La eterna víctima de la guerra: el niño
Los niños, como es lógico, nunca pueden ganar una guerra, y, en realidad, todas las guerras son contra ellos. La mera existencia de un tanque o de un cañón significa menos azadones, guadañas o tractores, y, en definitiva, menos alimento para la infancia. Aun antes de que haya sonado el primer tiro sobre el campo de batalla, la aritmética de la guerra ha privado y a los niños de la atención que se les debe y, lo que es más grave, de quienes tienen el deber de atender a su subsistencia; ha movilizado a sus padres, a los productores del pan que comen, del combustible con que se calientan y de la teja bajo que se guarecen. Cuando la contienda ha terminado, no son los muertos los que cuentan sus muertos, son los niños los que establecen sus pérdidas y, finalmente, pagan por ellas, pagan por todas las guerras del mundo. Asi, mientras toda la hymanidad no se sienta asqueada definitivamente de la guerra, mientras sobreviva la menor posibilidad de que pueda reproducirse, no ha de cejarse en impedirle el camino por todos los medios.
