Velázquez
El 30 de agosto de 1623, mientras Madrid dormitaba bajo un calor implacable, varios hombres atravesaban a paso vivo las galerías y frescos salones que conducían a la estancia del Rey en el Palacio Real. Marchaba al frente un hombre joven y moreno cuyo largo bigote, de enhiestas guías, subrayaba una nariz grande y respingona. Tenía su boca una curiosa expresión y su largo pelo negro ondulaba sobre la gorguera de encaje blanco. Los ojos brillaban bajo unas cejas bien marcadas y su actitud flemática no hacía suponer en modo alguno que aquel joven iba a jugarse a los pocos instantes todo su porvenir.
Abriéronse las puertas de la estancia real y el ujier de cámara hizo entrar a don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez. El joven avanzo, y poniendo una rodilla en tierra inclino la cabeza. Cuando la levanto vio ante sí por vez primera al Rey de España, Felipe IV.
