El Desarrollo ¿para quién?
¿Y si, para cambiar, apostáramos a la esperanza? En una situación compleja, contradictoria, incluso caótica, en la que se derrumban los sistemas de referencias y los principios de equilibrio presentes en el pasado, en que se multiplican bruscamente los factores de imprevisibilidad, y se mezclan, y a veces se entremezclan, las fuerzas de la regresión y las fuerzas del progreso, es normal que se vacile y se sienta temor.
Pero lo cierto es que el pesimismo no tiene más fundamento que el optimismo. Hay que optar entre uno y otro. Con pleno conocimiento de causa, elegir el optimismo es decidir que lo peor no es inevitable, que la acción sigue siendo posible y que, por ende, nuestra libertad consiste en no escatimar esfuerzos para lograr que prevalezca lo mejor.
Optar por la esperanza y la acción supone una cierta forma de interpretar la realidad, de hacer hincapié con lucidez en las virtualidades de cambio, de reaccionar positivamente ante las señales de peligro, de tomarlas, no como motivos de desesperanza, sino como ocasiones de renovarse, como posibilidades de enmendar rumbos, de transformar los fracasos en éxitos.
Así, tratándose de uno de los temas más candentes de la segunda mitad de este siglo desarrollo ¿que interpretación hemos de dar a la formidable masa de datos de que disponemos?
El trágico aumento de las curvas de desempleo, de la exclusión, de la miseria y de la violencia se inscribe, paradójicamente, en un contexto mundial en el que cada vez se crean más riquezas, inclusive en el Sur. En numerosos países en desarrollo, en efecto, cientos de millones de personas viven más tiempo, con más comodidades, hacen estudios más prolongados, producen objetos más perfeccionados. En el Este del Asia, por último, algunos países están convirtiéndose en competidores directos del Norte industrial.
Las primeras curvas son el reverso de las segundas. Ambas forman parte del mismo proceso de modernización. Lo que más choca es su simultaneidad. Es el foso creciente entre los más pobres ylos más ricos, entre los que disfrutan del proceso ylos que quedan al margen de éste - a nivel internacional como en el seno de las distintas sociedades- el que se vuelve intolerable. Y así, es un cierto desarrollo, generador de crecimiento pero también de desigualdades, el que se empieza aponer en tela de juicio.
¿Cómo no ver que esos reparos, expresados en todas partes al mismo tiempo y en los mismos términos, formulados en nombre de los excluidos a la escala en que verdaderamente se plantean los problemas, es decir a escala planetaria, constituyen una novedad en la historiare la humanidad? Que en sí representan un comienzo. Un gigantesco primer paso hacia el cambio, una toma de conciencia irreversible de la necesidad de imponer, al juego ciego de las fuerzas del mercado, las exigencias humanas de la solidaridad y la equidad.
El desarrollo, en lo sucesivo, deberá ser social. Y para redefinirlo en esos términos se ha convocado en Copenhague, el 6 de marzo, la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social, junto a la cual, en un Foro de las Organizaciones No Gubernamentales, se congregarán en la misma ciudad cientos de organizaciones representativas de la sociedad civil de casi todos los países del mundo. La Unesco ha participado activamente en la preparación de sus trabajos. El Correo de la Unesco tenía el deber de exponer a sus lectores, anticipándose a las deliberaciones de la Cumbre, los puntos de vista que se debaten en la actualidad.

