En busca de lo efímero
Al leer este número el lector observará una paradoja: en la historia de la humanidad la obsesión por lo efímero ha sido permanente.
Desde tiempos remotos la muerte nos recuerda una dura realidad: todo lo que comienza, un día se termina. De ahí el afán de aprehender la religión, en el pensamiento, en el arte, más allá de lo transitorio lo eterno. Algunas culturas se han basado en la ambición de trascender el tiempo, en la voluntad de construir lo perdurable, de materializar lo absoluto. El camino trazado por los templos de Egipto, de la Grecia clásica y de la antigua Roma será seguido por las catedrales de la Cristiandad y las mezquitas del Islam.
El animismo, el hinduismo, el budismo, abordarán las cosas por el extremo opuesto: asumir la transitoriedad de la vida para que resalte mejoría eternidad que alienta en ella. Pintura mural, máscara, mándala, sólo tienen sentido porque lo efímero es una vía de acceso a lo intemporal. En cierto modo, pues, un templo antiguo y una danza sagrada aparecen como dos vertientes de una misma búsqueda: llegar a lo absoluto por la experiencia de lo transitorio.
Queda entonces de manifiesto ante nosotros el inquietante vuelco que la modernidad ha provocado en las representaciones de lo efímero. Al prescindir de la trascendencia, apoya lo efímero en la nada.
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