Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres

¡Viva la complejidad!

¿Hay algo más natural que simplificar las cosas? Buscar lo más evidente, esquematizar, separar los elementos de un conjunto. Es un primer paso en la exploración de lo real, un comienzo de orden en nuestro espíritu enfrentado al desorden del mundo. Por ende, necesario. Pero engañoso. Pues si uno se detiene en el camino, si toma el punto de partida por un punto final, si instala una certidumbre en lugar de lo que, en el mejor de los casos, no es más que una aproximación, si confunde la parte con el todo, entonces cae en una visión reductora de las cosas. Y tarde o temprano, paga su precio.

En política, una visión reductora se paga con la libertad. El totalitarismo nos ha dado de ello innumerables ejemplos en el presente siglo. Sea de derecha o de izquierda, religioso o laico, apoyado en una ideología o en un reflejo identitario, tiende a ensalzar a un grupo humano raza, una nación, una clase, una confesión en desmedro de los demás, recalcando sistemáticamente las virtudes del primero frente a los defectos de los segundos. Al hacerlo, exalta el destino colectivo del grupo, en perjuicio de la aventura individual de cada uno de sus miembros. Así, a partir de una percepción hemipléjica de la realidad, al posar una mirada tendenciosa en sí mismo y en los demás, se termina, no sólo por hacer daño a los demás, sino por mutilarse uno mismo.

Ahora bien, lo que se desprende de los fenómenos de la sociedad también se produce en los demás ámbitos en que se ejerce la inteligencia humana. El enfoque simplificador resulta esterilizador en todas partes, porque fija arbitrariamente lo que, en realidad, cambia incesantemente, porque separa lo que de por sí está unido, desconfía de lo caótico, lo contradictorio y lo aleatorio sin embargo están inscritos en la naturaleza de las cosas.

Este enfoque conduce necesariamente a callejones sin salida, que sólo pueden superarse con un esfuerzo constante para ir de lo más simple hacia lo más complejo. El proceso del conocimiento no es más que este aprendizaje, progresivo e ilimitado, de los secretos de lo real. Aprendizaje del que, a menudo, el común de los mortales ha podido prescindir, conformándose con el nunca bien ponderado "sentido común". Pero ahora, nos dice Edgar Morin, no podemos contentarnos con dejar el privilegio del pensamiento complejo a los sabios y seguir, nosotros, pensando sencillo. La complejidad ha de convertirse, para todos, en el modo de pensar cotidiano. Porque lo complejo pasa a ser la materia misma de nuestra vida cotidiana.

Es la vida la que, en este fin del siglo XX, nos emplaza a recoger este reto. So pena de perder el hilo de lo real y de encontrarnos cogidos en la trampa de nuevos totalitarismos.

Lea este número. Descargue el PDF.

Lea nuestra entrevista en línea: Gabriel García Márquez: El oficio de escritor 

 

Febrero de 1996

Leer más