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La Televisión: oportunidad y problema educativo

La televisión para el público data apenas de hace 17 años. En 1950, todas las actividades de televisión que no fueran de carácter experimental tenían importancia únicamente en Francia, Oran Bretaña, Estados Unidos y la Unión Soviética. Apenas dos años después, en la actualidad, la tele­visión constituye una realidad de or­den práctico en 17 países. 

Jamás un número tan grande de per­sonas ha recibido un nuevo medio de comunicación con el entusiasmo que ha merecido éste. Pero en cierto sen­tido, la recepción de que la televisión ha sido objeto difiere de la acordada a otros medios. La experiencia de 25 afios de radio parece haberse combinado con una conciencia de las potencialidades fantásticas de la televisión para provo­car, desde un principio, una serie de preguntas y hasta cierta alarma. "¿Qué efecto puede llegar a ejercer este nue­vo instrumento en nuestras vidas?" se preguntan las gentes."¿Tienen los que la dirigen y orientan conciencia de la responsabilidad que ha caído sobre sus hombros?"

Es significativo que las voces de ad­vertencia, y a veces de alarma, hayan partido de los grupos de maestros y educadores. Uno de ellos dice: "No me gusta que los niños se limiten a mirar. Yo quiero que hagan cosas. Los niños debían estar resolviendo problemas, trabajando con arcilla, haciendo cosas en un banco de carpintero, entregán­dose a experimentos de química, ju­gando con una pelota, tocando el trom­bón o intentando desollar a una ardi­lla. Los niños deben aprender oficios y hacerse diestros en muchas, muchas cosas. El observar lo que hacen otros es una de las mejores maneras de apren­der, pero no si uno se lim1ta a obser­var simplemente. Hay que salir e in-­tentar hacer imo mismo lo que ha vis­to hacer a otros. 

Estos conceptos, expresados en una convención nacional de educadores, provocaron una respuesta tan inmedia­ta como indignada del jefe de anun­ciadores de una estación de televisión."Habiendo actuado durante algún tiempo en este medio, y teniendo en casa una hija de cuatro afios enorme­mente interesada por la televisión, me gustaría enterarlo mejor de esos hábi­tos de los niños que según Vd. no ha­cen más que mirar sin hacer nada y con los cuales ha estado en contacto. Esos niños adquieren, en primer lugar, el hábito de ser ciudadanos morales, que creen que la verdad y el derecho se impondran sobre el mal, la falsedad y el error. Esos niños aprenden a cre­cer rectos de cuerpo y alma, y en mu­chos casos aprenden el significado de la "regla áurea". Lo que yo creo es que las gentes como Vd., que tanto criti­can la televisión, aunque dicen todo el tiempo que no es mala y luego inten­tan demostrar que lo es, hacen mucho mal al país, y especialmente a los ni­ños. Si cierto número de los llamados "intelectuales" de la nación atacan a la televisión y la vituperan, o inten­ta meterse en un terreno que no les pertenece, creo que acabarán poi hacer un daño incalculable a la industria de la televisión en conjunto y, por consi­guiente, por robar al público y a los niños de una forma de distracción que constituye al mismo tiempo una ense­ñanza". 

Pero los miedos y ansiedades de los educadores persisten a pesar de tan encolerizadas palabras. El ex-canciller de la Universidad de Chicago, por ejemplo, int'erpreta el futuro en esta forma: "Bajo el impacto de la televi­sión, me imagino que en Estados Uni­dos ha de llegar un día en que las gen­tes no sepan leer ni escribir, ni lleguen a ser superiores a ciertas formas de la vida vegetal". 

Otro educador piensa que la televi­sión puede resultar "tan peligrosa pa­ra la cultura como la bomba atómica para la civilización". Un senador, por el contrario, ve en la televisión en los Estados Unidos la posibilidad de con­vertirse en "un gran tribunal popular y un verdadero medio de intensificar y ampliar el gobierno por y para el pueblo". 

Hay padres que comparten la inquie­tud de los educadores. "La forma de jugar de Johny no es sana" dice uno. "Con él se trata de ametralladores, ase­sinatos y pandillas el dia entero. Nadie me va a decir que los chicos no sacan esas ideas de la radio, de la televisión y del cine." Para otros padres la tele­visión es un regalo de los dioses. "Nuestro receptor mantiene a los pe­queños alejados de las peleas calleje­ras. Es una especie de acompafiante o de niñera metido dentro de un cajón". Y así sucesivamente. Opiniones contra­dictorias y que a veces hacen contra­decirse a los que las emiten, pero opi­niones de todas maneras. En gran can­tidad y por todas partes.

La preocupación, si no la alarma, de los padres, está justificada por un he­cho del que quizá pocos hayan llegado a darse cuenta. Ese hecho es que la televisión señala el punto más alto de la parábola que ha venido dibujando, al desarrollarse, la comunicación entre las masas, parábola cuya curva ascen­dente ha demostrado ser tan continua como asombrosa. Cada nuevo medio in­ventado para esa comunicación ha ten­dido a abarcar un grupo de adeptos ca­da vez más jóvenes. Los diarios, que son el más viejo de los cuatro gigantes modernos de la comunicación entre las masas, los leen principalmente los adultos. A la prensa siguió el cine, que en los Estados Unidos, por lo menos, es un pasatiempo de adolescentes. La ra­dio vino a absorber luego al niño pre­adolescente. Y al llegar ahora la tele­visión, que los niños pequeños contem­plan con atención extasiada, la comu­nicación entre las masas parece destinada a absorbernos desde la cuna hasta la tumba. 

Un grupo de periodistas pidió cierta vez a John Ruskin que comentara lo que en esa época constituía un triunfo de la tecnología : la instalación de un cable submarino que iba de Inglaterra a la India. Ruskin no hizo comenta­rios de ninguna especie. Sólo se limitó a preguntar: "¿Y qué tienen Vds. que decir a la India?" 

Del mismo modo podemos preguntarnos: ¿Qué tiene la televisión que decir nos a nosotros? A los que la dirigen en Estados Unidos, en Gran Bretaña y en muchas otras partes, les consta que están comprometidos en una empresa portentosa. Y los maestros de Estados Unidos, que tardaron en hacer uso de los recursos de la radio, y que lo hi­cieron con indecisión, no han demora­do esta vez en darse cuenta de la im­portancia que desde el punto de vista cultural tiene este recién llegado entre los medios de comunicación. 

En el sentido en que toda esta ex­periencia enseña algo, puede decirse que todos los programas de televisión tienen algo de educativo. Pero los pro­pósitos de esa educación vatfan, y va­riarán siempre, entre un país y otro. y varían también de acuerdo con el carácter y finalidades de las organi­zaciones e instituciones que maneJan las estaciones de televisión y presentan y dirigen los programas de ésta. Esos programas van de la educación en un sentido muy amplio y disimulada con toda clase de adornos, hasta la ins­trucción formal en que se reproducen las mismas condiciones del salón de clase. 

No puede negarse que, por lo que res­pecta a la televisión de carácter eda­cativo, los hay que se han precipitado por caminos por los que los mismos án­geles vacilarían en poner el pie. La televisión no es simplemente un regalo de los dioses; es más bien una espada de dos filos. No todos los adelantos tecnológicos representan automática­mente un progreso. Si no se los admi­nistra con gran inteligencia y con una conciencia absoluta de lo que represen­tan, pueden resultar, por el contrario, una calamidad. Hasta la fecha todo lo que se ha realizado en el campo de la televisión educativa ha sido principal­mente el resultado de la fe y el entu­siasmo de los que se han dedicado a ella. Pero para que haya nuevos y efi­caces adelantos es necesario proceder con prudencia, pensando bien en lo que se hace, realizando experimentos más exactos y extensos que los efectuado hasta la fecha y, por sobre todo, preo­cupándose de las normas que han de regir esta forma de enseñanza. 

La televisión se está desarrollando con gran rapidez por todas partes. Pe­ro la expansión de que ha sido objeto hasta la fecha es nada comparada con la que puede llegar a tener en los próximos 10 años. Esto hace más im­portante todavía que se haga el inven­tario de la situación actual y, con ella, del pasado inmediato, rico en pruebas de toda índole, en ejemplos de experi­mentación inteligente, y en claves para el futuro desarrollo de este, el más re­ciente de los medios de comunicación entre las masas. 

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Marzo de 1953