Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres

Las Peregrinaciones

Desde tiempos remotos las peregrinaciones están de actualidad. En efecto, parecen constituir, en la mayoría de las religiones, momentos cumbres de movilización espiritual y también política.

En torno a un lugar cargado de símbolos fundamentales, las peregrinaciones conducen la imaginación colectiva hacia él instante de los orígenes, aquél en que todo comenzó y en que debe, indefinidamente, volver a empezar. Tienen una doble virtud: la de exaltar la fe personal del creyente junto con fortalecer sus vínculos de pertenencia a una comunidad.

Entonces, por su propia vocación, los centros de peregrinación deberían quedar al margen de las ambiciones y de las rivalidades temporales. Sin embargo, es bien sabido que no siempre es así. Porque confieren a quienes los controlan un prestigio e incluso una legitimidad excepcionales, se han convertido a veces en atributos del poder. Y, como consecuencia, en campos de batalla.

A ello se debe que, a lo largo de la historia, multitudes de hombres de todas las edades y condiciones sociales, movidos por un fervor auténticamente religioso, hayan ido a la guerra contra otros hombres para disputarles una ciudad o una montaña, una cueva o un valle ambas partes consideraban, no obstante, una morada de lo sagrado.

¿Cómo esos hombres, que soportan las pruebas físicas y morales de una ascesis vivida, por muchos de ellos, como una experiencia mística, llegan a matarse por la posesión de un lugar que, por todo lo que encarna, deberían más bien compartir y venerar en común?

Este interrogante, que ha inquietado a tantos en el pasado, cobra una nueva dimensión en una época paradójica en la que cada cual ve ampliarse sus horizontes a escala mundial, pero aumentar en la misma medida su soledad y su inseguridad; en que las posibilidades de encontrarse, de expresarse, de entenderse, de un extremo a otro del planeta, se ven tan a menudo contrarrestadas por la tentación de ignorarse, de negarse, e incluso de aniquilarse mutuamente. Los grandes centros de peregrinación, donde se entrelazan, desde tiempos inmemoriales, los itinerarios simbólicos de diferentes comunidades religiosas, no pueden seguir siendo terreno de conflicto entre ellas. Deben ofrecer a los creyentes de todas las confesiones la ocasión de reconciliarse, al encontrar a través de sus distintos símbolos religiosos el significado de su apego común a un mismo espacio sagrado. Y ofrecer así al resto del mundo nuevas razones de creer en la unidad del género humano.

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Mayo de 1995