Vida y dolencias de las pinturas
A suerte de los grandes cuadros es trágica. Las civilizaciones poseen pocas riquezas más preciosas que ellos; pero entre las que poseen no las hay más frágiles. Indudablemente las generaciones recientes rodean de cuidados cada vez más ansiosos a los tesoros pictóricos que heredan o que producen: es relativamente fácil defender los cuadros, y hasta los frescos, del robo, la guerra y los estragos del fuego. ¿Pero qué hacer contra los del tiempo? El yeso se descascara, la madera se pudre, la tela cae hecha jirones. Las lacas y las tierras se decoloran, se llenan de grasa o se reducen a potvo. No basta con montar guardia en los museos frente a las obras maestras. Hay una artera alquimia que las va desfigurando poco a poco, y la pintura que se le abandona vibrante de lirísmo parece perder su alma día tras día. Si el hombre que la creó resucitara, no podría reconocer su propia obra.
