Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres

Vientos de libertad

Nuestro siglo está viviendo un momento excepcional en el que vastas zonas de silencio se abren de pronto a la palabra y a la libertad. Durante los últimos meses de 1989 el bicentenario de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano se ha celebrado de manera espléndida: en poco tiempo Europa ha visto caer sus más poderosas Bastillas, desaparecer sus miradores, abrirse sus fronteras y reanimarse entusiasmos que estaban adormecidos. Y los ecos de esos acontecimientos resuenan en otras regiones, en todas las latitudes, suscitando interrogantes y esperanzas en cadena que anuncian, a su vez, la cosecha de nuevos frutos para la democracia.

Un momento semejante no puede dejar de recordarnos la situación existente al término de la Segunda Guerra Mundial. También entonces los baluartes del desprecio y el odió se derrumbaban uno tras otro, la esperanza se volvía contagiosa y el porvenir anunciaba un mundo de fraternidad.

La Unesco fue creada precisamente para tratar, junto con las demás organizaciones del sistema de las Naciones Unidas,, dede hí hacer reahidad esa inmensa promesa. Para alcanzar tal objetivo, la Unesco recibió la misión de movilizar a los espíritus más distinguidos del mundo a fin de favorecer, a escala planetaria, el contacto recíproco entre los saberes y los conocimientos técnicos y hacerse cargo de manera colectiva de un patrimonio cultural y. natural indivisible...

Pero durante largo tiempo aun ese mensaje sólo tuvo escasas posibilidades de éxito. La esperanza que el fin del conflicto había despertado iba a esfumarse rápidamente. Muy pronto otros muros se levantaron entre los pueblos y otros lastres gravitaron sobre las libertades. El crepúsculo colonial se prolongaba peligrosamente y la guerra fría se afianzaba, sustituida más tarde por la carrera armamentista y la multiplicaćion de focos de tensión locales y regionales. Tuvieron que transcurrir cuatro décadas de sacrificios inauditos, de luchas y compromisos, de titubeos y errores, de heroísmo y sensatez, para que se esbozara por fin un horizonte semejante al de 1945.

Si la caída del Muro de Berlín simboliza hoy día para tantos hombres en el mundo entero un renacer de las esperanzas, ello se debe a que constituye la culminación de la búsqueda de libertad, de dignidad y de solidaridad emprendida en todos los continentes durante los últimos decenios y a que expresa una nueva madurez, alcanzada a costa de grandes esfuerzos por los pueblos tanto del Norte como del Sur. Una madurez que los ha llevado a reivindicar la concertación en lugar de la guerra, la cooperación entre naciones independientes más que las relaciones de fuerza entre dominadores y dominados, la democracia como clave indispensable para el desarrollo de las personas y de las sociedades y la cultura como una dimensión esencial de la vida.

Los vientos de libertad vuelven a soplar con qué fuerza! La formidable tarea a la que nos impulsan es la instauración en todas partes de la democracia. Tarea primordial y urgente. Hoy como ayer las claves del éxito son el diálogo de las culturas, la movilidad de las personas, las ideas y las obras, así como los más amplios intercambios intelectuales. ¿Estaremos esta vez más cerca de realizar ese hermoso sueño de la ciudadanía universal?

Momentos como éste, en los que aparecen simultáneamente tantas posibilidades, son raros. Cuando surgen no hay que escatimar esfuerzos a fin de comprender lo que está en juego y aprovechar las virtualidades que encierran.

Es, en consecuencia, el momento propicio para que la Unesco reasuma plenamente su misión la de ser intérprete de las esperanzas colectivas de la humanidad. Con este propósito, El Correo de la Unesco ha pedido a algunas de las más destacadas personalidades de hoy que descifren los signos que anuncian el porvenir. 

Federico Mayor, Director General de la UNESCO

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Junio de 1990

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