¡Racismo!

El racismo es el cáncer social de nuestra época. Roe lenta e insidiosamente hasta que invade todo el organismo de una sociedad, llevándola a la violencia y a la muerte.

En los años de la posguerra pudo pensarse que el racismo empezaba a declinar. Su lógica interna había culminado en el incalificable horror de las matanzas en serie. Causaron espanto y aversión en el mundo entero y la doctrina en que se inspiraban cayó en tal descrédito que no podía manifestarse ya más que subrepticia y vergonzantemente.

Además, la lucha contra el nazismo había impuesto también su propia lógica. No se podía combatir el racismo y practicarlo al mismo tiempo, ni aún indirectamente. En los países aliados contra el nazismo se superaron muchas de las barreras discriminatorias, y las relaciones interraciales ganaron en tolerancia.

Pero el cáncer racista no se había extirpado.

La memoria de la humanidad es corta, y el pasado horripilante se desvanece fácilmente del recuerdo, o se olvida deliberadamente. La repugnancia suscitada por los campos de la muerte no basta para acabar con la doctrina de la superioridad de una raza sobre otra. En muchos países, las personas mayores han olvidado esos campos, las jóvenes generaciones apenas conocen su existencia. Además, diez años de racismo imperante y fanático sembraron por el mundo vientos que amenazan tempestades.

Hoy, todo el mundo condena los excesos del racismo, pero subsiste la actitud que los provoca, doblemente peligrosa en nuestra época de despertar de naciones y pueblos que han sido tan frecuentemente sus víctimas. En vez de aceptar como normales y previsibles las vacilaciones y titubeos de las nuevas naciones que hacen el duro aprendizaje de la autonomía, se interpretan a veces en términos racistas como prueba de la inferioridad biológica de sus habitantes. A su vez, el racismo de los blancos ha suscitado entre los pueblos de color, reacciones que se han calificado, con o sin razón, de «contra-racismo».

Muchas organizaciones públicas y privadas, tanto nacionales como internacionales, han comprendido el peligro del racismo latente en nuestra sociedad y se han consagrado a combatirlo. La Unesco, desde sus primeros años, ha luchado con el problema mediante los dos medios de que dispone: la ciencia y la educación. (El Correo de la Unesco ha dedicado ya varios números al racismo.)

El año pasado, y aun el presente, el racismo volvió a ser tema de actualidad. Una epidemia de actividades antisemitas en muchos países y la matanza de negros en Africa del Sur, provocaron protestas en el mundo entero. La reacción fué muy acusada en las Naciones Unidas y se tradujo en una resolución de la Comisión de Derechos Humanos que denunciaba aquellas manifestaciones. El Consejo Ejecutivo de la Unesco, en reunión especial, aprobó una resolución que condenaba en términos categóricos las discriminaciones raciales, el antisemitismo, el odio y la violencia (véase el texto parcial en nuestra portada) e invitaba a la Unesco y a los gobiernos a luchar contra estos males y propagar "la doctrina de la igualdad total y la fraternidad de todos los hombres y mujeres del mundo entero".

Para tratar de eliminar el racismo como fuerza ideológica de nuestro tiempo, hay que averiguar las condiciones en que se desarrolla. Es ya evidente que toda aoción profiláctica es más eficaz si se realiza en las escuelas y en el hogar. Por ello, la Unesco se ha impuesto la tarea de facilitar a los maestros y al público en general, los datos y conclusiones de la ciencia moderna. La antropología, la biología, la psicología, no ofrecen la más leve justificación a los dogmas racistas. Estos se apoyan en supuestos principios «científicos» totalmente superados y desacreditados.

Y nuestro deber es comunicárselo a todo el mundo.

Conozca otros números y artículos sobre el tema del Racismo en El Correo de la UNESCO

Octubre 1960