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¡Peligro! No hagamos de nuestro aire un albañal

Hasta hace poco, la mayoría del público prestaba apenas atención a la calidad del aire que respiramos, aunque la pureza de los alimentos que ingerimos y del agua que bebemos ha sido considerada durante años como elemento de primera importancia para nuestra propia conservación. No obstante, es un hecho que la persona adulta en general necesita diariamente alrededor de un metro cúbico de aire para respirar mientras le bastan en igual período de tiempo, un kilo de alimentos y un poco más de dos litros de agua.

Ha sido menester que se sucedan varios desastres, durante los últimos años, para sacarnos de esta extraña indiferencia y hacernos medir las consecuencias del crecimiento formidable de los centros industriales y del incremento del tránsito de vehículos a motor que arrojan diariamente en el aire que respiramos millones de toneladas de gases, humos, vapores, polvo y otras impurezas.

Se ha calculado que en la Gran Bretaña se producen, cada año, ocho millones de toneladas de impurezas atmosféricas sólo por la combustión' del carbón y sus derivados. Un reciente estudio llevado a cabo en París ha demostrado que 40 a 50% de la contaminación del aire de la ciudad se debe al tránsito de automóviles y otros vehículos a motor, mientras 50% de las impurezas se originan por la calefacción de las casas y otros edificios.

El profesor británico A. R. Meetham, especialista en los estudios de la contaminación del aire, explica el problema en las siguientes palabras: "Desde el comienzo de la revolución industrial, una inflamación menor de los órganos respiratorios se ha convertido en un gran mal social. En las ciudades y distritos industriales, el agua de lluvia pierde su pureza; las cenizas y otros elementos sólidos caen constantemente sobre el suelo; el aire contiene en suspensión innumerables y finas partículas que penetran a los interiores de las casas y se depositan en los muros, cielos rasos, cortinas y muebles; nuestros vestidos se hallan contaminados así como nuestra epidermis y nuestros pulmones; los metales se corroen, los edificios se arruinan y los tejidos se gastan ; la vegetación se vuelve raquítica y se ennegrece; la luz solar se pierde; se multiplican los gérmenes y disminuye nuestra resistencia natural a las enfermedades. De mil maneras, los miasmas de la contaminación atmosférica atacan nuestra vitalidad y nos hacen perder la alegría de la vida."

Hay que preservar la salud del hombre moderno, y para ello es menester una campaña tenaz hasta conseguir un aire puro y sin humo en todo el mundo. Ya en varias ciudades de diferentes países se ha hecho mucho para reducir la contaminación atmosférica. Esos combates parciales se van a transformar en una campaña universal por iniciativa de la Organización Mundial de la Salud. Así como el hombre moderno se cuida de arrojar las basuras en la calle, debe también cesar de manchar el aire con el humo y otras impurezas. Ya es tiempo de que el aire que respiramos no sea utilizado como un albañal, en el cual se arrojan todos los desechos.

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Marzo de 1959