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Haiti: ciento cincuenta años de independencia

Las circunstancias excepcionales que se dan en la nación haitiana al celebrar el 150 aniversario de su independencia y libertad, y la expresión renovada, con esc motivo, de una voluntad tesonera para superar las dificultades, enfocando la solución a los múltiples problemas sociales y económicos que el país confronta, han sido las principales razones que nos han llevado a elegir como tema de esle número de «El Correo», el pasado y el presente de Haití.

No hay, en efecto, otro pueblo en la comunidad internacional que pueda celebrar al mismo tiempo la independencia del país y la liberación individual de sus ciudadanos. No hay precedente en la historia de las naciones, de que los esclavos, que constituían, como mercancía cotizable, la mayor riqueza de un patrimonio colonial, recobren de una vez, por su propio esfuerzo, la condición de hombres libres y la de ciudadanos de un país independiente y soberano. Si a ello se agrega una continuidad histórica de siglo y medio, durante cuyos primeros cien años rezuma el mundo de prejuicios desfavorables hacia, los pueblos de color, habrá que reconocer que Haití, por el simple herbó de su pervivencia soberana, ha superado una verdadera marca de energía vital colectiva.

Pero no es eso todo. Hay países en los cuales la memoria histórica no les ha permitido olvidar un cierto tinte vindicativo en la política exterior. De Haití, hay que reconocer que, a pesar de los agravios inferidos a cada uno de los abuelos de sus actuales ciudadanos, la nación haitiana, con nobleza con inteligencia no demasiado fáciles, ha sabido vencer los complejos del rencor, entrando de lleno en el camino, muchas veces espinoso y decepcionante en sus primeros pasos, de la cooperación internacional.

En Chapultepec y en San Francisco, en donde nacieron respectivamente la Organización de los Estados Americanos y la de las Naciones Unidas, estuvo Haití presente; como lo estuvo en Londres al constituirse la Unesco. Desde entonces, su sentido de la cooperación internacional no ha hecho sino afirmarse cada vez más. El ejemplo de la experiencia pilólo de la Unesco en Marbial es, a este respecto, definitivo. Cuando en la Conferencia General de la Unesco reunida en México D.E. pensó en la necesidad de abrir trocha por la difícil vía que había de conducir al Programa de Ayuda Técnica, fué Haití quien ofreció todas las facilidades, poniendo a disposición de aquella iniciativa de la Unesco, una región en la que, desgraciadamente, se daban el máximum de condiciones requeridas para (pie los resiillados del ensayo y las dificultades del mismo pudieran después servir a los demás pueblos que demandasen la realización de programas de Ayuda para sus problemas internos educativos, económicos y sociales. En aquella experiencia piloto se lian templado muchos instrumentos, entre .ellos, acaso el más importante haya sido el de la coordinación de los esfuerzos de las distintos organismos especializados de las Naciones Unidas; y esos instrumentos, que pudieron templarse en Haití, trabajan hoy fecundamente en muchos pueblos de la tierra.

Legítimamente satisfecha de su historia, Haití, sin embargo, no olvida que tiene planteados enormes problemas, y muchos de entre ellos acuciantes y graves: agricultura, educación fundamental, repoblación forestal en ciertas zonas, organización de la artesanía y de la pequeña industria, prospección de su suelo, construcción de caminos, etc.; pero lo esencial es que, en lugar de cerrar los ojos a esa dura realidad y a esos problemas, Haití ha sabido darse cuenta, no sólo de que existen, sino que ha puesto sus mejores empeños en abordarlos con la ayuda de elementos técnicos capacitados para ello y lo que es más importante todavía, para que creen en el país los núcleos de expertos que continuarán eficazmente la labor inicial, impregnando la técnica venida de afuera con el auténtico espíritu de la nación haitiana, espíritu, cuyos frutos han comenzado a reverdecer ya en una bella y apasionada floración artística folklórica.

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Febrero de 1954

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