La Paz: una idea nueva
El 16 de noviembre de 1945, 41 Estados firman la Constitución de la Unesco. Esta entrará en vigor un año más tarde, el 4 de noviembre de 1946, al ser aceptada oficialmente por los primeros veinte signatarios.
La misión de la nueva organización puede resumirse en una fórmula lapidaria: dar a la paz un contenido preventivo, constructivo. Hacer que la guerra sea inútil. Y, para eso, instalar la paz en las mentes y en los corazones, en los proyectos personales y colectivos, en los gestos de la vida diaria como en los acuerdos internacionales.
Kant fue el primero en formular la noción moderna de paz. Desde entonces, ésta ha obsesionado a filósofos y diplomáticos. Pero hasta el término de la Segunda Guerra Mundial tropezó con la preeminencia casi absoluta de los egoísmos nacionales. Fue necesario que se tomara conciencia con horror de los monstruosos extravíos que esos egoísmos habían traído consigo para que, en 1945, las democracias victoriosas proclamaran el principio de una solidaridad intelectual y moral a escala de toda la humanidad.
En este sentido, la Constitución de la Unesco representa una innovación. Insiste en el hecho de que una "paz fundada exclusivamente en acuerdos políticos y económicos entre gobiernos no podría obtener el apoyo unánime, sincero y perdurable de los pueblos". La paz que se persigue ha de ser más ambiciosa; los Estados han de "desarrollar e intensificar las relaciones entre sus pueblos".
Pero la agenda de la paz va a retrasarse aun medio siglo: 1945-1989, el tiempo necesario para poner término al enfrentamiento Este-Oeste entre comunismo y liberalismo como el tiempo requerido para que todos los pueblos colonizados hasta entonces accedan a la soberanía política y se incorporen a la comunidad internacional.
El panorama mundial se ha transformado. Con la integración desigual de las economías y las corrientes financieras en un solo mercado, la unificación agresiva de las normas tecnológicas y de las nuevas redes de comunicación, se han producido fenómenos contradictorios y explosivos: uniformización de ciertos comportamientos culturales y exacerbación de los reflejos tribales, étnicos, confesionales; consolidación de los ideales democráticos y recrudecimiento de las tendencias despóticas.
En este clima de inestabilidad generalizada, en que los países grandes y pequeños sienten la tentación de replegarse en sí mismos, la paz aparece como un combate con ribetes menos claros y objetivos más difusos. Nuevos peligros, nuevas esperanzas también.
Por primera vez en la historia, la amenaza de guerra ha cedido (el peligro de una conflagración nuclear planetaria se ha atenuado), pero se ha diseminado al desmultiplicarse (conflictos dentro de una región, un país, una ciudad, un barrio). Los poderosos tienden a intervenir cada vez menos fuera de su coto privado que puede alentar el aventurerismo de tiranuelos locales, pero también liberar la expresión de pueblos ahora sin tutores, favorecer las experiencias democráticas, la invención de mil y una nuevas expresiones de paz.
En un contexto tan abierto, la iniciativa de dirigentes inspirados y valerosos puede poner término a antiguas maldiciones. Ahora la imaginación y el civismo de cada ciudadano cuentan mucho más que antes. Porque ya no hay fatalidades, la guerra deja de serlo.
Todas las perspectivas han cambiado. Y otro tanto ha ocurrido con los temores y las promesas. La aventura de la paz puede emprenderse nuevamente.
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