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La fuente del pabellón de la segunda luna

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© Yoshishihiko Shinada

A través de un antiguo ritual religioso, el mito del agua de juventud continúa reuniendo a los japoneses con ocasión del año nuevo.  

Por Laurence Caillet

Japón,antaño el país de las geishas y de los cerezos en flor, se ha convertido en la imaginación de los occidentales, siempre ávidos de exotismo, en un lugar donde los samurais cabalgan en motocicletas. Un país de contrastes, como se dice a menudo. 

Resulta un tanto absurdo oponer de esta manera la tradición y la modernidad en un país que desde el siglo VII dispone de un Estado centralizado y donde las antiguas tradiciones comunitarias han facilitado la modernización en lugar de obstaculizarla. Las festividades, que periódicamente estrechan los vínculos colectivos, han sobrevivido al desarrollo industrial. Su carácter pintoresco, su atmósfera de regocijo y su belleza siguen atrayendo a peregrinos y turistas. Aunque su función religiosa ha decaído, todavía transmiten las- viejas creencias sincréticas procedentes del budismo del Gran Vehículo o de la religión autóctona, la Vía de los Dioses, el sinto

Hoy como ayer, la principal época festiva es el año nuevo, que se celebraba, según el antiguo calendario lunisolar, poco antes de las labranzas de primavera. La fiesta del agua de juventud corresponde a esta temporada de calma. La sabiduría popular afirma que el cumplimiento de este ritual, comúnmente llamado Omizu-tori, extracción del agua, es .una condición indispensable para el retorno de la primavera. En un haiku, el poeta Riota (1718-1787) definió magistralmente el sentido profundo del ceremonial:

¡Extraer el agua! 

También este día 

se entibia el agua de los torbellinos.

Desde el siglo VIII el rito tiene lugar en el monasterio budista de Todaiji, en Nara, otrora capital del país. En la actualidad se celebra durante la primera quincena de marzo, época que en el antiguo calendario corresponde a la segunda luna. 

En el pabellón de la segunda luna, un vasto edificio de madera construido en la cima de una colina, al este del monasterio, doce monjes se reúnen para honrar a Kannon, el bodhisattva de la misericordia, suerte de diosa compasiva. Allí van quince noches seguidas, guiados por gigantescas antorchas cuyas brasas recogen los fieles como talismanes. Girando en torno al altar, entonan incansablemente cantos de alabanza y penitencia. En la sala de oraciones, separada del santo de los santos por un largo velo de lino transparente, los peregrinos pueden ver las desmesuradas sombras de los religiosos que oran por la paz y la prosperidad del país.

Cada una de esas quince jornadas comprende seis oficios que se celebran en determinados momentos del día y la noche, en total unas diez horas de salmos a Kannon, de cantos, de ritos y de genuflexiones para borrar las faltas cometidas durante el año precedente y acumular méritos. 

Las mil circunvoluciones 

En esos ritos de penitencia se integran, casi todas las noches otras ceremonias llamadas extraordinarias. La Historia ilustrada de los orígenes del pabellón de la segunda luna (cuyo ejemplar más antiguo data del siglo XVI) dice que fue uno de los monjes del Todaiji, un tal Jitchú, quien celebró por vez primera la fiesta del agua en el año 752. Llegado al paraíso de los bodhisattva, Jitchú contempló sus ceremonias y les preguntó cómo debía hacer para imitarlos y ejecutar esos ritos entre los hombres. Se le respondió así: "Una noche y un día aquí equivalen a 400 años humanos. Por eso es muy difícil, en el corto tiempo de los hombres, cumplir los ritos según las reglas y efectuar solemnemente, sin olvidar nada, las mil circunvoluciones. Además, sin un Kannon de cuerpo viviente, ¿cómo podrían los hombres reproducir esos ritos?" Jitchú replicó: "Hay que acelerar la ceremonia y efectuar las mil circunvoluciones a la carrera... ¿Por qué no vendría un Kannon de cuerpo viviente, si lo llamo con sinceridad?". Y regresó a transmitir el ritual a los hombres. 

La diferencia del transcurso del tiempo entre los dioses y entre los hombres es, pues, el motivo que se invoca para justificar la extraña carrera que en torno al altar consagrado a Kannon los monjes efectúan los tres últimos días de cada una de las dos semanas de los ritos. Primero caminan muy lentamente, enrollando las mangas de sus ropas y sus estolas, y después atan el ruedo de sus túnicas alrededor de las piernas. Entretanto se levanta la cortina que oculta al santo de los santos para que la multitud de peregrinos descubra bruscamente el esplendor de la ceremonia y se sienta tan maravillada como Jitchú cuando entró en el paraíso, mientras repican con fuerza cascabeles y campanas. 

 

De repente todo calla y se produce un prodigioso silencio mientras los monjes comienzan a correr alrededor del altar. Súbitamente uno de ellos sale del círculo y se precipita en la antecámara de la sala de oraciones, dirigiéndose hacia un tablero de madera fijado paralelamente al piso mediante una especie de resorte; es la "tabla de prosternación". El monje salta encima y, después de golpearla vigorosamente con la rodilla, regresa a la fila. En cada vuelta al altar un monje corre del mismo modo a golpear la tabla con la rodilla, parte del cuerpo que simboliza la frente, el codo y las rodillas, con las que los orantes deben tocar el suelo en señal de penitencia. Finalmente, la carrera se hace más lenta, la cortina vuelve a descender y las salmodias se reanudan mientras las siluetas de los monjes se convierten en sombras grises.

Otras noches los propios dioses vienen a danzar entre los hombres adoptando el aspecto de ocho monjes con los rostros ocultos tras su tocado. Llega en primer lugar la divinidad del agua que, a pasitos cortos y brincando, riega la sala de oraciones con agua lustral. Le siguen el dios del fuego, esparciendo brasas, y el dios Keshi, que desparrama granos de arroz reventados por el fuego. Todos bailan con grandes saltos al ritmo de instrumentos que tocan otros tres dioses: un sistro, una caracola y un cascabel. Otros dos agitan un sable y un bastón de sauce para alejar a los espíritus nefastos.

La fuente del dios Onyú 

Durante las noches de danza se extrae y distribuye a los peregrinos el agua de juventud. ¿De dónde proviene este ritual? La respuesta está también en la Historia ilustrada de los orígenes del pabellón de la segunda luna. "En la provincia de Wakasa, Onyú, un dios que poseía el río Onyú, se entretuvo pescando y llegó atrasado a los ritos de dos veces siete días y siete noches. Profundamente contrariado, dijo al monje Jitchú que en señal de arrepentimiento haría brotar agua lustral cerca del lugar de la fiesta, cuando dos cormoranes, uno negro y otro blanco, surgieron repentinamente de la roca y se posaron en un árbol cercano. De las huellas de esas aves surgió un agua de delicadeza incomparable. Algunas piedras allí posadas transformaron el lugar en la fuente del agua lustral aka-i."

Así, el dos de marzo, los sacerdotes del santuario de Onyú vierten en el río un frasco de agua lustral que, según se dice, durante la noche del doce al trece debe llegar por vía subterránea hasta la fuente del pabellón de la segunda luna. 

Aquella noche, a las dos de la madrugada, el maestro de los ritos esotéricos, tocado con un sombrero de brocado, sale del pabellón y se vuelve hacia la colina donde surge la fuente milagrosa. Va acompañado por un fiel laico, vestido con ropas blancas de anacoreta, y seguido por dos monjes que llevan bastones mágicos de los que cuelgan caracolas y cascabeles. Al son de las caracolas, guiados por un portaantorchas laico, todos descienden la escalera que lleva a la fuente. En ese momento se escucha en la noche una orquesta de música china antigua, gagaku, y los monjes oran para que surja el agua.

La fuente se encuentra actualmente bajo una construcción ligera cubierta de tejas grises, cuyas cuatro esquinas están adornadas con aves que para algunos son simples palomas, en tanto que otros ven en ellas a los cormoranes mensajeros del dios Onyú. Es el dios de la pesca y también el soberano de las aguas que, según las creencias japonesas, constituyen un depósito de longevidad cuando no de eternidad. Además, está vinculado al cinabrio, componente esencial del elixir de inmortalidad que los taoístas de la China y del Japón trataron de fabricar en tiempos antiguos. En el edificio donde se halla la fuente sólo penetran el maestro de los ritos esotéricos y el anacoreta. El agua se sube tres veces en baldes hasta el pabellón de la segunda luna y se vierte en una gran cubeta de madera clara que se cubre inmediatamente con un paño blanco antes de ofrendarla a Kannon. A partir de ese día se distribuye a los miles de peregrinos que se presentan a recibir en el hueco de la mano algunas gotas de ese brebaje extraordinario que tiene el poder de curar todos los males y de favorecer la longevidad.

Akariyazagama, los hombres y la serpiente

Pese a su gran solemnidad, este rito no difiere mucho del que cumplen las familias campesinas para recibir a la primavera. La víspera del primer día de la estación, el dueño de casa, su hijo mayor o un servidor designado se levanta mientras aun es de noche, se viste con un quimono tradicional y se reclina ante el altar de los dioses familiares después de purificarse con algunas gotas de agua. Después calza sandalias de paja nuevas y se dirige al punto de agua más próximo, donde ofrece al dios del agua algunos pasteles de masa de arroz y, recitando una fórmula mágica, extrae la primera agua del año con un cucharón y un balde nuevos. 

Sin dirigir la palabra a las personas que cruzan su camino, regresa a su casa y deposita el agua recién extraída sobre el altar familiar. Después despierta a los miembros de la familia y todos beben té preparado con esta agua de juventud que viene a compensar, en la medida de lo posible, el envejecimiento provocado por el cambio de año. En efecto, según la tradición, no se cumple un año más de vida en el aniversario de la llegada al mundo, sino en el momento del año nuevo. 

Una historia de la isla meridional de Miyako relata de la manera siguiente el origen de esta agua maravillosa. "Hace muchísimos años, cuando los hombres se instalaron en la hermosa isla de Miyako, el sol y la luna quisieron darles un elixir de inmortalidad y les enviaron a Akariyazagama, un joven servidor con los cabellos y el rostro rojos. En la noche nueva, en el momento del cambio de estación, Akariyazagama descendió a la tierra con dos baldes; uno de ellos contenía agua de inmortalidad y el otro agua de mortalidad. La luna y el sol le habían ordenado que diera a los hombres un baño de agua de inmortalidad y a la serpiente un baño de agua de muerte. Akariyazagama, fatigado por su largo viaje, había posado los baldes junto al camino y estaba orinando cuando apareció una gran serpiente que se bañó en el agua de inmortalidad. Entonces, Akariyazagama, afligido, hizo quedos hombres se dieran un baño de muerte y regresó al cielo. Cuando explicó la manera en que había cumplido su misión, el sol se encolerizó de manera terrible y le dijo: 'Tu falta hacia los hombres es irreparable...' 

"Desde entonces, la serpiente renace con la muda de su piel en tanto que los hombres mueren. Sin embargo, los dioses tuvieron piedad de los hombres y, puesto que no pueden vivir eternamente, les han permitido, al menos, rejuvenecerse un poco. Por eso, cada año, durante la noche que precede al día en que se festeja la nueva estación, envían desde el cielo el agua de juventud. Aun en nuestros días, al alba del día de la fiesta de la primera estación, se saca el agua de juventud del pozo y toda la familia se baña en ella."

El agua de juventud que surgió al pie del pabellón de la segunda luna, como la que brota de los pozos familiares, proviene del otro mundo. Llega con las olas venidas de la lejana comarca de los dioses, el país de Tokoyo, mundo luminoso y sombrío a la vez, tierra de abundancia y de inmortalidad, así como morada de los muertos situada al otro lado del mar.

La penitencia y la absorción del agua sagrada aparecen en definitiva como una doble representación de un mismo deseo desesperado, el de borrar el desgaste del tiempo y de instaurar, en el mundo de los hombres, un poco de esa eternidad que es privilegio de los dioses.  

Laurence Caillet

Etnóloga francesa, Laurence Caillet es investigadora del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia (CNRS). Entre sus publicaciones cabe mencionar Syncrétisme au Japon - Omizutori: le rituel de l'eau de jouvence (El sincretismo en Japón - Omizutori: el ritual del agua de juventud, París, 1981) y una obra consagrada a las fiestas y ritos de las cuatro estaciones en Japón (París, 1981).