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Debate Norte-Sur ¿qué es el progreso?

El muro de Berlín se ha derrumbado, y con él la bipolaridad ideológica en la que estuvo empantanada la vida de las ideas durante buena parte del presente siglo. Las ideologías han muerto, reemplazadas por un mundialismo portador de nuevas promesas, pero también de nuevos peligros: polarizaciones difusas emergen y proliferan, suscitadas por divergencias étnicas, religiosas, raciales, regionales y, sobre todo, por esa línea de alta tensión que aisla trágicamente a los privilegiados del Norte próspero y poderoso de los innumerables desposeídos del Sur.

Son los intelectuales de todas las tendencias, siempre que puedan sortear, según los casos, las ilusiones del nacionalismo o las trampas del totalitarismo, quienes están en mejores condiciones para analizar en conjunto y reflexionar solidariamente acerca de esas promesas y peligros. Pero a condición de que se reconozcan en un mínimo de referencias intelectuales y morales, y que hablen, en suma, un lenguaje común.

Asi, unos cuarenta escritores y artistas de los horizontes más diversos se reunieron hace unos meses en la UNESCO. Organizada por iniciativa del periodistaJean Daniel, el escritor político Régis Debray, nuestro director Bahgat Elnadi y nuestro jefe de redacción Adel Rifaat, y apadrinada por los periódicos La Repubblica (Italia), O Estado de Sao Paulo (Brasil) Los Angeles Times Syndicate (Estados Unidos), Le Nouvel Observateur (Francia), ElPaís (España) y El Correo de la Unesco, esta reunión fue la primera de una serie de "Encuentros de intelectuales y creadores para un solo mundo" que se celebrarán anualmente, al margen de toda injerencia estatal o mercantil, en torno a un tema preciso. Este año el tema era el siguiente: "¿El Norte y el Sur pueden tener la misma idea de progreso?"

En un diálogo fecundo, del que presentamos algunos argumentos tomados de las contribuciones escritas o de las intervenciones orales, los participantes se interrogaron detenidamente acerca de los términos mismos de la pregunta que se les formulaba, empezando por la noción, llena de ambivalencias, de progreso.

Este mito de la modernidad industrial, producto de la tradición judeocristiana y erigido desde la Ilustración en una suerte de providencia laica, se difundió a partir del siglo XIX como consecuencia de la expansión occidental. Pero si bien el progreso es evidente y cuantificable, en todas las latitudes y en todas las culturas, en los ámbitos de la técnica y de la ciencia, del instrumento y del saber, esa noción carece de sentido en el arte, la religión o la política. Y los que creyeron que el progreso traería consigo la paz internacional, la armonía social, el fin de las supersticiones religiosas y de la etnicidad, e incluso la uniformización de las culturas, se equivocaron de medio a medio en su pronósticos.

Suplantado desde hace unos cuarenta años por su avatar moderno, el desarrollo, ese mito del progreso ha contribuido a instaurar, bajo una ley del mercado que ya nadie objeta, un sistema económico mundial al que se ha incorporado una parte de la población del Sur, a costa de la exclusión de la gran mayoría, y ocasionando perjuicios, quizás irreversibles, al medio ambiente planetario.

Es muy posible, después de todo, que el binomio Norte-Sur no sea más que una emanación del mito de la modernidad. ¿Podemos todavía situar el Norte y el Sur a uno y otro lado de fronteras geográficas o cronológicas, cuando el tercer y el cuarto mundo están instalados en los suburbios de las grandes ciudades del mundo industrializado, y cuando en cada país, rico o pobre, nuevas categorías sociales viven a la hora de París, Londres o Nueva York?

Frente a estas realidades caóticas que son fuente de conflictos, el papel del intelectual, letrado consagrado a lo universal según la definición de Julien Benda, es liberarse de los razonamientos binarios y reductores y romper el silencio impuesto por la cultura o el poder para definir los valores característicos del hombre de todas partes.

Para eso le corresponde luchar, sin mesianismos ni mitos movilizadores, en el respeto de los demás y de sus creencias, no para imponer un ideal mejor sino para conjurar lo peor la xenofobia, la intolerancia y la exclusión.

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