civiles, como la Guerra de Secesión en Estados Unidos antes de que la esclavitud sea proscrita definitivamente a escala mundial. Pero esta primera victoria de la libertad dista mucho de ser completa. Se manifestarán otras formas de desprecio de la persona y de explotación forzada del trabajo humano colonización de la mayoría de las sociedades no europeas, la bota fascista y la nazi, la deformación totalitaria de Europa del Este.
Otro siglo pasará, atravesado por una sucesión de revoluciones y de expediciones militares, así como por dos guerras mundiales, antes de que llegue a su fin el sistema colonial, que sea vencido el racismo institucionalizado y que se desintegre el gulag socialista.
¿Quiere decir entonces que por fin reina en todas partes el respeto de la dignidad del ser humano? Por desgracia, nuevas desigualdades surgen de la opresión o de la amenaza física, del terror impuesto a título individual o colectivo, de la explotación por algunos de la ignorancia o la debilidad de los demás; éstas se reproducen allí donde el Estado no tiene medios de intervenir, allí donde perduran cos¬ tumbres medievales y donde el derecho puede desconocerse impunemente, allí donde el aislamiento y el secreto permiten los peores abusos...
¿Cuál es esa parte tan sombría del ser humano que lo autoriza desde siempre a despreciar al Otro, a sojuzgarlo, a envilecerlo, a martirizarlo sin el menor remordimiento de conciencia? ¿Cómo ha podido ocurrir que, durante milenios, algunos hombres, algunos pueblos, hayan sido comprados, vendidos, utilizados como bestias? ¿Y cómo ha permanecido impune ese crimen contra la Humanidad incluso después de la consagración de los Derechos Humanos?
A esos terribles interrogantes, tal vez no exista una respuesta simple. Sabemos, sin embargo, que nunca habrá que dejar de formularlos.
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