Para la libertad, la justicia y la paz
Hace cincuenta amos, nuestros padres celebraran la aurora del siglo XX. En un impulso de progreso, todos sus pensamientos se dirigian hacia el futuro. Desventuradamente, los hechos se encargaron hien pronto de envenenar casi todas las esperanzas que proclamaba ese noble impulso. Por dos veces, desde aquel día, la tierra entera se ha visto inmersa en un mar de sangre, de llanto y de iniquidad. Para quienes nacimos en los umbralrs de esta centuria, una interrogación se impone: ¿Tenemos derecho a confiar en lo porvenir?
Sería muy fácil, pero también muy severo, condenar a los hombres del siglo XX por errores que no son, en resumen, sino la consecuencia funesta de muchos siglos de egoísmo, de avidez J de incomprensión. ¿En qué se apoyaban los corifeos de 1900 para prometerse a si mismos una era de quietud y de bienestar? ¿Qué había hecho el siglo XIX sino exaltar los nacionalismos? Salvo excepciones honrosas, el hombre que hace cincuenta años se asomaba a las perspectivas del tiempo nuevo se había ido acostumbrando a juzgar los acontecimientos mundíales de acuerdo con la óptica de una política nacional. Los conceptos más puros, la libertad, la'gualdad, la fraternidad, le habían servidoa él o a sus precursores - para combatir, a lo sumo, por una libertad con aduanas, por una igualdad con pasaportes, por una fratermdad con fronteras. El mundo se dividía en pueblos actores y pueblos testigos. ¿Era razonable, en tales condiciones, prever una paz de resignación?
Es cierto: las guerras no han mejorado la situación que entonces prevalecía. Pero los hombres han cobrado conciencia, en el dolor y por el dolor, de la unidad del destino humano. Hemos aprendido, por experiencia, lo que antaño afirmaban ciertos filósofos: nadie se salva solo. Ninguna clase, ninguna secta, ningún Estado, ninguna raza se salvan solos. Todos somos responsahles de todos y, según decía Dostoievski, "todos somos responsahles de todo ante todos". La bala dirigida, en cualquier lugar, contra uno de nuestros semejantes, podrá matarte. Pero, aunque fuera nuestro adversario, su muerte nos hiere: su desaparición nos disminuye : su familia será, para siempre, nuestra heredera.
El siglo XX ha presenciado dos horrendas catástrofes; mas, entre el luto de esas contiendas, ha patroeinado doiniciativas sin precedente: la Sociedad de Naciones v las Naciones Unidas. Sran cuales ftleren los resullados inmediatos de ambos intentos, un hecho resulla obvio : este siglo ha medido, al sin, los problemas del hombre con una medida mundial. Los Estados se han percatado de que la seguridad de cada uno de ellos implica la seguridad de todos, y de que la seguridad política no tiene sentido si no se afianza en cuatro garantías fundamentales, a las que corresponden otras tantas Agencias de las Naciones Unidas: la garantía de la alimentación, la garantía de la salud, la garantía del trabajo y, por lo que atañe a la Unesco, la garantía de la cultura.
Conquistar para todos esas cuatro garantías no será obra de pocos años. Pensar que el siglo bastará para ejecutar tal programa en su plenitud, sería tanto como exhibir un optimismo histórico inmoderado. Pero, en definitiva, el programa no puede ser otro. Y sólo mediante el esfuerzo de ese programa, la paz del mundo llegará a constituir algún día la paz del hombre, la de todos los hombres sobre la tierra. Sin embargo, no lo olvidemos : para alcanzar ese estado de paz necesitamos, ante todo, una voluntad de paz. De muy poco servirían ahora los votos generosos si no nos sintiéramos dispuestos a pesar, en lo sucesivo, cada palabra en la balanza que nunca engaña: la de la acción. Hemos declarado los Derechos del Hombre. Vivamos esos derechos. Hemos suscrito la Carta de las Naciones Unidas. Trabajemos por que la unión de las naciones pase del plano de la ley al baluarte de las conciencias. Porque, sin la paz de mañana, no construiremos la paz de siempre. Y porque el mundo angustiado en que nos movemos está esperando, para creer en sí mismo, para perdonarse a sí mismo, no otra victoria, sino una fe: la fe en la fraternidad del linaje humano.
Al desear a todos los pueblos un Año Nuevo de concordia y de solidaridad constructiva, la Unesco reitera su convicción en el poder de los valores espirituales - ciencia, educación v cultura - que su Constitución exalta como deberes sagrados para la libertad, la justicia y la paz.
