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Darwin

Se celebra este año el centenario de la muerte de Charles Darwin, cuya teoría de la evolución por selección natural fue sin duda alguna el descubrimiento científico más importante del siglo XIX. Con este número de El Correo de la Unesco a él enteramente dedicado queremos rendir homenaje al gran hombre de ciencia que con su obra echó los cimientos de la moderna biología. No vamos a ocuparnos, en cambio, de las repercusiones que en el terreno moraly religioso tuvo esta teoría que un filósofo moderno ha calificado de "programa de investigación metafísica".

A diferencia de la teoría creacionista tradicional, según la cual todas las formas de vida existen virtualmente inmutables desde que fueron creadas en el principio de los tiempos biológicos, la teoría darwiniana de la evolución venía a afirmar que todas las especies existentes, incluido el hombre, han evolucionado durante miles de millones de años a partir de una forma primitiva única de vida.

De todos modos, cuando en 1859 se publicó El origen de las especies, la teoría evolucionista tenía ya una larga historia; el mismo Darwin, en la Noticia histórica que puso como prefacio a ediciones posteriores de El origen de las especies, enumeraba más de treinta precursores. Cabe pues preguntarse por qué, entre todos, le ha tocado a Darwin el honor de simbolizar la gran transformación que en las ciencias biológicas supuso la idea de evolución.

La respuesta es que, mientras las primeras teorías evolucionistas tenían un simple carácter especulativo, la gran obra de Darwin presentaba una aplastante masa de pruebas en apoyo de la idea de que la selección natural era el motor de esa evolución. Al tener conocimiento de esas pruebas, Thomas Huxley, que iba a convertirse en el más talentoso defensor de Darwin, observaba con admiración: "¡Qué estupidez no haber pensado en eso!"

En todo caso, la publicación de El origen de las especies desencadenó una revolución no sólo en las ciencias biológicas sino también en las concepciones filosóficas, morales y religiosas del hombre occidental. Aunque Darwin declaraba en su obra que "no veía razón válida para que las opiniones expuestas en este volumen ofendan los sentimientos religiosos de nadie", su mensaje amenazaba el edificio entero del pensamiento cristiano racional representado por la Teología Natural, desde el momento en que ésta negaba la noción de progreso y finalidad inherentes a la evolución e introducía el fantasma del azar.

Samuel Wilberforce, obispo de Oxford, denunciaba "la idea degradante del origen animal de quien fue creado a imagen y semejanza de Dios". Menos radical, pero muy representativo de la actitud general de rechazo frente a este ataque contra la buena educación y el conformismo de la sociedad Victoriano, fue el comentario de la esposa del obispo de Worcester: "¡Descender de los monos! Dios mío, esperemos que no sea verdad, pero, si lo fuera, recemos por que al menos no se sepa".

La comparación con la revolución copernicana es inevitable. Digámoslo con palabras de Sigmund Freud: "En el curso de las épocas la ciencia ha infligido dos grandes afrentas al ingenuo amor propio de la humanidad. La primera fue cuando se comprendió que nuestra tierra no era el centro del universo sino sólo un punto en un sistema universal de una magnitud difícilmente imaginable... La segunda fue cuando la ciencia biológica le sustrajo al hombre el privilegio privativo de hber sido objeto de una creación especial y le relegó a la categoría de descendiente del mundo animal".

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Mayo de 1982