Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres

La Corrupción

Se trata de una de las primeras escenas de una película cómica que hace algunos años obtuvo gran éxito. Mientras recorren las calles de París, un inspector de policía veterano - y corrupto - explica a un joven novato - y aún incorrupto - su filosofía de la vida. Esta consiste en servirse de su poder de intimidación para extorsionar a los comerciantes del barrio. Su subordinado objeta que de todas maneras no están allí para violar la ley, sino para hacerla respetar. Tomándolo suavemente por un brazo, el jefe se contenta con mostrarle, a su alrededor, las mil y una infracciones que los transeúntes cometen sin siquiera advertirlo. Conclusión: es imposible aplicar la ley con todo su rigor sin paralizar la vida social. Al policía inteligente no le queda más remedio que resignarse - ¿por qué no? sacar provecho en su beneficio personal.

Esta anécdota aparentemente inofensiva encierra buena parte de los sofismas que habitualmente se utilizan para justificar la corrupción: la banalización del fenómeno (se coloca en un mismo plano al peatón que atraviesa con luz roja y al policía que practica la extorsión); la confusión de conceptos (de la extensión de las prácticas ilegales se deduce la imposibilidad de combatirlas); la tergiversación moral (se pasa de la comprobación de un hecho a un juicio de valor: la corrupción está en todas partes, ¡viva la corrupción!).

Este número intenta demostrar que, por el contrario, la corrupción puede, y debe, combatirse. Para ello trata de seguir su huella a través de la historia y analizar sus diversas motivaciones, así como las formas que ha adoptado según los lugares y las épocas; de encontrar una frontera entre la irregularidad excusable y el delito imperdonable; de identificar los medios y las condiciones para luchar eficazmente contra este último. Hemos procurado sobre todo elucidar los nuevos fenómenos de corrupción vinculados a la mundialización de la economía, al tráfico de droga, a la formación de mafias transnacionales. Por último, y sobre todo, nos hemos interrogado acerca del destino de la democracia, enfrentada a esta gangrena.

La corrupción es un flagelo que, en grados diversos, afecta a todas las sociedades contemporáneas y tiende incluso a asfixiar a las más frágiles. De hecho se remonta en el pasado tan lejos como puede llegar la mirada del historiador. La "sociedad sin mal" no se ha realizado en ninguna parte. Allí donde comienza la desigualdad, despunta la corrupción. Pero en todas partes, mal que bien, se sigue luchando por reducir la injusticia y poner un freno a la corrupción. ¿Con qué medios?

Los déspotas que se presentan como "incorruptibles", y pretenden restablecer la sociedad ideal, instauran rápidamente dictaduras donde la corrupción se propaga por los laberintos del secreto de Estado. Las democracias, por su parte, no son inmunes a la corrupción. Pero ha quedado probado que sucumben a ella cuando dejan que se instalen zonas oscuras, a cuya sombra el abuso de poder puede desarrollarse sin control alguno. Hoy, como ayer y siempre, el ciudadano libre de sociedades basadas en la separación de poderes y con instituciones de derecho es quien posee la clave de ese combate incesante: una vigilancia eficaz al servicio del bien común.

Bahgat El Nadi y Adel Rifaat.

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JunIo de 1996