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Los hechiceros y la psicoanálisis

En virtud de una de esas contradicciones habituales del espíritu humano, los pueblos calificados de "primitivos" o de "salvajes" son encomiados con frecuencia por sus maravillosos conocimientos científicos. Se les atribuye la posesión de fóimulas secretas cuya eficacia superaría la de los productos utilizados por nuestros químicos o nuestros médicos. Las personas que, sin dejar de menospreciar a los pueblos indígenas, hablan con admiración de su saber casi sobrenatural, demuestran una credulidad y un candor excesivos, pero están más cerca de la verdad que aquellas que niegan a los pueblos indígenas toda ciencia digna de ser conocida.

Si bien es cierto que los indios de la América del Sur no poseen drogas milagrosas, no se les puede rehusar el mérito de haber descubierto las virtudes de la corteza de cascarilla o quina, de las hojas de coca y de las lianas y savias vegetales de las que extraen el curare. La conquista de los trópicos no hubiera podido ser realizada sin la quinina y todo el mundo conoce el papel desempeñado por la cocaína en la cirugía moderna. En cuanto al curare ese veneno extraordinario que actúa sobre el sistema nervioso su aplicación es cada vez más decisiva en la neurología. Estos tres descubrimientos son únicamente un ejemplo para determinar la magnitud de nuestra deuda a los pueblos llamados primitivos:

La lista de las conquistas científicas de esos pueblos podría llenar muchas páginas, si consideramos otras esferas del conocimiento y otras regiones geográficas; pero no es ese nuestro propósito. No hay que olvidar, sin embargo, que fueron los "salvajes" de la región del Amazonas quienes revelaron al mundo las maravillosas propiedades del caucho y que fueron los primeros en servirse de la savia de esa planta. Durante mucho tiempo los blancos continuaron empleando los métodos de los indios para transformar la savia del Hevea en caucho. Que no se diga que estos descubrimientos fueron fortuitos y que ningún espíritu científico se manifiesta en ellos. Para extraer el curare por ejemplo de la planta Strychnos toxifera, ha habido necesidad de muchos y largos experimentos y, sobre todo, de las cualidades propias de los sabios: sentido de la observación, paciencia y gusto de la experimentación científica.

Los biólogos no han sabido siempre reconocer la contribución de los pueblos "primitivos" que les han transmitido observaciones precisas y valiosas. Es natural que un hombre que vive de la caza o de la pesca conozca profundamente las costumbres y hábitos de los animales de que se alimenta. Pero si en esta esfera, los "primitivos" son, en ocasiones, auxiliares preciosos para el sabio, no es menos cierto que, en lo que se refiere al desarrollo de los seres vivos, poseen nociones más fantásticas que reales, análogas a las que encontramos entre los naturalistas de la antigüedad y aún entre algunos hombres del Renacimiento. La credulidad y candidez de los pueblos "primitivos" no son peores que las de Plinio el Anciano.

Este número de El Correo de la Unesco está consagrado a mostrar ciertos aspectos de la "ciencia de los pueblos primitivos" e intenta recordar a quienes los educan que no se encuentran en presencia de espíritus incultos o ignorantes: Los alumnos a quienes imparten los rudimentos de la ciencia occidental podrían a su vez enseñarles cosas muy interesantes en la esfera de otros conocimientos.

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Julio-Agosto de 1956