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La Danza, el fuego sagrado

Un artículo publicado recientemente en la revista jesuita La Civiltà Cattolica i plantea la siguiente pregunta: "¿Se puede hablar de 'revelación' en las religiones no cristianas?" La respuesta es afirmativa. Lo que quiere decir que hay textos sagrados que no son la Biblia, en que también se expresa la voz de Dios.

Es posible que algunos no capten el alcance de esta afirmación. Ahora bien, constituye una verdadera ruptura con una tradición que ha atravesado toda la historia de las religiones reveladas. Es cierto que algunas grandes conciencias se han atrevido, a lo largo de los siglos, a formular un pensamiento semejante veces a riesgo de su vida. En tiempos más recients, ha habido algunos empeños de acercamientos interreligiosos a partir de tal premisa. Pero jamás hasta ahora con el aval de la Santa Sede.

Los intérpretes autorizados de cada una de las religiones reveladas siempre han sentido la tentación de considerarse los únicos depositarios del mensaje divino a oponerse unos a otros en cuanto a los significados posibles de ese mensaje. Con frecuencia el resultado ha sido un antagonismo entre las diversas comunidades religiosas, al pensar cada una que defiende la única palabra verdadera de Dios. Esta tendencia, ya se sabe, adquiere hoy día renovados bríos en numerosas sociedades en crisis, donde la interpretación extrema de un discurso religioso puede ser utilizada como medio para movilizar, e incluso exacerbar, las pasiones identitarias de una comunidad.

Por eso el artículo de La Civiltà Cattolica merece ser saludado como un acontecimiento. Al reconocer a todas las religiones el acceso a la revelación, reconoce a todos los creyentes una dignidad equivalente, es decir el mismo derecho a ser respetados y escuchados por los demás. Responde a una postura intelectual que reivindica, en todos los ámbitos, y mucho más allá de la esfera religiosa, la opción de la apertura y la fraternidad humana frente al despotismo de las verdades únicas: la trascendencia que unifica a los seres y al mundo frente a un comunitarismo que divide y lastima.

Dicha postura, el lector podrá tener la impresión de encontrarla a menudo en estas páginas dedicadas a la danza. Y tal vez llegue, en algunos momentos, a desentrañar el misterio de ésta.

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Enero de 1996