Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres

Explosión multimediática ¿quo vadis?

¿Debemos estimar que los progresos fulgurantes de la comunicación son una amenaza o saludarlos, por el contrario, como una promesa? Si tantas personalidades eminentes discrepan en este punto, o vacilan en pronunciarse, es porque esos progresos son ambivalentes y sus repercusiones actuales y sus efectos previsibles suponen tales cambios en nuestras costumbres, conductas y pensamientos que nos sentimos a la vez fascinados por las nuevas perspectivas que ofrecen y atemorizados por los elementos desconocidos e imponderables que nos obligan a enfrentar.

Este número de El Correo desea contribuir a que se tenga una visión más clara del problema. Y en primer término a que se aprecie la relatividad de los puntos de vista, que difieren según se encuentre uno en Occidente, en el Este o en el Sur; se sitúe del lado de las potencias productoras de tecnologías avanzadas, emisoras de conocimientos, informaciones y programas de recreo, o del lado de las regiones que sólo pueden recibir lo que las demás emiten; y que también difieren según se haga hincapié en la libertad de expresión o la libertad de comercio, la recepción responsable del ciudadano o la recepción pasiva del consumidor, la apertura a una cultura global o la defensa de una cultura en particular...

Pero al examinar las numerosas contribuciones, de todas las procedencias, que tratan de delimitar el tema, cómo no sentirnos arrastrados insensiblemente a formularnos la pregunta que, en definitiva, parece contener todas las demás: ¿los progresos de la comunicación están limitando y asfixiando nuestras libertades o, mal que bien, multiplicándolas y fortaleciéndolas?

Tendemos a pensar que son beneficiosos para nuestras libertades y que, incluso, algunos de los principales desafíos que enfrenta el mundo de hoy son indisociables de la formidable explosión liberadora que ha acompañado, en los últimos decenios, a la revolución informática y mediática.

En efecto, tanto en el Este como en el Sur del planeta esas libertades han permitido sobre todo ampliar los horizontes de las conciencias individuales; enriquecer el campo subjetivo de apreciación, de comparación, de juicio, de elección y de iniciativa de las personas, más que consolidar los derechos políticos y sociales de cada cual. Por eso suelen desembocar en una incertidumbre y una angustia crecientes; en necesidades, aspiraciones y deseos que van mucho más allá de los medios para satisfacerlos; en la tentación para los más desfavorecidos de aferrarse a paraísos perdidos, de rechazar de plano la libertad, el progreso y el resto de la humanidad.

El mundo actual no está a la altura de las esperanzas que despertaron las nuevas libertades. ¿Pero no ha sido así en todas las épocas? El afán de libertad es siempre el primero. Es el que desafía a los privilegios y las fuerzas de la inercia, el que cambia perspectivas y ofrece espacios nuevos, horizontes insospechados en el momento, soluciones hasta ayer consideradas imposibles. Es el mundo el que tiene que adaptarse y transformarse, para asemejarse a los proyectos que hombres más libres, y también más responsables y más solidarios, han sabido soñar juntos.

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Febrero de 1995