Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres

El Hombre dilapida sus riquezas

Charles Richet publicó antaño un breve libro de título incisivo y evocador "El Hombre Estúpido", que merecería ser puesto en manos de aquellos a quienes se dirige, proporcionándoles así, con la meditación, la oportunidad de descubrir las razones de la humildad y de la propia edificación. Genial, pero estúpido, parecería ser su esencia y destino: lo primero porque puede producir individuos excepcionales que guarden el monopolio del rayo creador que revelan de forma extraordinaria los progresos de la ciencia, y lo segundo porque es incapaz de prevenir salvo en la línea de sus intereses inmediatos y personales.

No se trata de construir una crítica parcial, tendenciosa, filosófica de nuestra época y del progreso técnico, sino de apoyarnos tan sólo sobre las cifras, los hechos y los actos. De recordar el encadenamiento de causas y la extensión de los efectos. La erosión del suelo data de muy antiguo, pero ello no impide que hoy sea muchísimo más grave que antes. Los destrozos de la cabra son milenarios lo que no impide que el tanque y la aplanadora vayan mucho más de prisa. Las culturas sobre bosques quemados datan de siempre, lo que no impide que la introducción de métodos europeos de explotación agrícola intensiva sean mucho más nocivos todavía. El envenenamiento de la atmósfera es cosa endémica, sin que ello sea óbice a las mayores dificultades que provienen de la era atómica. La pérdida del limo de la tierra, la deterioración del capital constituido por los recursos naturales renovables, la ruptura en dirección única de equilibrios, cuyo mantenimiento aseguraría la estabilidad en las relaciones entre el hombre y la naturaleza, son otros tantos acontecimientos brutales de consideración inmensa y simultánea que suscitan las más graves inquietudes.

La noción de protección de la naturaleza ha cedido su lugar a la de la conservación de los recursos renovables. La primera encierra su significación sentimental, sus fines desinteresados, científicos, estéticos y morales. Pero hoy están superados porque el mundo pletórico tiene hambre. Ya no basta con la idea del bienestar de vivir para la satisfacción del espíritu, entre otros medios por el conocimiento y el estudio de las especies vivas, del medio en que se desarrollan, por el respeto que nos deben inspirar, el interés que puedan provocar, por lo que hemos de procurar su salvaguardia y conservación. Las estadísticas son patentes y es necesario producir y producir más. La distancia entre esta producción acelerada y el consumo aumenta, sin embargo, de año en año y el fracaso económico tiene un enorme precio: el precio de la destrucción de aquello que constituía uno de los espejismos más atrayentes de la vida.

¿Vamos entonces a la catástrofe?

Nos resta una sola posibilidad: Que el poderío de la educación vaya más de prisa que la ignorancia. Una política democrática racional, la eliminación de la plaga de la erosión, la adecuación de la cultura de la tierra a su clima y a su suelo, la conservación de la riqueza renovable, todo ello depende de la instrucción y la educación. Nosotros desearíamos que las páginas que siguen permitan a las instituciones internacionales que las auspician la defensa de una causa tan digna.

Roger Hein, Miembro del Instituto de Francia, Presidente de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y de sus Recursos.

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Enero de 1958