En los países árabes: la sapiencia es luz
En el siglo III de la Hégira, allá por el año 840 de la era cristiana, un fino moralista que escribió un poco sobre toda clase de cosas se entretuvo en hacer el retrato de los profesores de Bagdad, Kufa y Basora en su Libro de la Exposición y de la Demostración, y estableció una clara diferencia entre los eminentes conferenciantes, maestros en derecho y en teología, cuyas lecciones apasionaban a un noble auditorio, y la muchedumbre de los vehementes y un tanto famélicos pedagogos que tenían que habérselas con niños a manadas.
Porque efectivamente, en los .tiempos de Abu Ufanan al-Djahiz no eran maestros de escuela lo que faltaba en el Islam. Mucho antes de las conquistas y las conversiones había ciertamente en el Oriente Medio muchos más que en Europa, que enseñaban aquí y allá, en griego o en siriaco, en hebreo, persa o árabe.
La nueva fe, al propagar el «libro más leído del mundo», había avivado todavía más el espíritu de estudio y de indagación. Cada mezquita tuvo su correspondiente escuela en la que se repetía la máxima del Corán: «Aquel a quien le ha sido concedida la sabiduría ha recibido verdaderamente un rico tesoro», o la famosa «tradición» del Profeta: «Busca el saber, aunque tengas que llegar hasta la China, porque la búsqueda del saber es una obligación para todo musulmán, hombre o mujer.»
Hasta el siglo XV la enseñanza elemental, la enseñanza casi general en las ciudades de la lectura, la escritura y la aritmética, progresó a la par de la ciencia y la cultura árabes, en prodigiosa expansión. Esta ciencia y esta cultura, aun cuando adormecidas en las ciudades del Irak y de Siria donde habían nacido, siguieron consolidándose y dando fruto sin cesar en el Asia Central, en Sicilia y sobre todo en España y el norte de Africa.
