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S.O.S. del pasado: para salvar los tesoros de la cultura

Durante siglos, los hombres unas voces lian conservado, otras destruido las obras de sus predecesores, sin discutir la noción de "monumento histórico", que es muy reciente. Todos los pueblos guerreros (es decir, todos los pueblos, los unos después de los otros) han aplastado, demolido, incendiado sin remordimiento alguno. Los edificios más nobles no podían, evidentemente, ser salvados ante el delirio de los vencedores, que por olas sucesivas en los cuatro rincones del mundo buscaron su recompensa en estas atroces hogueras.

Por ello, arrasaron sin furor, metódicamente, los santuarios, los sepulcros, hasta capitales enteras, no sólo por odio ante su belleza sino también a causa de su prestigio, y para destruir su poder sagrado. Los reyes de la antigüedad destruían las imágenes y las moradas de loa dioses enemigos, Roma sembraba de sal las ruinas de Cartago. La cristiandad destrufa los templos para edificar sobre sus cimientos sus primeras catedrales. Podría decirse que muchos monumentos quo no pueden ser reemplazados perecieron victimas de los recursos mágicos que se les atribuían.

Sin embargo, otros han sobrevivido gracias a este mismo poder. Algunos pueblos han podido cambiar tres o cuatro veces do religión en dos mil años conservando los mismos lugares sagrados cuyo carácter religioso permanecía intacto para ellos, a pesar del choque de los cultos y de la las creencias. Algunas ciudades han conservado desde su fundación edificios que no tenían utilidad, pero que estaban tan impregnados de leyendas que me era imposible alterarlos. En la mitad del globo pueden verse, no solamente en los bosques y en los bordes de las carreteras sino también en medio de los campos, estas "piedras elevadas" que han erigido durante una prehistoria misteriosa ¡es pueblos que no han dejado en parte alguna recuerdo de su existencia. Los arados dan vueltas respetuosas a su alrededor.

Esta magia de las viejas piedras no ha perdido nada aun hoy de su fuerza. Abarca, por el contrario, algunas obras que nuestros antepasados hubiesen despreciado. Una humilde posada, porque ha sobrevivido a la encrucijada en la cual se encuentra durante doscientos años, puede parecer ya intangible y digna del mayor respeto. La Esfingue de Gisen inspira sin duda al visitante moderno la misma admiración e inquietud que a los egipcios que presenciaron su creación; pero, si se encontrase la bala que la desfiguró en 1718,sería seguramente conservada también con el mismo cuidado.

En efecto, la magia de los monumentos antiguos ha cambiado de sentido. Su origen no se encuentra ya hoy en la fe, en un vago recuerdo o en la fidelidad a ciertos símbolos. Esta magia sigue los progresos de la cultura moderna, de la profundidad de nuestro sentido actual de la historia, de la extension de nuestro patrimonio artístico. Un edificio heredado de un pasado más o menos lejano no es sólo hoy una simple curiosidad: evoca una fecha, circunstancias precisas, hechos que no ha conservado el recuerdo popular, pero que se descubrieron y que han sido voluntariamente aprendidos de nuevo. Entonces se situa en un complejo de conocimientos de los cuales llega a ser inseparable; forma parte de esta memoria artificial y trascendente que llamamos la cultura. Llega a suceder que la arqueología apasione a las multitudes: es que en el fondo de los sepulcros, los hombres de ciencia no buscan ya lingotes de oro ni fantasmas, buscan a los hombres, o a un aspecto del Hombre.

Al propio tiempo, el hombre moderno se ha acostumbrado a ver también un aspecto del Hombre, del testigo irrecusable de sus comunidades, en todas las obras de arte, independientemente de las civilizaciones que las han producido. Admitir la diversidad de las formas, estar de acuerdo en que la belleza no es el monopolio de ningún siglo ni de ninguna tradición, estos son los postulados del humanismo contemporáneo.

La exploración obstinada del pasado y la negativa a admitir fronteras intelectuales en el conocimiento de las artes demuestran quizá la manera en que el hombre se esfuerza en posesionarse del mundo o en medir su poder; no podría, sin cobardía, abandonar el menor de los tesoros cuyo inventario hace minuciosamente nuestro siglo.

Podemos ver a los Estados hacer alianzas para la salvaguarda de los "bienes culturales". Los conservadores, los arqueólogos han formado comités internacionales, y de un país a otro se prestan asistencia. La Unesco organiza o apoya sus trabajos. Al preparar el Convenio para la Protección de los Monumentos en caso de conflicto armado, recordaba a los Gobiernos sus responsabilidades. De esta manera, la Conferencia de La Haya fué el homenaje que los poderes políticos rindieron a la primacía del arte y del espíritu.

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Julio de 1954