Novelista y poeta nacido en Marruecos, Tahar Ben Jelloun escribe en francés. Entre sus obras traducidas al español cabe mencionar La noche sagrada (1988), Día de silencio en Tánger (1990), Con los ojos bajos (1992).
Nelson Mandela ha marcado el presente siglo con su impronta. Es más, le ha dado un sentido. Humano, pero nunca demasiado, obsesionado por el respeto del derecho y de la justicia, ha logrado ser a la vez un individuo singular y único y el símbolo de un pueblo que se reconoció en él antes de elegirlo por la vía democrática de las urnas.
por Tahar Ben Jelloun
Es necesaria una buena dosis de humildad para hablar de un ser que ha convertido su vida en un largo camino hacia la dignidad. En primer lugar, la de su pueblo, condenado a vivir sometido a uno los sistemas más bárbaros de nuestro tiempo, el apartheid. Y luego, la de su propio ser, cuya razón de existir es el combate apasionado y cotidiano por la libertad. Todo en él revela el amor a la tierra y a la justicia. Es un árbol tan viejo como el mar, un bosque tan espeso y poderoso como la necesidad de eternidad. Por sus venas corre una sangre que no es negra, ni blanca, sino roja, para recordar que las razas no existen, que son un invento de los racistas.
Nelson Mandela ha marcado el presente siglo con su impronta. Es más, le ha dado un sentido. Humano, pero nunca demasiado, obsesionado por el respeto del derecho y de la justicia, ha logrado ser a la vez un individuo singular y único y el símbolo de un pueblo que se reconoció en él antes de elegirlo por la vía democrática de las urnas. En la tierra africana, y más allá, la memoria de los que sufren y de aquellos en cuya voz resuena el eco de una herida que no cicatriza, la de los olvidados en la fosa común de las masacres ordinarias o asfixiados en una bolsa de yute arrojada desde un tren, Nelson Mandela es el ejemplo de una voluntad que ante nada se doblega, de una pasión que nada desanima.
La cárcel, la humillación, la mezquindad y las intrigas no lograron quebrantar la certeza que lo animaba: sólo la lucha puede conducir a la libertad. Pero no a cualquier forma de libertad, no hacia esas libertades ilusorias, hechas para aparentar, para cautivar como un engañoso artificio. La libertad es para él un valor no negociable, inseparable de la dignidad y que implica una pesada responsabilidad. Significa para el pueblo africano "la plena realización en su tierra".
Esta inquebrantable convicción lo llevó a plantear, en una reunión en junio de 1961, tras el fracaso a medias de la huelga a domicilio, la cuestión de la lucha armada. Se sentía entonces como un hombre en medio de la selva acosado por un animal feroz. Se valió de esa imagen para convencer a sus amigos: "No se puede detener sin armas el ataque de una fiera."
Reconocía en esa época que una política destinada a crear un Estado no racial sin recurrir a la violencia había fracasado, que sus compañeros empezaban a perder confianza y se dejaban dominar por inquietantes ideas terroristas. Ese hombre, al que se ha comparado con Ghandi, aceptaba una realidad palmaria; se resignaba a hacer caso omiso de ese principio de no violencia que él prefería, pero que resultaba inadecuado en el contexto de un Estado basado en una segregación racial absoluta y en una gran brutalidad.
Y, sin embargo, no deseaba la extensión de la violencia. Sabía que con la guerra civil "sería más difícil que nunca lograr algún día la paz entre las razas (...) ¿Cuánto tiempo será necesario para borrar las cicatrices de una guerra civil entre razas, que causará forzosamente innumerables víctimas en ambos bandos?"
Desde la época en que admitía la necesidad de una resistencia armada, Mandela pensaba ya en el futuro; en las reconciliaciones indispensables, en el rostro posible de la democracia africana. Optaba sin ambages por el sistema parlamentario occidental: "Considero que el Parlamento británico es la institución más democrática del mundo, y la independencia y la imparcialidad de su sistema judicial despiertan mi admiración." Y permanecerá inflexible frente a quienes piensan que ese sistema no puede adaptarse al contexto africano, a los que prefieren el partido único y el régimen totalitario, so pretexto de que es lo que hace falta a los africanos, y frente a los que rechazan los valores de la libertad y del derecho para imponer la forma de apartheid que más les convenga. Desde su liberación declara a un periodista: "Sí, en mi tierra, en mi país, quiero un Westminster."
Mandela nunca antepuso las exigencias del combate colectivo al imperativo del respeto del derecho de los individuos. El individuo es una entidad singular, viva en Londres, en París, en El Cairo o en Soweto. Para existir necesita libertad. Enunciarlo es quizás un lugar común, pero algo tan obvio no parece ser del gusto de todos. Ayer la gente salía a la calle reclamando pan. Hoy protesta y arriesga su vida por ciertos principios. El individuo es un valor que comienza a emerger en numerosos países donde hasta ahora se ha dado prioridad al clan y la tribu, donde, en nombre de la comunidad, se escarnecen y violan los derechos humanos. La emergencia del individuo anuncia el comienzo de la realización del pueblo, que procurará dotarse de estructuras políticas válidas sin figuras providenciales, sin esos "padres de la patria", rápidamentt; corrompidos por la embriaguez del poder absoluto y la manía de confundir el erario nacional con su propio bolsillo.
Nelson Mandela comprendió muy pronto que el mejor remedio contra los parásitos políticos, tan dispuestos a despojar al pueblo del fruto de su combate, es un sistema democrático general y universal. Lo que es válido para los blancos lo es también naturalmente para los negros. Algo que cae de su peso, y sin embargo fueron necesarias décadas de lucha y decenas de miles de muertos antes de que los dirigentes sudafricanos admitieran este principio elemental de equidad. El milagro consiste en haberlo sabido siempre y en no haber dudado jamás, incluso en medio de una lucha sin cuartel y en la soledad de la prisión. El pueblo sudafricano tuvo la fortuna de contar con Nelson Mandela para guiarlo en ese combate y con Frederik De Klerk para intentar el formidable desafío de la reconciliación en pie de igualdad.
La inmensa tarea que queda por realizar no desmerece en nada la magnitud de la labor cumplida por ambos. El paso decisivo se dio con el final del apartheid y la llegada al poder de este ex preso político, que supo señalar a sus carceleros el camino hacia la libertad. Mandela La inmensa tarea que queda por realizar no desmerece en nada la magnitud de la labor cumplida por ambos. El paso decisivo se dio con el final del apartheid y la llegada al poder de este ex preso político, que supo señalar a sus carceleros el camino hacia la libertad. Mandela escribe al concluir su autobiografía: "Durante esos largos años solitarios el anhelo de libertad para mi pueblo se convirtió en anhelo de libertad para todos, blancos y negros. Un hombre que priva a otro de libertad es prisionero de su odio, está encerrado tras los barrotes de los prejuicios y de la intransigencia (...). Tanto el oprimido como el opresor han sido privados de su humanidad." Prodigioso vuelco gracias al cual desde la oscuridad del calabozo decide liberar con él a quien lo ha encarcelado.
Nelson Mandela es una figura histórica que nos intimida. Está tan profundamente identificado con su pueblo que todo lo que le atañe, victorias, honores, satisfacciones, retorna a su pueblo como a su destinatario natural, a esos rostros que se quiso esclavizar, a esas manos que se intentó atar con los grilletes del infortunio, a esos cuerpos anónimos que corren por las calles de los barrios pobres en busca de trabajo y dignidad. Rara vez un hombre de Estado ha sido, como él, un hombre de su pueblo, es decir su emanación y su símbolo. Por ello, Nelson Mandela es uno de los gigantes de este siglo. Probablemente esta imagen no sería de su gusto, pero tiene la ventaja de no ser exagerada.