Tele...visiones
Hay algo inquietante en el reinado de la imagen sobre todo el planeta, en la hegemonía cultural de la televisión porque son fenómenos que en buena medida escapan a nuestra comprensión. Ese imperio obedece a leyes que se conocen a medias y pone en acción mecanismos emotivos que nadie controla del todo. Rara vez una creación se ha emancipado hasta tal punto de su creador. Genio ambiguo y proliferante, transmisor de símbolos inciertos, instrumento explosivo pero azaroso, lo audiovisual es a la vez todopoderoso y mucho más inmaduro de lo que se cree. Un imperio planetario, no cabe duda, pero cuyo emperador está en pañales.
No son éstas conjeturas gratuitas. En la imagen que aparece en una pantalla catódica, en el "mensaje" que se transmite de un rincón del mundo a otro, anida indudablemente un misterio. Para decirlo claramente, nadie puede prever qué tipo de señal intercambiarán realmente los hombres por intermedio de la pantalla. Ni el periodista, ni el técnico, ni el político encandilado por los reflectores del estudio, ni los creadores, pueden vaticinar lo que saldrá realmente al aire. ¿Por qué? Porque la televisión, por su naturaleza misma, produce un mensaje que no consiste en palabras, ni en pensamientos, ni en meras imágenes, ni en una simple duplicación de la realidad, sino en una compleja mezcla de todo ello. Tan compleja, en verdad, que nadie está en condiciones de controlarla totalmente.
En la televisión, un gesto ínfimo que la cámara capta puede anular de pronto el contenido de una afirmación; la fuerza imprevista de una sola imagen es capaz de modificar el sentido de las mil palabras que supuestamente debían comentarla; el dramatismo accidental de un "directo" de algunos segundos puede despertar súbitamente la emoción en millones de hogares a la vez; un silencio, un simple silencio, puede transmitir más información en el sentido estricto del término que un farragoso discurso. Lo que el ojo implacable de la cámara escruta es una autenticidad indecible, una misteriosa capacidad de conmover o de convencer, una esencia inasible. Este carácter aleatorio fundamental, este "azar organizador" debería inclinarnos a la modestia. Ese es el motivo, sin duda, por el que raramente se pone de relieve ese aspecto de la televisión.
Se prefiere insistir en cambio en la fuerza manipuladora de la imagen. No pretendemos, por supuesto, negarla. El genio subversivo de la televisión, que ahora cruza las fronteras (antenas parabólicas), se multiplica en los satélites y se burla de todas las censuras, no fue un factor secundario del derrumbe del comunismo. La guerra del Golfo y el delirio televisivo que la acompañó demostraron, por otra parte, que incluso en los sistemas democráticos la opinión pública podía quedar momentáneamente paralizada o neutralizada políticamente por la superabundancia (calculada) de imágenes.
Esta incontestable fuerza de manipulación explica el hecho de que la televisión sea, en todos los países del mundo, un mecanismo político de primer orden. Recordemos que en ciento dos países la actividad audiovisual está sometida a un control legal y directo del Estado. Pero en todos los demás incluso en los más democráticos el poder político jamás ha renunciado totalmente a ejercer su dominio sobre la pantalla pequeña. Los avatares del "mundo audiovisual" alimentan al respecto un ruidoso y permanente debate.
Pero hay más. En realidad, la irrupción de esta "hegemonía televisiva" trastorna hasta sus cimientos el funcionamiento mismo de la democracia. La televisión menoscaba la influencia de los cuerpos intermedios y de las instituciones representativas (Parlamento, etc.); reemplaza parcialmente el principio de elección por el reino fugaz e incierto del sondeo de opinión; da primacía al efecto de anuncio en perjuicio de la acción política propiamente dicha; impulsa a los políticos a recurrir al sensacionalismo; y, al divulgar el sumario de procesos criminales, quebranta el sistema judicial. Se podría añadir ejemplos a esta enumeración indefinidamente.
Todo ello tiende a demostrar una misma cosa: la democracia representativa, literalmente transformada por la televisión, no obedece ya ni a sus principios fundamentales, ni a los estrictos mecanismos que concibieron sus teóricos, de Rousseau a Tocqueville, de Montesquieu a Adam Smith. Cabría afirmar que un modelo político nuevo, ambiguo, imperfectamente conceptualizado está ya funcionando ante nuestros ojos. Una "democracia mediática" a la que ni las constituciones, ni las leyes están adaptadas. De ahí ese "malestar" persistente en torno a la televisión. Un malestar que, estamos convencidos, tardará en disiparse.
En todo caso resulta fácil advertir lo que está en juego. Frente a este instrumento increíble, que apareció de manera casi inesperada hace sólo algunos decenios, frente a esta "cosa" todavía misteriosa que escapa a la comprensión y al control, estamos aun en una etapa de aprendizaje titubeante. Y ello a ambos extremos de la cadena: el aprendizaje de la manipulación que con toda seguridad seguirá progresando , y el aprendizaje de los ciudadanos-telespectadores. Estos aprenden poco a poco a desbaratar las mentiras, a descifrar las falsa sinceridad de la imagen, y a resistir al "martilleo catódico", que por ahora siguen soportando con excesiva pasividad. Entre ambos aprendizajes ha comenzado una carrera. Y lo que está en juego es la democracia.
Así, como resultado de una extraña paradoja, la televisión, futurista y arcaica a la vez, no ha superado todavía la fase del pensamiento mágico.
Hay que superarla. Pero con pie derecho.
