Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres

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La Tierra como patria

De su diversidad la humanidad puede extraer sus mayores tesoros, siempre y cuando recobre el secreto de su unidad y se replantee el futuro solidariamente, en una Tierra que es su Casa común.

por Edgar Morin

Con el objetivo de instaurar la paz, la Constitución de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura parte este atinado diagnóstico: "puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz."

Hoy día vuelven a plantearse de modo exacerbado, pero sin las ilusiones y el fervor de 1945, los graves problemas que dieron lugar a la creación de la UNESCO, los pro­blemas de la paz y de la guerra, del subdesa­rrollo material, técnico y económico que padecen el Sur y el Este y del subdesarrrollo psíquico, moral e intelectual, que es universal. 

A la hora de hacer un balance de este milenio, hay que remitirse a las tres preguntas que dos siglos atrás formulaba Kant: "¿Qué puedo saber?, ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar?" 

Las angustias de una agonía

Nuestro planeta peligra: la crisis del progreso afecta a toda la humanidad y provoca rupturas por doquier, hace crujir las articulaciones y origina repliegues particularistas; se reavivan las guerras; el mundo pierde la visión global y el sentido del interés común. En todas partes, la fe en la ciencia, en la técnica, en la industria, entra en conflicto con los problemas que éstas suscitan. La ciencia no siempre es capaz de aclarar y elucidar; a veces está ciega frente a su propia aventura, que se sustrae a su con­trol y a su conciencia; al igual que el bíblico árbol "de la ciencia", sus frutos encierran a la vez el bien y el mal. 

Esa enorme máquina que se llama ahora la tecnociencia, no sólo produce conocimientos y elucidación, sino también ignorancia y ceguera. La evolución de cada una de las disdisciplinas científicas no ha dado como único fruto las ventajas de la división del trabajo, sino también los inconvenientes de la superespecialización,la compartimentación y la fragmentación del saber.

Tantos problemas dramáticamente relacio­nados entre sí inducen a pensar que la situación del mundo no es una mera crisis, sino ese estado violento -en el que se enfrentan las fuerzas de la muerte y de la vida- que se conoce con el nombre de agonía. Aunque soli­darios, seguimos siendo enemigos unos de otros, y el desencadenamiento de los odios por motivos raciales, religiosos o ideológicos sigue provocando guerras, matanzas, torturas y menosprecio. La humanidad no logra dar a luz a la Humanidad. No sabemos aun si es la agonía de un mundo viejo, anunciadora de otro nacimiento, o si es una agonía mortal. 

Ya habíamos perdido los principios que nos enraizaban en el pasado; ahora hemos perdido las certezas que nos guiaban hacia el futuro. Ninguna ley de la historia garantiza automáticamente el progreso. 

Estamos viviendo a la vez la crisis del pasado y la crisis del futuro, la del devenir de nuestra era planetaria, que se caracteriza, entre otras cosas, por los problemas cada vez más graves que plantean la urbanización del mundo,los desórdenes económicos y demográficos, las regresiones y los estancamientos democrá­ticos, la marcha acelerada y descontrolada de la tecnociencia. Al riesgo de llegar a una civiliza­ción homogeneizada que destruya la diversidad cultural se suma el riesgo opuesto, una "balca­nización" de los pueblos que haga imposible una civilización humana común. 

Bien se puede decir que la situación de nuestra Tierra corresponde a la etimología de la palabra planeta: "astro errante". Estamos viviendo la gran aventura hacia lo desconocido.

Nacionalidad terrestre

La propia Tierra ha perdido el que fue su uni­verso; el Sol ha pasado a ser un astro minús­culo entre miles de millones de otros en un universo en expansión: el planeta es un punto en el cosmos; su superficie es un insignifi­cante brote de vida tibia en un espacio helado en que los astros se consumen con una vio­lencia inimaginable y los agujeros negros se autodevoran. Mientras no se disponga de más información, sólo en este diminuto planeta hay vida y pensamiento. Es la casa común de todos los seres humanos. Se trata ahora de reconocer nuestro vínculo consustancial con ella y desechar el sueño prometeico de dominar el universo para asumir la aspiración a una buena convivencia en la Tierra. 

No tenemos tampoco que oponer lo uni­versal a las patrias (familiares, regionales, nacio­nales), sino unirlas concéntricamente e inte­grarlas en el universo concreto de la patria Tierra. Tampoco hay que oponer un futuro radiante a un pasado de vasallaje y superstición. Todas las culturas tienen sus virtudes, sus experiencias, su sabiduría, y todas sufren de carencias y de ignorancias. En su pasado es donde un grupo humano encuentra energía para afrontar su presente y preparar su futuro. 

Todos los seres humanos son hijos de la vida y de la Tierra. Hay que rechazar, pues, el cosmopolitismo sin raíces, que es abstracto, y abogar por un cosmopolitismo de la Tierra, por la ciudadanía de nuestro pequeño planeta singular. Todos los nuevos arraigos étnicos o nacionales son legítimos, siempre y cuando vayan acompañados de un arraigo, más pro­fundo, en la identidad humana terrestre. 

Lo que caracteriza a lo humano es la unitas multiplex: es la unidad genética, cerebral, inte­lectual y afectiva de nuestra especie, que expresa sus innumerables potencialidades a través de la diversidad de las culturas. La diver­sidad humana es el tesoro de la unidad humana, y ésta es a su vez el tesoro de su diversidad. 

Del mismo modo que se impone una comunicación viviente entre pasado, presente y futuro, hay que establecer una comunica­ción viviente y permanente entre las singulari­dades culturales, étnicas y nacionales, y el uni­verso concreto de una patria Tierra para todos. 

Civilizar la Tierra

Hay un imperativo absoluto: civilizar la Tierra, lo que no sólo significa confederar a la huma­nidad en el respeto de las culturas y las patrias, sino también democratizar y solidarizar. 

Democratizar: la democracia presupone y nutre la diversidad de intereses y grupos sociales y la diversidad de ideas. Ello significa que no debe limitarse a imponer la voluntad de la mayoría, sino reconocer también el derecho a existir y expresarse de las minorías y de los descontentos. Necesita consenso en cuanto al respeto de las instituciones y reglas democráticas, y requiere al mismo tiempo conflictos de ideas y opiniones que le pro­porcionen vitalidad y productividad. Pero la vitalidad y la productividad de los conflictos sólo pueden darse en el acatamiento de la regla democrática, que regula los antago­nismos sustituyendo las batallas físicas por batallas de ideas y, mediante debates y elec­ciones, determina quién es el vencedor tran­sitorio de las ideas en liza. 

Solidarizar: sólo si progresa en solidaridad puede una sociedad progresar en complejidad. La complejidad creciente conlleva en efecto un aumento de las libertades, de las posibili­dades de iniciativa, de las posibilidades de desorden, tanto fecundas como destructoras. El extremo desorden deja de ser fecundo y pasa a ser principalmente destructor, y la extrema complejidad se degrada en desintegra­ción, con la desmembración de los compo­nentes de un todo. La reinstauración de la coacción puede mantener, evidentemente, la cohesión del todo, pero en detrimento de la complejidad. La única solución integradora favorable a la complejidad es el desarrollo de la auténtica solidaridad, no impuesta, sino sentida y vivida interiormente como fraternidad. Esto, que es válido para una patria en particular, debe aplicarse ahora a la patria terrestre común.

Surge aquí el problema de la reforma del pensamiento y el del replanteamiento de la educación. No puede haber conciencia de todos estos problemas si no hay un pensa­miento capaz de ligar las nociones desunidas y los saberes compartimentados. Los nuevos conocimientos gracias a los que descubrimos el lugar que ocupa la Tierra-patria en el cosmos, carecen de sentido mientras permanezcan ais­lados. La Tierra no es la suma de elementos dis­tintos (planeta físico + biosfera + humanidad), sino una compleja totalidad físico-biológico­antropológica en que la vida es una emergencia de la historia del planeta y el hombre una emer­gencia de la historia de la vida.

El tipo de pensamiento fragmentario, que desmenuza todo lo que es global, ignora por su propia naturaleza el complejo antropológico y el contexto planetario. Ahora bien, no basta blandir el estandarte de la globalidad, hay que asociar sus elementos en una articulación orga­nizadora compleja, hay que contextualizar la propia globalidad. Se impone una reforma del pensamiento que engendre un pensamiento del contexto y de la complejidad.

El pensamiento del contexto: la política, la economía, la demografía, la ecología y la salvaguardia de la diversidad biológica y de la diversidad cultural deben concebirse en tér­minos planetarios. Pero inscribir en un marco planetario todas las cosas y todos los hechos no es suficiente; hay que buscar siempre la relación de inseparabilidad y de interretroac­ción entre todo fenómeno y su contexto, y de todo contexto con el contexto planetario. 

El pensamiento de la complejidad: hace falta un pensamiento que una lo que está desunido y compartimentado, que respete la diversidad y reconozca al mismo tiempo la unidad, que trate de descubrir las interdependencias. Un pensa­miento multidimensional y organizador que conciba la relación recíproca todo/partes y que, en vez de aislar el objeto estudiado, lo considere en y por su relación autoecoorganizadora con su entorno. Un pensamiento que reconozca su carácter incompleto y negocie con la incerti­dumbre, sobre todo en la acción, pues sólo hay acción en lo incierto. 

Por una reciprocidad global

A lo largo de la historia se ha visto muchas veces que lo posible se torna imposible, pero también se ha visto que lo inesperado se rea­liza y que sucede lo improbable en vez de lo probable. 

Hoy día sabemos que las posibilidades cerebrales del ser humano permanecen en buena parte sin explotar. Como las posibili­dades sociales guardan relación con las cere­brales, nadie puede asegurar que nuestras sociedades hayan agotado sus probabilidades de mejorar y de transformarse y que· hayamos llegado al final de la Historia. 

La posibilidad antropológica y sociológica de progreso restaura el principio de espe­ranza, pero sin certeza "científica" ni pro­mesa "histórica". Es una posibilidad incierta, que depende mucho de la toma de con­ciencia, de la voluntad, de la valentía y de la suerte. De modo que tomar conciencia es algo urgente y primordial. 

Estamos comprometidos a escala plane­taria en la obra esencial de la vida, que es resistir a la muerte. Civilizar y solidarizar la Tierra, transformar al género humano en humanidad pasa a ser el objetivo fundamental de todo proyecto que aspire, no sólo al pro­greso, sino a la supervivencia de la huma­nidad. La conciencia de que todos somos mortales debe llevarnos a una solidaridad y una conmiseración recíprocas, de cada cual con cada cual y de todos con todos.

Lea también: Edgar Morin en El Correo de la UNESCO

Edgar Morin

Sociólogo francés, Edgar Morin es director de investigaciones emérito del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia (CNRS). Entre sus publicaciones recientes cabe mencionar Autocritique (1994) y, en colaboración con Brigitte Kern, Terre-patrie (1993).