La ciencia hace retroceder al desierto

Los bazares de Bagdad no son, en un día caluroso de verano, todo lo románticos que alguno de nosotros podría sentirse inclinado a creer. Color no falta, por cierto. Los vendedores van y vienen perezosamente, ofreciendo sus coloridas y exóticas mercancías. Los trajes, y la música extraña que allí se oye, componen un cuadro en donde el turista reconoce hasta cierto punto los elementos de fábula que el nombre evoca.

Pero todo ello es pobre si se lo compara con el esplendor y la belleza que en otros tiempos caracterizaron a este rincón del mundo. En la época de su apogeo, la región que rodeaba a Bagdad fué centro de una civilización tan refinada como poderosa. A unos 120 kilómetros al sur se hallaba la antigua Babilonia, con su magnífico palacio imperial, sus inestimables tesoros artísticos y los famosos jardines colgantes o pensiles, que se contaban entre las siete maravillas del mundo. Hacia el sur, también, está el sitio donde se dice que existió el Edén - la cuna de la raza humana.

En esa época toda la región que se extiende entre el Tigris y Éufrates era rica, fértil y productiva. El agua era llevada, por medio de canales a todos los rincones donde se la necesitara. En el momento culminante de su gloria, se llamó a Babilonia “granero del mundo”. ¡Qué pocos indicios de ello quedan en la actualidad! Los canales han desaparecido, rotos, destruidos, enterrados bajo las arenas que han avanzado y siguen avanzando implacablemente. El rico suelo aluvial se ha visto aventado, arrastrado por los vientos cálidos que soplan del Golfo Pérsico y por todos los otros vientos que soplen sobre la región. Y ahora el desierto avanza sobre ella por los cuatro costados y la va estrangulando.

No hay nada de inusitado en esto. Lo mismo ha ocurrido en Siria, donde se encuentran varias de las ruinas más grandiosas del mundo antiguo, como las de Baalbeck, y el cementerio de las “cien ciudades muertas” zona de cerca de 430. 000 hectáreas que se extiende entre Aleppo, Antioquía y Hama. Lo mismo ha ocurrido en el Líbano, cuyos famosos bosques de cedros se rindieron al hacha, al fuego, a la azada y a la voraz cabra de orejas negras, hasta que hoy subsisten pocos vestigios de la vasta riqueza que constituyeron en otros tiempos.

Lo mismo ha ocurrido en Egipto y en todo el Medio Oriente, en la India, en la China, en el norte de Africa y hasta en el Nuevo Mundo. Un desastre de esta índole tiene que ocurrir por fuerza dondequiera que el hombre arranque a la tierra, sin reponerla luego, la vegetación que retiene a esa tierra en su sitio, o donde deje correr el agua sin imponerle disciplinas de ninguna especie.

“En la ignorancia de lo que debía hacer, y entregada a la destrucción y al derroche, la humanidad ha marchado siete mil años por sobre la faz del globo recogiendo lo que no plantara y destruyendo lo que no construyera”, dice el Dr. W. C. Lowdermilk, especialista en erosión del suelo perteneciente al personal de la Organización de Alimentación y Agricultura de las Naciones Unidas.

”Al ocupar, una tras otra, tierras nuevas, una parte de esa humanidad ha desposeído a sus semejantes, llevándose la nata de esa tierra y dejando el resto, empobrecido, a las generaciones que la sucedieran. En su desconocimiento y egoísmo, el hombre no ha hecho otra cosa que intentar destruir las fuentes de su existencia.”

Así, la antigua Cirenaica, que en una época produjo tres cosechas al año, permanece hoy improductiva en su mayor parte. A causa del exceso de ganado y la tala de bosques, las zonas semi-desérticas de Australia se extienden y rodean cada vez más a la tierra buena. Todos los años los ríos de Sud-Africa y de la América Latina arrastran al mar millones de toneladas de tierra de la superficie, cosa que es literalmente posible contemplar mientras ocurre. Como consecuencia del descuido con que se las ha explotado, vastas zonas de tierra un día fértil en los Estados Unidos se han convertido actualmente en estériles “tazones de polvo”. Y de acuerdo con el dictamen de dos autoridades en conservación de tierras, es más inminente en Sud-Africa que en ningún otro rincón de la tierra una catástrofe nacional debida a la erosión del suelo.

La aridez de éste, más que cualquier otra característica del clima, plantea problemas difíciles de resolver a la mayoría de los países del mundo. Se calcula actualmente que las zonas áridas o semi-áridas del mundo constituyen más de la cuarta parte de la superficie de la tierra. Hay desiertos donde sólo sobreviven unos pocos nómadas en las condiciones más primitivas que uno pueda imaginarse: y sólo algunos descubrimientos científicos radicales podrían llegar a hacerlos productivos algún día. Bordeando esos desiertos hay zonas semi-áridas que, excepto algunos cortos períodos de lluvia por año, son tan secas como el polvo. Estas zonas mantienen a poblaciones cuantiosas, que deben ganarse la vida procediendo a la más cuidadosa administración del agua y de las fuentes de energía de que se dispone. A causa del aumento progresivo de la población del mundo, se ha hecho más urgentemente necesario que nunca poner de nuevo esas tierras improductivas al servicio de la humanidad.

El mismo problema inspiró al profeta de antaño a levantar su voz en el yermo. “En el yermo surgirán y correrán las aguas, y en el desierto habrá corrientes. Y las arenas calcinadas se transformarán en laguna, y la tierra sedienta en fresca corriente de agua; y en las guaridas de los chacales crecerán hierbas y cañas y junquillos. Y habrá allí un camino...“

Nuestro siglo veinte repite el clamor por que surja agua en las tierras sedientas. En una época histórica en que la población del mundo aumenta a razón de 60. 000 almas por día, o 20 millones al año, la civilización corre una carrera trágica con el hambre.

Al clamor del viejo profeta se responde hoy con todos los recursos del conocimiento científico y de la ingeniería. Los gobiernos del Pakistán, de la India, de Egipto, de Australia, de Israel, de ambas Américas y de muchos otros países dan prioridad absoluta al problema, pero ningún esfuerzo aislado por arrancar al desierto la producción que el hombre necesita podrá rendir nunca los resultados apetecidos. Si hay un caso en que la colaboración internacional y el intercambio de experiencias y prácticas resulta indispensable, es éste de la lucha. contra las zonas áridas.

En la Conferencia General de la UNESCO realizada en Beirut en 1948, la India formuló una proposición que condujo a esta Organización a constituir un comité de consejo sobre el estudio de las zonas áridas, comité que estaría encargado de preparar el programa correspondiente. Este comité está compuesto por nueve científicos procedentes de Australia, Egipto, Francia, Gran Bretaña, India, Israel, México, Perú y los Estados Unidos de Norte América. Para que se tenga éxito en la lucha mundial por hacer productivas las tierras de las zonas áridas, el comité vio dos inconvenientes principales: la falta de información sobre lo que se realiza en una y otra parte y un estudio insuficiente de la cuestión en el plano internacional.

La UNESCO, por consiguiente, se trazó dos objetivos: primero recoger y poner a disposición de todos la experiencia y el conocimiento ganados con los muchos experimentos y proyectos llevados a cabo en diversas partes del mundo; segundo, favorecer el desarrollo y expansión de las estaciones de estudio del desierto con objeto de que éstas pudieran dedicar el tiempo y todos los estudios necesarios a una serie especialmente escogida de problemas que afectaran a varios países.

Todos los años la UNESCO elije un tema particular de investigación y estudio en este sentido. En 1951 fué el agua, problema común a todas las zonas áridas y semiáridas del mundo. La hidrología, que es el nombre con que los científicos designan el estudio del agua, se preocupa tanto del agua que corre sobre la tierra como la que corre debajo de ésta, aunque se sabe mucho menos de la segunda que de la primera. A los científicos les consta, desde luego, que hay vastos mares de agua subterránea en casi todas las zonas del mundo, aún en los desiertos, (Véase “Las aguas subterráneas” por Ira M. Freeman, en nuestro número de Junio de 1951.)

La Unesco, por consiguiente, encargó a ocho de ellos que estudiaran este punto y presentaran un informe al respecto. En abril de este año se reunió en Ankara, Turquía, un “symposium” internacional de científicos para discutir las manifestaciones contenidas en dicho informe. Como resultado de todos estos trabajos, los que se dediquen al estudio de la cuestión tendrán el primer cuadro completo y claro de lo que se hace en el mundo por averiguar cómo reacciona y actúa el agua subterránea y qué posibilidades hay de usada con eficacia en las regiones áridas.

Pero el agua no es el único problema de éstas, ni la única respuesta que pueda haber a la esterilidad de tantas tierras del planeta. “La característica más significativa de las zonas áridas” manifestó el delegado indio a la Conferencia  realizada por la Unesco en Beirut, en 1948, “es que van ampliándose continuamente y esterilizando con rapidez alarmante las zonas fértiles y cultivables adyacentes”. Uno de los más importantes problemas para el especialista en zonas áridas es actualmente el de hallar tipos superiores y mejorados de plantas que puedan detener la marcha de las arenas en todo el mundo.

A ello se debe que la UNESCO haya elegido como tema de este año la ecología de las plantas, o sea la relación de éstas con el medio que las rodea. Un grupo de diez ecólogas estudia actualmente la cuestión y reúne los datos necesarios sobre experimentos e investigaciones con los tipos de plantas que más prometen y que, por desarrollarse en condiciones de sequía en ciertas zonas, pueden ser cultivadas con ventaja en otras.

La UNESCO se interesa también en los planes de investigación de las fuentes de energía que pueda aportar a las zonas áridas la utilización del viento y la energía solar, cuestión a la que probablemente dedicará en 1953 un estudio completo. Pero no es esta Organización la única de las Naciones Unidas que trabaja por que las tierras áridas puedan ponerse al servicio de la humanidad.

El programa de las Naciones Unidas de ampliación de la ayuda técnica para el fomento económico de ciertas zonas ha permitido que se enviaran a diversas partes del mundo un gran número de misiones directamente encargadas de estudiar el mejoramiento y utilización de las zonas áridas. En el árido valle del Marbial, de Haití, la Organízación Mundial de la Salud y la de Alimentación y Agricultura se han unido a la UNESCO para ofrecer a los naturales del lugar una serie de demostraciones sobre la manera de perfeccionar sus métodos de explotación agrícola y sus prácticas sanitarias, así como de evitar la erosión y cuidar del suelo. En Libia una misión mixta de técnicos de la UNESCO y la FAO (Organización de Alimentación y Agricultura) estudia actualmente el plan de expansión de un centro de investigación de la zona árida de Sidi Mesri, centro situado en Trípoli.

La Organización Meteorológica Internacional ha contribuido por su parte con los datos de su especialización esenciales al estudio científico de estos problemas. El Banco Internacional ha acordado al Irán un préstamo de doce millones de dólares para construir una represa en el Tigris con objeto de desviar el curso de las aguas que inundan los campos del país. El año pasado concedió a Chile un préstamo de un millón trescientos mil dólares para utilizar las fuentes subterráneas de agua con que cuenta el país. Hace dos años aprobó un préstamo de dieciocho millones quinientos mil dólares a la India para que ésta llevara a cabo su proyecto del valle del Damodar, río que hasta la fecha ha sido más una amenaza que una bendición para los millones de habitantes del país que viven a merced de su curso. En 1943, por ejemplo, inundó los campos, deshizo y arrastró aldeas anteras y devastó los arrozales. El proyecto permitirá que en los periodos de sequía pueda contarse con agua para la irrigación de los campos y la energía eléctrica necesaria. Al evitarse las inundaciones se logrará también que el agua que debía desperdiciarse trágicamente en ellas riegue cerca de medio millón de hectáreas de terreno.

La Organización de Alimentación y Agricultura se halla empeñada asimismo en una tremenda batalla internacional con las langostas del desierto. La plaga más terrible de éstas en lo que va del siglo se ha desencadenado recientemente sobre gran parte del Oriente, desde el delta del Nilo a la India, amenazando con destruir toda la cosecha y los alimentos de media docena de países agrícolas y arrasando la Somalía francesa, Eritrea, el Sudán, Aden, el Yemen, la Arabia Saudita, el Omán, Kuwait, Jordán, Egipto, Israel, el Irak, el Irán y Pakistán.

Para rechazar esta amenaza, dice la FAO, se ha organizado una acción internacional que no tiene precedentes en tiempos de paz. El Jordán, uno de los países más seriamente atacados, solicitó en abril una ayuda de emergencia. Al cabo de pocos días habían llegado a su territorio técnicos de Turquía, Siria, el Líbano, el Irak, la Arabia Saudita y Egipto para formular un plan de campaña que permitiera salvar las cosechas del país y ayudara a limitar la difusión de la plaga en los países vecinos. Poco después, las Reales Fuerzas Aéreas Británicas transportaron al Jordán cinco unidades conjuntadas por la FAO en Inglaterra para pulverizar con grandes cantidades de insecticidas las zonas atacadas por la langosta. Pero tanto la amenaza como la acción internacional necesaria para combatirla llegaron a un punto culminante en el Irán, donde había más de quinientos millones de hectáreas infectadas con huevos de langosta del desierto.

La FAO ha enviado diez personas para recorrer las tierras y 8 “jeeps” cargados de los elementos necesarios para acabar con la langosta, transportando también por avión cinco enormes cargas de insecticida enviadas por el Gobierno de la India. El Pakistán, a su vez, ha mandado expertos en la lucha contra esta plaga, como también “jeeps” y diversas partidas de insecticida. Tanto la Unión Soviética como los Estados Unidos enviaron aviones y considerables cantidades de éste.

A la UNESCO llegan informes de todas partes del mundo diciendo en qué forma los gobiernos se ocupan de salvar o reclamar las tierras condenadas a la esterilidad. En Chipre se ha llegado a detener la erosión en gran escala destruyendo hordas de cabras salvajes y plantando árboles en las empinadas laderas de las colinas. Turquía, a su vez, está creando un instituto de hidrología y geología que organizará el estudio y la enseñanza sobre la mejor manera de utilizar sus fuentes subterráneas de agua para fertilizar toda la región central del país, que es una zona semiárida.

Este trabajo de estudio, llevado a cabo a veces en estaciones adecuadas, se ha venido intensificando en regiones tan remotas unas de otras como la India y Chile, Australia y el desierto de Sahara. Siete de estas estaciones dedicadas al estudio de las zonas áridas se han vinculado ahora directamente al programa de la UNESCO: las de Argel, Egipto, África occidental francesa, la India, Israel y los Estados Unidos de Norte América. Además de coordinar sus investigaciones con las de la Unesco, estos centros aceptarán la visita de especialistas extranjeros y becados deseosos de estudiar estas cuestiones. Permutando asimismo los técnicos de que disponen por los de otras instituciones que se dedican a la misma tarea, la UNESCO espera que contribuyan a formar el núcleo central del primer grupo de especialistas en zonas áridas con preparación internacional. Si todas las naciones, siguiendo el ejemplo de éstas, comparten sus conocimientos y la actuación de sus ingenieros en una escala internacional, podrán llegar a transformar al mundo casi hambriento de hoy en un mundo de abundancia. Porque en la lucha por el alimento y por la vida todas dependen fatalmente de las demás.

Y así, los sueños de los profetas de antaño podrán hacerse realidad, como por lo demás empiezan a hacerse ya: “En el yermo surgirán y correrán las aguas, y en el desierto habrá corrientes... Y habrá allí un camino...”

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Julio de 1952