El Mercado a través del tiempo
Vivir al margen del espacio mercantil se ha tornado casi imposible. Nuestras necesidades se han diversificado hasta tal punto que sólo podemos satisfacerlas recurriendo constantemente a productos, servicios, créditos e informaciones que ofrece el mercado. Y en este último, los intercambios han cobrado una dimensión y una intensidad tales que ahora se desarrollan a escala planetaria. El mercado acompaña hoy día la respiración económica del mundo.
Pero no siempre ha sido así.
Durante milenios, en efecto, el mercado se contentó con desempeñar funciones marginales y ello, en un doble carácter. Por un lado, ponía frente a frente a comunidades diversas, autárquicas, que únicamente intercambiaban productos accesorios, pero no elementos esenciales para el equilibrio interno de cada una de ellas. Por otro, para los individuos que efectuaban esos intercambios las consideraciones económicas tenían una importancia secundaria frente a los imperativos religiosos, consuetudinarios y de linaje que regían sus vidas.
Sin embargo, incluso dentro de esos márgenes, el mercado cumplió un papel de comunicación sumamente importante en la medida en que brindaba a esas comunidades cerradas la única ocasión de abrirse al exterior de manera intermitente, de entrar en contacto unas con otras, de vislumbrar una cierta diversidad humana. A la larga, favoreció la circulación de las ideas, la innovación técnica y la productividad del trabajo.
La época moderna coincide probablemente con el momento en que cambia la condición del mercado. De ser un punto de intercambios secundarios, se transforma en el pulmón de la actividad social, en el espacio regulador de la producción misma. La economía - guiada hasta entonces por finalidades inmateriales, sacralizadas por el grupo - pasa a ser una instancia autosuficiente, que impone poco a poco su ley en todos los aspectos de la vida, que instrumentaliza todo lo que toca, que termina por transformar los valores establecidos - inclusive los de la cultura, la tradición, la moral - en valores susceptibles de ser comprados y vendidos.
Algunos llegaron, entonces, a sacralizar el propio mercado, a considerarlo un poder imparcial, sujeto a leyes impersonales, que, a través de la competencia, favorecería necesariamente a los mejores y sancionaría a los menos capaces. Estudios más acabados hacen pensar que, junto con cumplir un cometido de regulación y de racionalización económicas, el mercado tiende a desarrollar una red de lazos inigualitarios y de correlaciones de fuerzas, al amparo de los cuales la ley del más fuerte prevalece frente al juego de la reciprocidad.
Libertad y desigualdad
De hecho, el mercado se encuentra en la encrucijada de dos principios antinómicos - la libertad y la igualdad - entre los cuales sólo pueden lograrse compromisos imperfectos. Una libertad sin cortapisas entraña un enfrentamiento entre los fuertes y los débiles que, tarde o temprano, conduce a situaciones en que la competencia ya no opera y que, por tanto, se opone al principio mismo de la libertad. Ello acarrea el empobrecimiento y la marginalización de un número creciente de actores económicos. Más allá de cierto umbral, el proceso se traduce en la ruptura del vínculo social e incluso en la imposibilidad de reproducir el intercambio mercantil. Por eso la ley de los mercados debe ser contrapesada, contenida, reglamentada por poderes políticos que se esfuercen por mantener un cierto equilibrio entre libertad sin límites y desigualdad sin freno.
Varios intentos ha habido, en el presente siglo, de establecer semejante equilibrio. Por razones muy diversas, la mayoría de esos intentos han fracasado.
De ahí, el formidable impulso que han cobrado, en estos últimos años, los intentos de liberalización sin tasa ni medida de los mercados, y el debilitamiento de las tesis que abogan por el intervencionismo político. En esas condiciones, la globalización de las corrientes financieras, tecnológicas e informáticas ha creado un mercado sin fronteras, altamente inestable, con evoluciones imprevisibles, con situaciones brutalmente reversibles, donde la competencia beneficia a los grandes grupos transnacionales sin impedir la aparición de nuevas zonas de prosperidad, y donde, en todo caso, no se ve ninguna instancia mundial capaz de controlar los comportamientos económicos ni de dirimir política o jurídicamente los conflictos resultantes.
La mundialización del fenómeno de la corrupción, que drena el dinero del tráfico de drogas y alimenta redes mañosas tentaculares, es una manifestación dramática de este estado de cosas, que tiende a corroer los fundamentos de la democracia a la vez que a socavar los puntos de referencia religiosos, étnicos y nacionales. No es casual, por consiguiente, que asistamos hoy día, frente a esta corrupción generalizada, al auge de dos tendencias contrapuestas: el fortalecimiento de los organismos de control democráticos y el recurso a la dictadura de las identidades cerradas.
Como puede observarse, a través del mercado se plantean algunos de los desafíos decisivos de este fin de siglo. Nos ha parecido importante, al abordar este fenómeno capital, dejar en claro no sólo sus grandes evoluciones sino también, y sobre todo, sus aspectos contradictorios.
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