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¿Puede reescribirse la historia del comunismo?

Pocos meses antes de la caída del muro de Berlín, un libro publicado en Estados Unidos nos anunciaba pruebas al canto el "final" de la Historia. El ensayo de Francis Fukuyama circuló por el mundo, a lo menos por un cierto mundo. El comunismo se había derrumbado y no quedaba más que la democracia como "forma final de todo gobierno humano". Y la Historia, entendida como "proceso simple y coherente de evolución", había escrito al parecer la palabra "fin".

Finales de la historia proclamados con júbilo, ansiedad o resignación no han faltado en la larga evolución del mundo. Pero, para mí, 1989 debería por el contrario ser colocado bajo el signo de la imprevisibilidad: imprevisibilidad del acontecimiento mismo y luego, poco a poco, imprevisibilidad del futuro sobre el que se vuelca e incluso del pasado que acaba de cerrar. El pasado reciente en primer lugar, pero también el más lejano se ven afectados, al ser devueltos a la opacidad y, en cierto modo, a la imprevisibilidad. Este es el punto que interesa al historiador.

Que hay que reescribir la historia en los ex países del Este (el empleo de esta expresión es ya una muestra de incertidumbre, como si sólo fuera posible designarlos negativamente por lo que ya no son, sin poder nombrar aun lo que son) es algo evidente. Que la tarea es difícil y no puede limitarse a corregir, suprimiendo lo falso para reemplazarlo por lo verdadero, también salta a la vista. Sin olvidar los riesgos de que "nuevas" falsificaciones sustituyan a las "antiguas", en el entendido de que las "nuevas" pueden ser sólo la reactivación de falsificaciones o mitos historiográficos pasados. Los antecedentes reunidos aquí dan, en la diversidad de sus enfoques, una clara visión de la importancia de la tarea y de lo que está en juego.

Pero nada sería peor que estimar que esa reescritura, indispensable, sólo concierne al "Este" y es de su exclusiva incumbencia. Los cambios al Este afectan y afectarán al Oeste: estamos embarcados en el mismo bote. Ya lo estábamos, por lo demás, con anterioridad. Pese al antagonismo que oponía a ambos campos, algunos de los supuestos de que partíamos eran similares. Teníamos la misma relación con el tiempo, la misma concepción de la historia, basada en la idea de progreso indefinido. Volcado hacia un porvenir radiante, el socialismo científico durante mucho tiempo se había presentado a sí mismo como la punta de lanza de la modernidad. Pese a que nos separaban diferencias políticas muy concretas, unos y otros formábamos parte de lo que yo llamaría, a grandes rasgos, un mismo régimen de historicidad. Ese régimen, instalado aproximadamente en 1789, terminó de derrumbarse ante nuestros ojos en 1989, y por eso la reescritura de la historia, por una razón de fondo, concierne también al Oeste. Reescritura o, quizás debiera decir, escritura: ¿pero qué historia escribir hoy día? ¿Qué pasado, para qué presente?

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Mayo de 1994