Las fechas tienen a veces sentido. Especialmente cuando coinciden con el aniversario de la publicación de un libro, o cuando permiten conmemorar el nacimiento o la muerte de un autor. Encendemos entonces como unas velas festivas que, por lo general, tan efímeramente alumbran al autor o su obra y rendimos homenaje de paso - aunque sea puramente convencional - a la cultura universal. 1984, empero, se presenta en forma muy distinta. El año en el que entramos consiguió hacer época gracias a un libro que dio la vuelta al mundo e hizo a su autor célebre: 1984, de George Orwell.
por Jacques Charpier
George Orwell - que se llamaba en realidad Eric Arthur Blair - nació en Motihari, Bengala, el 25 de junio de 1903. Su padre, Richard Walmeslay Blair, era funcionario del gobierno británico en la India. Los ascendientes de Eric formaron más o menos parte del Establishment. Su bisabuelo era dueño de una importante plantación en Jamaica y se había casado con una señorita de la aristocracia. Pero murió arruinado, por lo que su hijo menor el abuelo de Eric tras breve estancia en Cambridge no tuvo más remedio, a falta de recursos, que emprender la carrera eclesiástica en el seno de la iglesia anglicana. Su hijo o sea el padre de Eric era un modesto empleado de la administración colonial, en la que ingresó a los 18 años de edad y, ya en el ocaso de su vida, contrajo matrimonio con la hija de un francés, llamado Limouzin. Dicho Limouzin se dedicaba al comercio de madera de teca, así como a la construcción de barcos, pero, debido a especulaciones aventuradas, la posición de la familia había sufrido un descenso notable, y es posible que esta relativa "decadencia" social explique de algún modo la personalidad del futuro autor de 1984, a la par que cierta ambigüedad que en ella recelamos. Sentía Orwell que pertenecía a la "lower upper middle class", es decir a esa clase media que, aun separada de la condición proletaria, no puede, por su escasez de recursos, hallarse en simbiosis con la alta burguesía.
Pese a la relativa pobreza de la familia, los padres de Eric le mandan al colegio de Eton, en donde se estudia simultáneamente latín, griego, matemáticas, teología y se aprende a remar y a jugar al criquet. Al parecer, sus estudios no fueron nada lucidos. Lo que sí resulta notable es que ya no se imaginara otra carrera que la de "escritor célebre". Al igual que muchos de sus condiscípulos, Eric hacía gala de cierto anticonformismo. Leía a Bernard Shaw, H.G. Wells, Galsworthy, y se consideraba "vagamente socialista". En 1920, a raíz de un examen de control en que se preguntaba a los "señoritos" de Eton cuáles eran, a su juicio, "las diez personalidades vivas más destacadas del mundo", Eric nombró - junto con la inmensa mayoría de los alumnos - a un tal Lenin. Sea como fuere, debido a sus medianas capacidades estudiantiles o, más probablemente, a las medianas posibilidades financieras de su familia, no fue a Oxford al concluir sus estudios en Eton, sino que ingresó en la escuela de instrucción de la policía provincial de Birmania en Mandalay, de la cual salió a los 25 años de edad con el título de Assistant Superintendent of Police. Dicho de otra forma, desempeñaba las funciones de un comisario adjunto de policía en el marco de la administración colonial británica.
Escaso es el material anecdótico del que disponemos sobre ese período de su vida. Lo que sí sabemos, en cambio, es que durante aquellos cinco años que pasó en Birmania el joven Eric Blair se sintió a menudo dividido entre dos sentimientos: el desapego que le inspiraban hasta cierta medida los pueblos colonizados y la desaprobación, cada vez más rotunda, que le merecían el imperialismo y el colonialismo británicos. Las experiencias prácticas de Eric en Birmania influyeron, pues, mucho más en su "socialismo" que las lecturas anticonformistas de Eton, y ellas constituyeron sin lugar a dudas la base de su ulterior crítica del imperialismo y del capitalismo en general.
De hecho - y es éste un dato sumamente convincente - Eric Blair dimitió en 1927. Confesará el por qué de tal decisión al publicar Burmese days: no quería hacerse cómplice de una situación que consideraba como una "operación de extorsión" en contra de las poblaciones explotadas.
De vuelta a Inglaterra, Eric resuelve convertir en realidad su anhelo infantil de llegar a ser "un escritor célebre". ¿Cómo? Escribiendo, por supuesto. Se inicia entonces un periodo un tanto insólito de su existencia. Vivir a expensas de su familia era una perspectiva que no podía aceptar, aunque enfermo. Pero no creo que fueran motivos simplistas y moralistas los que explican por qué eligió una vida de vagabundo en París y en Londres. En su primer libro, Down and out in París and London - publicado con el pseudónimo de George Orwell - Eric Blair insiste mucho en el carácter literario de su empresa; y bien es verdad que por entonces publicó varios artículos. También alude a dos novelas que tenía ya escritas, pero que no han dejado rastro alguno. Es muy posible, pues, que, el "miserabilismo" voluntario de Eric Blair se explique en parte por otras razones.
No tenía Eric ni mucho menos una "cabeza política". Para dar un cariz ideológico a su actitud no nos bastan su anticonformismo de Eton ni sus críticas al imperialismo británico; necesitamos algo más: sus impulsos psicológicos, por ejemplo, que bien podrían haberle impelido a tales vagabundeos voluntarios. Lo cierto es que él no podía pasar por alto sus vínculos con la "lower upper middle class" ligada al Establishment aunque rechazada por éste, no muy lejos de la proletarización pero a gran distancia del "pueblo", despojada de sus antiguos privilegios pero aferrada a ciertas tradiciones. Yo diría que Eric Blair tenía algo de "burgués", y posiblemente también alguna falla inconsciente por donde irrumpía su sentimiento de culpabilidad. No me atrevería a afirmar que pasara varios años de su vida, en aquellos tiempos de down and out, representando una comedia en la que no hubiera sido sólo el único actor sino también el único espectador , pero me parece evidente que se valió entonces de toda clase de disfraces. En un episodio de Down and out cuenta nuestro autor como, habiéndose mudado para vestirse de "pobre", comprende el significado de tal disfraz: era como si hubiese dispuesto de un pasaporte que le trasladara en el acto y sin necesidad de visado a "otro mundo", o sea del mundo de la burguesía al del proletariado; ¡Y cuál no sería su sorpresa o su deleite al oírse llamar por un verdulero: "Eh, tú, fulano"!
¿Eric Blair en busca de un exotismo social que pueda utilizar a fines literarios o joven burgués culpabilizado que frecuenta y remeda a la gente pobre con miras a sabe Dios qué forma de redención? Ambos supuestos pueden ayudarnos a adentrarnos en el personaje Blair-Orwell. Sea como fuere, George Orwell empieza ya desde esa época, es decir entre 1928 y 1930, a asomar tras Eric Blair, y sus andrajos de vagabundo serán el uniforme con que hará su presentación en literatura.
No por ello se convertirá de la noche a la mañana en "escritor célebre", pero ya tiene algún asiento en la vida literaria londinense. Colaborador de la revista Adelphi, se preocupará por las condiciones económicas y sociales de los cosechadores de lúpulo. También él está en busca de trabajo. Lo encuentra como profesor en un pequeño colegio privado del Middlesex. Escribe en el New English Weekly, así como en el New Statesman and Nation. Y termina su novela Burmese Days, inspirada, por supuesto, en su experiencia de Birmania, en la que plantea el problema de las relaciones entre el hombre blanco y los indígenas, denunciando la dialéctica más o menos sutil que liga a colonos y a colonizados no la del amo y del esclavo en el sentido clásico del término, sino la dialéctica en virtud de la cual, como diría más tarde V.S. Prichett, "la opresión crea la hipocresía y la hipocresía corrompe", lo que muestra la matizada actitud de Orwell acerca del problema colonial sin que esto quite vigor a su denuncia del imperialismo.
Orwell se ha convertido ya en un escritor. En octubre de 1934 termina su segunda novela, titulada La hija del Reverendo una obra que le deja descontento porque la considera como un puro ejercicio. En ella cuenta la vida de Dorothy, quien decide fugarse del encierro al que la destinan su familia y la sociedad y que, a ejemplo del autor con el cual fácilmente podríamos confundirla, por lo menos si nos atenemos a la anécdocta irá primero a vivir en medio de los vagabundos y los cosechadores de lúpulo, trabajará seguidamente como maestra de escuela y acabará regresando al redil; unhappy end del que resulta difícil decir qué sentido le otorga Orwell.
Pero éste ya tiene otra obra entre manos: una novela titulada Keep the aspidistra flying, que se presenta como una denuncia feroz del dinero, de la sociedad mercantil, de los estragos que causa la falta de recursos económicos en los destinos individuales o colectivos, de la neurosis del provecho, de la sacralización del becerro de oro, etc. Actitud en la que vemos reflejarse sin duda una condena moral, pero que no consigue encauzarnos hacia una mera ideología anticapitalista. Pero los críticos de Orwell no perdieron la ocasión de poner de relieve, en Keep the aspidistra flying, otra tendencia de su novelística: el pacifismo. El protagonista de la obra, Gordon Cornstock, está obsesionado por las imágenes de una guerra futura, y proféticamente intuye que ésta sería esencialmente de carácter aereo. Transcurre la novela en el año 1935: no están muy lejos Guernica, ni los Stukas de la campaña de Francia, ni los bombardeos de la Batalla de Inglaterra.
No bien terminada Keep the aspidistra flying, en enero de 1936, Gollancz, el editor de Orwell, le propone que escriba un libro sobre las condiciones de vida de los obreros desocupados del norte de Inglaterra. Acepta al instante, se marcha en seguida y, alojado en una casa de militantes sindicalistas, pasa dos meses visitando las hilanderías y las minas de carbón, en donde no vacila en llevar a cabo encuestas propias de un periodista especializado en problemas económicos y sociales ¡lo que no era, por cierto! Regresará de su reportaje con un libro que se publicará el año siguiente con el título de The road to Wigan Pier.
Poco tiene, sin embargo, Wigan Pier de un reportaje propiamente dicho. Es una obra característica de la narrativa de Orwell, en la que los elementos ficticios suelen mezclarse con notas autobiográficas y reproducciones del natural. No falta tampoco en este libro alguno que otro de esos comentarios en los que transparece su concepción "pequeño-burguesa" de la sociedad y la revolución.
A la izquierda inglesa la representan por aquel entonces el Partido Laborista (con sus distintas tendencias), el Partido Comunista (ortodoxo) y el Partido Laborista Independiente, cuya identidad ideológica no es fácil determinar, pero en el que se juntaban socialistas humanistas y marxistas opuestos a las tesis de la Tercera Internacional. Orwell se sentía próximo a este Partido, pero se declaraba "anarchist tory" (anarquista conservador), contradicción en los términos que probablemente reflejaba lo ambiguo de su personalidad. La experiencia de la vida así como algunos fantasmas íntimos le habían acercado a las tesis socialistas, pero en él permanecía el hombre aferrado al pasado que depositaba gran parte de su confianza en la clase media; lo bastante como para ver en ella a la fuerza dirigente de la revolución futura, al revés de los marxistasleninistas, que sólo reconocían al Proletariado y a su dictadura una fuerza histórica, dinámica y revolucionaria. No cabe duda de que Orwell, aun deseando ser un revolucionario de verdad, no tenía nada de populista, menos todavía de plebeyo. Y por más que intentara disimularlo, no deja de traslucirse en sus escritos el desapego que siente por el pueblo que "huele".
Pero estamos ya a mediados del año 1936. Orwell tomaba muy en serio el peligro nazi y fascista que algunos grupos de izquierda tendían a menospreciar, considerándolo como un epifenómeno. Eric Blair decidió, pues, alistarse en la guerra de España, para lo que se encomendó a sus amigos del Partido Laborista Independiente. Llega así a Barcelona y se inscribe en las filas del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), dirigido por Andrés Nin, al que se solía clasificar entonces con el término un tanto vago de "trotskista".
Eric Blair - a diferencia de varios intelectuales - no soñaba ni mucho menos con una suerte de viaje humanista o literario por el país de la "ilusión lírica". Quería ir al frente, y es lo que hizo en verdad, terciado su viejo Mauser, modelo 1889, como oficial de una centuria del (POUM) de verdad que el 20 de mayo de 1937, a las cinco de la mañana, una bala franquista le traspasaba la garganta.
Tras curar de la herida - aunque no del todo , puesto que conservará toda su vida cierta dificultad para hablar - regresó a Inglaterra. Con toda su alma había querido participar en una guerra que, para él, era la del socialismo humanista contra el totalitarismo. La experiencia española del escritor parece haberle convencido definitivamente de la "unicidad del adversario": el totalitarismo de partido o de Estado. Publicará seguidamente un relato-comentario basado en su experiencia española, en el que parece dominar la tesis de la "revolución primero": Homenaje a Cataluña. Los preparativos de guerra con la Alemania nazi no hacen sino confirmar sus ideas al respecto: el conflicto entre "capitalismo" y "fascismo" puede reducirse a un refrán bien conocido en todos los idiomas: "Lo mismo da atrás que a las espaldas", "olivo y aceituno todo es uno". Aparte de que esta clase de guerra sólo puede desembocar en una solución fascista, incluso en Inglaterra.
Entre Homenaje a Cataluña y sus últimos dos libros, a los que deberá su fama universal, Orwell publica una novela cuyo título inglés parece casi imposible de traducir: Corning up for air ("¡Aire, que me ahogo!" sería tal vez lo más aproximado). Se trata sin duda alguna de una obra preñada de nostalgia. El tiempo perdido lo está para siempre; sobre el presente pesa un pesimismo ineluctable, pesimismo que ninguna fe en el futuro conseguirá atenuar. Algo ha muerto en el mundo, al igual que murió la juventud del protagonista, George Bowling, y ese algo es el sosiego de la vieja Inglaterra ante la amenaza de un apocalipsis guerrero y político. Orwell pone entonces de manifiesto un pacifismo fundamental, insistiendo en que nada autoriza a "democracias" del estilo de Francia o Inglaterra, que tienen aherrojados y explotan con descarada tranquilidad a millones de seres humanos en sus imperios coloniales, a sublevarse contra las dictaduras fascistas o nazis.
Para él sólo existe una solución con la que se pueda debidamente responder a la situación actual de Europa: crear un partido de masas, cuyos principios y cuya acción se basen en el común objetivo te. Llega así a Barcelona y se inscribe en las filas del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), dirigido por Andrés Nin, al que se solía clasificar entonces con el término un tanto vago de "trotskista". Eric Blair a diferencia de varios intelectuales no soñaba ni mucho menos con una suerte de viaje humanista o literario por el país de la "ilusión lírica". Quería ir al frente, y es lo que hizo en verdad, terciado su viejo Mauser, modelo 1889, como oficial de una centuria del POUM de verdad que el 20 de mayo de 1937, a las cinco de la mañana, una bala franquista le traspasaba la garganta. Tras curar de la herida no del todo, puesto que conservará toda su vida cierta dificultad para hablar regresó a Inglaterra. Con toda su alma había querido participar en una guerra que, para él, era la del socialismo humanista contra el totalitarismo. La experiencia española del escritor parece haberle convencido definitivamente de la "unicidad del adversario": el totalitarismo de partido o de Estado. Publicará seguidamente un relato-comentario basado en su experiencia española, en el que parece dominar la tesis de la "revolución primero": Homenaje a Cataluña. Los preparativos de guerra con la Alemania nazi no hacen sino confirmar sus de oponerse a la vez a la guerra y al imperialismo. Pero ni él mismo se lo cree, y poco después la firma del Pacto germano-soviético le convence de que la guerra es inminente. Descubre entonces en sí mismo un patriotismo seguramente un tanto resignado, pero que él imagina inquebrantable. Cualesquiera que sean sus taras, la vieja Inglaterra debe ser defendida contra el hitlerismo.. De ahí que, sin renunciar a sus tesis revolucionarias, Orwell se disponga a colaborar en el esfuerzo de guerra con la máxima eficacia. Debido a su mala salud (es tuberculoso), no está en condiciones de servir en el ejército. Trabaja, pues, en las emisiones de la BBC con destino a la India; se alista en la Homeguard (suerte de milicia civil, cuya misión es prestar ayuda al ejército regular en caso de invasión); escribe El león y el unicornio, un ensayo ocasional en el que elogia el patriotismo; critica, pese a haber coincidido con ellos antes, a los intelectuales que hacen alarde de su desprecio por los valores nacionales; sin embargo, insiste en que la guerra que se inicia debe ser popular e ir acompañada de un cambio radical de la sociedad, fundado en un socialismo liberal de inspiración colectivista, pero también antiestatista.
Colabora nuestro autor en revistas de izquierda como Tribune y Horizon y en noviembre de 1943 comienza a escribir Animal Farm (La granja de los animales) que concluirá a fines de febrero siguiente. Esta obra va a valerle a Orwell la fama internacional que 1984 convalidaría posteriormente. El argumento es notorio. Entre los animales de la "Granja de la Mansión", perteneciente a Mr. Jones, estalla la sublevación contra los hombres. Pero, tras liberarse de éstos, los animales van a caer de nuevo en la esclavitud, en la situación en que se hallaban antes de que se sublevaran contra sus ex amos, sustituidos ahora por algunos de sus congéneres. El principio en el que se inspiraba su revolución: Todos los animales son iguales, se convierte en Todos los animales son iguales pero algunos son más iguales que otros. Varios editores rechazaron el libro, que no se publicó hasta agosto de 1945; su éxito fue fulminante. Pero, mientras terminaba La granja de los animales, Orwell tenía ya entre manos otro libro, 1984, que va a terminar en 1948, acongojado por la enfermedad. Lo publicará en 1949, un año antes de su muerte, sobrevenida el 21 de enero de 1950.
1984, pues. Fecha ésta, dicho sea de paso, sin ningún significado particular : es sólo la inversión de los dos últimos números del año en el que Orwell acabó el libro. Tres superpotencias se reparten el mundo: Oceania, Eurasia y Estasia. La acción tiene lugar en Inglaterra, que ahora es parte integrante de Oceania. Domina el país, enteramente estatizado, la solitaria figura de un hombre: "Big Brother", a quien rodean los miembros del Partido Interior, a su vez respaldado por el Partido Exterior. El protagonista, Winston Smith, es un empleado del Ministerio de la Verdad, organismo cuya función consiste en propagar la "verdad" oficial del día y en corregir, incluso en borrar de la Historia, los sucesos, declaraciones, decisiones y personas que han pasado a contradecir las actuales tesis del Estado. Winston traba conocimiento con una chica, Julia, que trabaja en la Liga Antisexo. Valiéndose de toda clase de ardides, los dos jóvenes inician un día un idilio amoroso. Mientras tanto, Winston ha entablado relaciones con un personaje de quien emana un misterioso poder, O'Brien, quien le confiesa ser un enemigo del régimen. O'Brien es un secuaz de un tal Goldstein, que ha escrito una auténtica Carta de la oposición, y parece ser a la vez el enemigo n° 1 y el chivo expiatorio de los dirigentes de Oceania. Winston se abre con O'Brien, pero éste resulta ser en realidad un miembro importante del Partido Interior que tiene a su cargo la Policía del Pensamiento. Detenido, torturado física y moralmente, Winston abandona toda oposición, se somete enteramente a las tesis del Partido, traiciona a Julia que le traiciona a su vez y termina miserablemente en un organismo del Ministerio de la Verdad.
El contenido estrictamente anecdótico de 1984 es relativamente pobre. En cambio, el autor aprovecha la relación Winston-O'Brien para hacer un estudio a fondo del totalitarismo en todos sus aspectos, uno de los cuales, y no el menos importante, es la manipulación intelectual de los seres humanos por medio de un lenguaje peculiar que tiende a suprimir cualquier crítica y hasta el menor matiz del pensamiento, imponiendo la "verdad" oficial, por mudable que sea, con desprecio de todo hecho o razón que la contradiga. "El sol gira en torno a la tierra", le dice O'Brien a Winston, o bien "Una mano tiene cuatro dedos". Y Winston acaba reconociéndolo.
La cuestión que plantea Orwell en 1984 es por qué y cómo puede existir y durar un régimen tal como el de Oceania. Los hombres que en él participan sólo obedecen a un principio. Tal principio es poder: el poder por el poder, con exclusión de cualquier otra finalidad, ya sea el confort, la felicidad, la libertad, la racionalidad o la misma ideología. Se trata de un "totalitarismo oligárquico" basado en una forma de esquizofrenia institucionalizada, suponiendo la existencia misma del Estado único la no existencia del mundo exterior y objetivo.
Varios temas de 1984 se hallaban ya presentes en La granja de los animales, pero aquella obra no es del todo una novela política ni se deja reducir enteramente a tal género. No hay que ver en ella una anticipación de la situación a la que llevaría el desarrollo de este o aquel régimen, sino, como escribiera el mismo autor a su editor, una parodia de "las consecuencias intelectuales del totalitarismo", y esta dimensión paródica aminora en cierto modo el pesimismo de la obra. Si en algún género deberíamos incluirla, sería en el de lo burlesco negro, a la manera como se habla de "humor negro". Bien es verdad que bien poco incita a la risa el mundo que describe 1984. El miedo, sin embargo, no es lo que predominará en el lector: al adentrarse en el libro descubrirá incluso alguna que otra chispa de optimismo.
"Si alguna esperanza subsiste, se dijo Winston, se halla entre los proletarios (...) El futuro pertenecía a los proletarios. Pero ¿quién podría asegurar que ese mundo que ellos construirían, cuándo llegara su hora, no le resultaría igual de extraño a él, Winston Smith, que el mundo del Partido? Claro que no, porque sería por lo menos un mundo sano. Donde hay igualdad, puede haber salud. Tarde o temprano la fuerza se volvería consciente y actuaría en consecuencia. Los proletarios eran inmortales".
El pequeño burgués socialista, respetuoso de la vieja Inglaterra, se remitirá de ahora en adelante a la fuerza de liberación que representa el proletariado, pero no sin muchas salvedades ni sin ayuda de un mesianismo y de una poesía que es difícil concretizar, pero que aparentan la misma vaguedad que los desahogos humanitarios y progresistas del siglo XIX - de modo que, al evocar un posible futuro, vuelve Orwell a ser un hombre del pasado, recayendo en un discurso utópico. ¡Pero al fin y al cabo sólo estamos en 1984!