La lucha por el pasado, un país de asilo para el patrimonio afgano
“La herencia cultural de estos países ha sufrido considerables destrucciones y saqueos en momentos de guerra e inestabilidad. Aparentemente, paz y estabilidad son factores fundamentales para preservar y proteger el patrimonio.” Kassaye Begashaw, Director del Centro de Investigación y Conservación de la Herencia Cultural, Etiopía
Michael Barry
Investigador en el Instituto de Estudios Iraníes de la Sorbone, asesor de la UNESCO para el patrimonio afgano.
El 26 de febrero de 2001, el mulá Omar, emir autoproclamado de los talibán, decretó la destrucción de todos los monumentos y obras de arte figurativas en territorio afgano. Esta decisión sin precedentes suscitó una reacción internacional unánime. ¿Por qué una movilización semejante? Y, ¿ por qué no sirvió para nada? A mi juicio, si el régimen talibán contribuyera al bienestar de la población en otros terrenos, su ira iconoclasta no habría provocado tanta oposición.
Es seguro que el vandalismo cultural habría movilizado las conciencias, pero, en este caso concreto, la destrucción del patrimonio se suma a todas las vejaciones impuestas a los afganos, y por eso exacerba la indignación universal.
Desde que el régimen se instaló en Kabul en 1996, ha manifestado un desprecio sin límites hacia toda la población.En primer lugar la minoría shií, luego las mujeres, forzadas a usar el chador con rejilla, las niñas, a las que se prohibió asistir a la escuela a partir de los ocho años, y los campesinos, afectados por la sequía y obligados a partir por millares al exilio, mientras los campos del sur y del este del país se dedicaban al cultivo del opio. Los atentados contra el patrimonio se diferencian de los demás atropellos en un solo punto: esta vez el mensaje va dirigido ante todo a la comunidad internacional.
Destrucción Ideologica
Y esta vez el mensaje fue escuchado. En 1989, pocas semanas después de la retirada de las tropas soviéticas, un grupo de guerrilleros del Hezb-i-Islam i saqueó el monasterio budista de Hadda y sus obras de calidad excepcional, en el este de Afganistán, sin provocar la menor reacción. Esos mismos combatientes que después se sumaron a los talibán, sentaron las bases de la destrucción motivada por la ideología.
El decreto del mulá Omar oficializa esta lógica. Expresa mucho más que un desprecio de principio por la cultura de las demás comunidades y en parti- cular la budista: la rechaza categóricamente, hasta el punto de decidir erradicarla, porque no puede dejar de atribuir a esas estatuas un valor mágico, maldito y temido.
La representación de Buda quedó fijada por primera vez en el actual territorio de Afganistán . Y, desde que los artistas de la civilización de Gandhara, entre los siglos I y V de nuestra era, dieron a Buda el rostro de Apolo inspirándose en la estatuaria helenística, Japón, Sri Lanka, China, Birmania, Corea o Tailandia consideran a Afganistán como la Atenas del budismo. Herat, en la parte occidental de Afganistán, fue más tarde, en el siglo XV, la Florencia de la pintura musulmana. Pues, aunque en la querella que había opuesto algunos siglos antes a partidarios y adversarios del derecho a representar lo divino, el califato de Damasco había impuesto la prohibición de representar a Dios, en cambio había autorizado la del príncipe y su poder.
Herederas de esta tradición, las miniaturas y estampas iluminadas de la corte de Herat fijaron los cánones de este género, reproducidos hasta el siglo XVIII desde Estambul a Agra.La mayoría de esas obras maestras fueron transportadas a Persia, tras la anexión del reino en 1510, y otras acompañaron a los príncipes tamuríes de Kabul, primos de los de Herat, cuando conquistaron la India e instalaron allí a la dinastía mogola. Las últimas estampas iluminadas figurativas conservadas en una biblioteca al norte de Kabul fueron quemadas después de 1996... a veces, trasladar el patrimonio fuera de su marco original tiene efectos positivos.
Una Nación Moderna
Por último, en el siglo XX todos los Estados de cultura musulmana sin excepción, así como todos los demás Estados, adoptaron el principio de que la conservación y la valorización del patrimonio arqueológico son esenciales para la edificación de una nación moderna y representan uno de los cimientos de la identidad cultural. Rompían, como habían hecho las potencias europeas tras el descubrimiento de Pompeya en el siglo XVIII, con el terror sagrado que ins- piraban hasta entonces las obras de tradición religiosa extranjera. En lo sucesivo, debía preservarse el pasado arqueológico como base del conocimiento, al margen de la carga religiosa que pudiera inicialmente tener.
Desde 1919, el Afganistán independiente invitó a los arqueólogos –primero franceses, luego italianos, rusos, japoneses y estadounidenses, más adelante británicos e indios– a realizar excavaciones en su territorio y a formar arqueólogos afganos a cambio de acuerdos sobre el reparto de los hallazgos. Pero en 1979 la guerra puso término a estos intercambios. Sin embargo, fue después de la retirada de los soviéticos cuando los desmanes adquirieron dimensiones inquietantes, de las que yo mismo puedo dar testimonio.
En el otoño de 1994, entré en el museo al mismo tiempo que las tropas del comandante Massud. Hacía dos años que el barrio estaba en manos de una facción independiente de todo poder central. El edificio recibió impactos de obuses y las colecciones fueron saqueadas por pura codicia. Massud aceptó acordonar los sitios con fuerzas militares y dio garantías de que serían protegidos. En 24 horas, Carla Grissmann, miembro de la SPACH (Sociedad Protectora del Patrimonio Cultural Afgano, con sede en Peshawar, Pakistán) empezó a inventariar las colecciones restantes.
Ese mismo año los arqueólogos afganos me expusieron sus temores. Según ellos, el gobierno de Rabbani y Massud no se mantendría mucho tiempo en Kabul. Era muy posible que, cuando entraran en la capital, los islamistas extremistas acabaran con las colecciones. Nayibulá Popal, conservador del museo, propuso una solución de emergencia: crear un depósito provisional en un país lejano. Consulté entonces a los representantes diplomáticos y a las asociaciones de protección del patrimonio afgano, pero desgraciadamente, nadie reaccionó.
El exilio del patrimonio
Desde entonces ha habido diversos proyectos de la misma índole. Paul Bucherer-Dietschi, un coleccionista suizo de manuscritos afganos, afirma que tanto los talibán como Rabbani han tomado contacto con él para que reciba en su museo de Bubendorf (cantón de Basilea) lo que queda del patrimonio afgano. Después de la fatwa del mulá Omar, el Museo Metropolitano de Nueva York propuso a su vez albergar las piezas rescatadas. Si el traslado fuera aún posible, cualquiera que sea el destino fijado, debería llevarse a cabo bajo el control de una autoridad supranacional. La UNESCO sería la más legítima.
En 1937, durante el sitio de Madrid, el gobierno republicano español pidió a Suiza que diera asilo a las colecciones del Museo del Prado. Sólo regresaron al territorio nacional después de la Segunda Guerra Mundial. Las circunstancias en Afganistán son diferentes, pero la gravedad de la crisis es comparable. Por eso la noción de patrimonio nacional debe ceder el paso a la de patrimonio de la humanidad.De no ser así, habrá que aceptar la desaparición del arte afgano preislámico o musulmán.


